ENFERMERÍA

Cuidar no es solo curar: la enfermería como ciencia social

La enfermería es una ciencia social porque su práctica ocurre en relaciones cargadas de significado, porque interpreta experiencias y porque el cuidado mismo es una práctica social, ética e institucional. | Aarón Eduardo Díaz Bollas y Eduardo Cruz García*

Escrito en OPINIÓN el

La enfermería debe entenderse como una ciencia social, y no únicamente como un campo auxiliar o derivado de la medicina, porque su objeto no es solo la enfermedad en el cuerpo biológico, sino el cuidado de personas situadas en relaciones, instituciones, desigualdades, lenguajes y contextos de vida. Defender esta idea permite complejizar la enfermería, volverla más humana y también más política, ya que el cuidado deja de verse como una simple ejecución técnica para comprenderse como una práctica integral que interpreta experiencias, vínculos y condiciones sociales. 

Como ejemplo de lo que se afirma, en una experiencia clínica en un hospital público se atendió a una mujer adulta con enfermedad renal crónica que debía realizarse diálisis peritoneal. Durante la atención contó que había llegado a urgencias después de dejar el tratamiento en casa. Aunque había recibido capacitación e insumos, explicó que vivía sola, que no contaba con el acompañamiento de sus hijos y que, con el paso de los días, la soledad le fue quitando el ánimo para seguir cuidándose. Más que una negativa simple al tratamiento, lo que aparecía en su relato era el peso del aislamiento, el desgaste emocional y la dificultad de sostener en solitario una terapia compleja.

Esa experiencia nos permite pensar que el problema no puede leerse como si la institución cumpliera únicamente con entregar recursos y, a partir de ahí, toda la responsabilidad recayera en la paciente. En un sistema público de salud, la atención también tendría que reconocer y responder a las condiciones sociales y afectivas que vuelven posible o imposible la adherencia terapéutica: vivir sola, no contar con redes de apoyo y atravesar desánimo o tristeza no son asuntos “externos” al tratamiento, sino parte del problema que el Estado debe atender mediante seguimiento, trabajo social, acompañamiento psicosocial y estrategias de cuidado más allá de la capacitación técnica. En ese sentido, es importante comprender estos fenómenos sociales desde el vínculo entre la enfermería y las ciencias sociales

El vínculo entre las ciencias sociales y la enfermería no surgió como un lujo intelectual ni como un adorno humanista agregado a posteriori; surgió de una insuficiencia. Mientras la medicina moderna consolidó su autoridad sobre la base del conocimiento anatómico, fisiológico y experimental, la enfermería quedó históricamente definida por la práctica, la obediencia institucional y una identidad profesional subordinada. Carmen Domínguez Alcón (1979) mostró que la profesión enfermera se constituyó bajo ideologías persistentes: la figura del “semimédico”, la feminización del cuidado, la vocación moralizada, la disciplina religiosa y la dependencia frente a la autoridad médica. Esa historia importa porque revela que la enfermería no solo necesitaba mejorar su técnica, sino comprender críticamente las condiciones sociales e ideológicas que la habían colocado en una posición secundaria. En ese punto, la sociología no apareció como disciplina externa, sino como una herramienta para pensar la profesión, su identidad, sus jerarquías y sus formas de legitimación (Domínguez Alcón, 1979). 

Dicho de otro modo, la relación entre enfermería y ciencias sociales comenzó cuando la propia enfermería advirtió que no bastaba con hacer bien las cosas: también era necesario entender qué significaba socialmente cuidar, quién podía hacerlo, bajo qué valores, con qué reconocimiento y dentro de qué relaciones de poder. El aporte de Domínguez Alcón (1979) sigue siendo decisivo porque permite ver que la subordinación histórica de la enfermería no fue una consecuencia natural de su objeto, sino una construcción social. En ese sentido, pensar la enfermería desde las ciencias sociales no equivale únicamente a estudiar mejor al paciente; implica también estudiar la profesión misma, sus imaginarios, sus límites institucionales y las estructuras simbólicas que han restringido su autonomía. La enfermería comenzó a volverse una disciplina reflexiva cuando pudo preguntarse no solo cómo cuidar, sino desde qué lugar social cuida. 

Sin embargo, el nexo con las ciencias sociales no se agota en una sociología de la profesión. Se profundiza cuando la enfermería redefine su objeto de conocimiento. Fernando Trejo Martínez (2011) sostiene que, aunque la enfermería cuenta con bases biológicas indispensables, su objetivo se centra en el ser humano, y esa orientación obliga a integrar saberes provenientes de la sociología, la psicología, la filosofía y otras disciplinas que estudian la conducta, la experiencia y el sentido. Esta idea cambia de raíz el problema: si el centro de la enfermería no es solamente el daño orgánico, sino el cuidado humano, entonces el campo disciplinar ya no puede quedar encerrado en una mirada biomédica estrecha. El paciente no es un organismo aislado; es un sujeto que padece desde una historia, una cultura, una red afectiva, una posición social y una interpretación propia del sufrimiento. La enfermería necesita a las ciencias sociales porque cuida vidas vividas, no solo cuerpos observables (Trejo Martínez, 2011). 

Aquí aparece una diferencia clave entre curar y cuidar. Curar apunta, en términos generales, a modificar un proceso patológico; cuidar, en cambio, implica hacerse cargo de la experiencia humana que acompaña ese proceso. Por eso Trejo Martínez (2011) insiste en que la enfermería debe contemplar al ser humano como una unidad en la que no puede separarse, sin empobrecimiento, lo biológico de lo subjetivo y lo social. Esta observación tiene consecuencias mayores. Si el dolor, el miedo, la dependencia, la incertidumbre, la esperanza o la dignidad forman parte del campo efectivo del cuidado, entonces la enfermería no puede limitarse a una racionalidad puramente técnica. Necesita interpretar conductas, leer contextos, comprender vínculos y reconocer significados. En ese sentido, la enfermería es una ciencia social porque su práctica depende de un conocimiento relacional e interpretativo del ser humano. 

Esta ampliación del objeto vino acompañada por una transformación epistemológica. Claudia Ariza Olarte (2011) reconstruye el desarrollo epistemológico de la enfermería y muestra que la disciplina pasó por distintas fases: una etapa inicial de práctica intuitiva y oficio, una etapa fuertemente influida por las ciencias básicas y el modelo biomédico, y posteriormente una búsqueda de fundamentación conceptual y filosófica más propia. Lo más importante de su análisis es que identifica el tránsito desde un predominio empirista hacia la necesidad de un paradigma interpretativo. Ese desplazamiento no significa rechazar la observación, la evidencia o la clínica, sino reconocer que el objeto de la enfermería exige algo más que medición. Exige comprender experiencias humanas, sentidos del cuidado y formas situadas de vivir la salud y la enfermedad. Cuando una disciplina necesita interpretar la experiencia y no solo registrar variables, ya está operando de lleno en diálogo con las ciencias sociales (Ariza Olarte, 2011). 

En esa misma línea, Vivian Vílchez Barboza y Olivia Sanhueza Alvarado (2011) afirman de manera expresa que la enfermería puede y debe ser comprendida como una disciplina social. Su argumento es especialmente valioso porque no se apoya en una consigna, sino en la estructura misma del conocimiento enfermero. Las autoras recuerdan que la disciplina se organiza en torno a nociones como persona, entorno, salud y cuidado, y que todas ellas son relacionales. No existe persona fuera de entorno; no existe salud fuera de condiciones de vida; no existe cuidado fuera de vínculos concretos. Además, señalan que la enfermería se ha desplazado del positivismo duro hacia un paradigma interpretativo que pone atención en las experiencias humanas y en el significado que las personas atribuyen a esas experiencias. Esto permite una formulación más precisa: la enfermería es una ciencia social no porque ignore lo biológico, sino porque su especificidad aparece allí donde lo biológico debe ser comprendido, acompañado e intervenido dentro de mundos sociales concretos (Vílchez Barboza & Sanhueza Alvarado, 2011). 

La dimensión social de la enfermería se vuelve todavía más clara cuando se observa la centralidad de la interacción. Müggenburg Rodríguez Vigil y Riveros-Rosas (2012) sostienen que la interacción o comunicación enfermera-paciente ocupa un lugar prioritario en la práctica profesional, porque constituye el eje articulador de los cuidados, tanto asistenciales como tecnológicos. Esta observación parece simple, pero es teóricamente potente: incluso en contextos altamente tecnificados, la calidad del cuidado depende de la relación. Informar, escuchar, modular el lenguaje, identificar temores, generar confianza, reconocer la singularidad del paciente y sostener una presencia profesional significativa no son elementos decorativos del acto clínico, sino parte de su eficacia y de su calidad ética. Una disciplina cuyo núcleo operativo depende de la interacción, del lenguaje y de la interpretación no puede comprenderse de manera completa desde un paradigma exclusivamente biomédico. La enfermería es social porque cuida a través de relaciones humanas significativas (Müggenburg Rodríguez Vigil & Riveros-Rosas, 2012). 

A partir de todo esto, la afirmación principal de este ensayo puede formularse con más rigor: la enfermería es una ciencia social porque su objeto es el cuidado humano en contextos concretos, su práctica se realiza en relaciones interpersonales e institucionales, y su conocimiento requiere interpretar significados, experiencias y condiciones sociales de existencia. Esto no cancela su vínculo con las ciencias biológicas; lo ordena de otro modo. La biología permite comprender procesos corporales indispensables para la atención. Pero la enfermería no se define solo por saber qué ocurre en un órgano o en un sistema, sino por saber qué ocurre en una persona cuando ese proceso altera su vida cotidiana, su autonomía, su familia, su trabajo, su lenguaje y su lugar en el mundo. El conocimiento biomédico es condición necesaria de la enfermería; no es su totalidad. Su especificidad emerge cuando ese saber se articula con una comprensión social del padecimiento y del cuidado (Ariza Olarte, 2011; Trejo Martínez, 2011; Vílchez Barboza & Sanhueza Alvarado, 2011). 

Entender la enfermería de esta manera la complejiza, la vuelve más humana y también más política. La vuelve más compleja porque obliga a reconocer que la atención no se agota en protocolos o procedimientos, sino que involucra emociones, tiempos, contextos familiares, desigualdades y formas de vulnerabilidad. La vuelve más humana porque coloca en el centro a la persona y no únicamente a la patología. Y la vuelve más política porque muestra que cuidar nunca es un acto aislado: ocurre dentro de instituciones, sistemas de salud, jerarquías profesionales y decisiones públicas que distribuyen recursos, tiempos, prioridades y reconocimientos. Si la enfermería se sigue pensando solo como apéndice técnico de la medicina, se invisibiliza todo este espesor social del cuidado. En cambio, si se la reconoce como ciencia social, puede defenderse mejor su autonomía intelectual, su capacidad crítica y su papel en la producción de salud colectiva (Domínguez Alcón, 1979; Trejo Martínez, 2011). 

De hecho, pensar el sistema público de salud mexicano desde esta clave permitiría corregir una vieja tentación: creer que mejorar la atención depende únicamente de médicos especialistas, equipamiento y verticalidad administrativa. Un sistema público robusto necesita todo eso, sí, pero también necesita profesionales capaces de sostener continuidad del cuidado, educación para la salud, comunicación clínica, seguimiento comunitario, prevención, acompañamiento de enfermedades crónicas y articulación entre atención primaria, hospital y vida cotidiana. Justamente por su ubicación en ese cruce entre cuerpo, institución y comunidad, la enfermería posee una perspectiva privilegiada para humanizar y volver más inteligente al sistema. No se trata de romantizar el cuidado, sino de reconocer que sin una comprensión social del cuidado, la promesa de integralidad corre el riesgo de quedarse en discurso administrativo. Entender a la enfermería como ciencia social ayudaría, en México, a diseñar políticas de formación, organización del trabajo y toma de decisiones que no la reduzcan a ejecución subordinada, sino que la reconozcan como productora de conocimiento y como actor central de la salud pública (Müggenburg Rodríguez Vigil & Riveros-Rosas, 2012).

En conclusión, el vínculo entre las ciencias sociales y la enfermería ha sido el resultado de una doble exigencia: comprender mejor la condición humana del cuidado y liberar a la profesión de una definición estrecha que la subordinaba a la medicina. La enfermería es una ciencia social porque trabaja con sujetos situados, porque su práctica ocurre en relaciones cargadas de significado, porque interpreta experiencias y porque el cuidado mismo es una práctica social, ética e institucional. Reconocerlo no debilita su rigor científico; lo amplía. Le permite mirar el cuerpo sin olvidar a la persona, leer la técnica sin separar el contexto y pensar la atención no solo como intervención clínica, sino como relación humana y responsabilidad pública. En el caso de México, esta perspectiva resulta particularmente fecunda: si el sistema público aspira realmente a ser integral, equitativo y centrado en las personas, necesita tomarse en serio una idea que la enfermería ha venido mostrando desde hace décadas: que no hay salud digna sin cuidado, y que no hay cuidado pleno sin comprensión social de la vida que se cuida (Ariza Olarte, 2011; Trejo Martínez, 2011; Vílchez Barboza & Sanhueza Alvarado, 2011). 

Referencias

Ariza Olarte, C. (2011). Desarrollo epistemológico de enfermería. Enfermería Universitaria, 8(2), 18–24.

Domínguez Alcón, C. (1979). Para una sociología de la profesión de enfermería en España. Revista Española de Investigaciones Sociológicas, (8), 103–129. https://doi.org/10.5477/cis/reis.8.103

Müggenburg Rodríguez Vigil, M. C., & Riveros-Rosas, A. (2012). Interacción enfermera-paciente y su repercusión en el cuidado hospitalario. Parte I. Enfermería Universitaria, 9(1), 36–44.

Trejo Martínez, F. (2011). Enfermería y las ciencias sociales; un enfoque diferente o una necesidad para entender el cuidado. Enfermería Neurológica, 10(2), 110–113.

Vílchez Barboza, V., & Sanhueza Alvarado, O. (2011). Enfermería: una disciplina social. Enfermería en Costa Rica, 32(2), 81–88.


Aarón Eduardo Díaz Bollas es licenciado con mención honorífica en Enfermería por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM). Actualmente cursa la licenciatura en Administración y Comercio en la Universidad Nacional Rosario Castellanos (UNRC) y se desempeña como asistente de investigación en ciencias sociales.

Eduardo Cruz García es licenciado en Lengua y Literatura Modernas (Alemanas) por la UNAM; licenciado en Ciencia Política y Administración Urbana y licenciado en Filosofía e Historia de las Ideas, ambas con mención honorífica por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM); y maestro en Sociología Política por el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora. Actualmente cursa el Doctorado en Estudios del Desarrollo. Problemas y Perspectivas Latinoamericanas en ese mismo instituto.

 

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