Todo comenzó en mayo de 2006, cuando Rafael Ocampo, colega y amigo de esos que no te sueltan ideas sino destinos, me dijo: “Ve a ver a Carlos Marín”. Fui. Y salí con una columna semanal en Milenio Diario. Así, sin contrato con el futuro pero con una cita fija cada siete días. Dos décadas después, aquí seguimos.
En el trayecto, esta columna ha sido más itinerante que reportero en año electoral: Milenio, El Centro, La Razón, El Universal, El Sol de México —sí, también ahí dejó huella— y ahora La Silla Rota, donde desde 2020 Roberto Rock ha tenido la paciencia (y el valor) de mantener abierto este espacio.
Más de mil columnas después —que se dicen fácil pero se escriben difícil— uno entiende que esto no era una racha: era una forma de vida.
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Aquí ha pasado de todo. Hemos hablado de fotografía documental y periodística, de exposiciones memorables y otras que mejor hubieran sido privadas, de concursos, bienales, becas, libros imprescindibles y libros perfectamente olvidables. También hemos entrado en terrenos pantanosos: los fraudes fotográficos que sacuden al gremio cada cierto tiempo y nos obligan a preguntarnos si todavía sabemos mirar o solo queremos creer.
Porque sí, en este oficio no todo es luz bonita. También hay sombras.
Y en años recientes, llegó el elefante digital al cuarto oscuro: la inteligencia artificial. Pasamos de discutir si el Photoshop era trampa a preguntarnos si la imagen sigue siendo fotografía o ya es otra cosa. Y en medio de esa conversación apareció aquella famosa imagen del Papa generada con IA —viral, convincente, falsa— que nos recordó algo incómodo: hoy no solo hay que saber tomar fotos, también hay que saber dudar de ellas.
Nada mal para un oficio que cumple 200 años de existencia. Dos siglos desde la invención de la fotografía, y aquí seguimos: obsesionados con encuadrar el mundo, discutir la ética, pelear por la autoría y tratar de entender hacia dónde va todo esto. Spoiler: nadie sabe bien, pero todos opinamos.
En lo personal, esta columna ha sido una especie de laboratorio público: un lugar para pensar en voz alta, para equivocarme con estilo, para entusiasmarme sin pedir permiso y para seguir creyendo que la fotografía, pese a todo, sigue siendo una herramienta poderosa para contar lo que importa.
Pero si algo ha hecho posible llegar hasta aquí no es la constancia heroica ni la disciplina espartana —aunque algo hay de eso—, sino ustedes.
Los lectores.
Los que han estado semana tras semana, a favor, en contra, de acuerdo o con ganas de debatir. Los que leen por interés, por costumbre o por pura curiosidad. Los que siguen creyendo que hablar de imágenes vale la pena.
A todos, gracias.
Porque mil columnas después, esto sigue siendo una conversación.
Y mientras haya imágenes —reales, manipuladas o sospechosas— habrá tema.
Nos seguimos viendo… cada semana.
