NARCORÁFICO

"Copelas o cuello"

Estados Unidos perdió la paciencia, o quizá peor aún, empezó a asumir que buena parte del aparato institucional mexicano ya no tiene capacidad real para enfrentar ciertas estructuras criminales sin presión externa extraordinaria. | Alberto Capella

Créditos: Antonio Nieto
Escrito en OPINIÓN el

Hay momentos donde las naciones dejan de hablar diplomáticamente y empiezan a comunicarse como los imperios de antes, con señales, filtraciones, presiones psicológicas y demostraciones de fuerza cuidadosamente administradas. Eso es exactamente lo que está ocurriendo entre Estados Unidos y México desde hace más de un año. En lenguaje popular mexicano, el mensaje norteamericano parece simple, cooperas o asumes las consecuencias. Copelas o cuello.

El verdadero punto de inflexión no fue ayer. Fue el 20 de febrero de 2025, cuando desde Washington empezó a consolidarse oficialmente la narrativa de los cárteles mexicanos como FTO, Foreign Terrorist Organizations, es decir, organizaciones terroristas extranjeras. Allí cambió todo. Porque una vez que colocas a los grupos criminales mexicanos bajo esa lógica conceptual, el margen de tolerancia, de negociación política y hasta de respeto tradicional a ciertos límites de soberanía empieza a reducirse aceleradamente.

Desde entonces hemos visto una cadena de acontecimientos que ya no parecen aislados. Sanciones financieras. Cancelaciones de visas. Acusaciones judiciales en cortes norteamericanas. Señalamientos públicos contra figuras políticas mexicanas. Filtraciones de inteligencia. Narrativas constantes sobre territorios capturados por el crimen. Advertencias diplomáticas cada vez menos diplomáticas. Y recientemente, la presentación de una estrategia antidrogas estadounidense que prácticamente coloca a México no sólo como aliado problemático, sino como epicentro operativo del fenómeno criminal hemisférico.

Por eso lo acontecido el martes pasado resulta tan simbólico. Casi simultáneamente, Morena anunciaba movilizaciones y juicio político contra la gobernadora Maru Campos, mientras CNN soltaba la filtración sobre la presunta participación de la CIA en el asesinato con explosivos de un operador del Cártel de Sinaloa y su chofer cerca del AIFA meses atrás.

Horas después vino el ajuste quirúrgico del The New York Times. No para negar completamente la historia, sino para precisar que la CIA habría aportado inteligencia, pero no ejecutado directamente la operación. Vaya aclaración. Porque si esa versión fuera cierta, entonces el problema cambia de lugar, pero no de gravedad. Ya no estaríamos hablando sólo de una operación extranjera en territorio mexicano, sino de una ejecución extrajudicial realizada por autoridades mexicanas con información estadounidense. La versión morenista de “mátalos en caliente”. Y eso, lejos de tranquilizar, complica todavía más las cosas.

Porque cuando estructuras vinculadas al aparato de inteligencia estadounidense permiten que información así llegue a medios globales, normalmente no buscan informar. Buscan mandar mensajes. Presionar. Condicionar. Alterar comportamientos políticos y criminales. Y el mensaje parece bastante claro. Estados Unidos perdió la paciencia. O quizá peor aún, empezó a asumir que buena parte del aparato institucional mexicano ya no tiene capacidad real para enfrentar ciertas estructuras criminales sin presión externa extraordinaria.

Por eso la escena política mexicana empieza a verse tan desconectada de la gravedad del momento. Mientras desde Washington se administra una presión creciente contra la relación crimen poder en México, Morena aparece concentrado en campañas, disputas sucesorias y ofensivas contra opositores. Ver a la presidenta de Morena acompañada por Andrea Chávez y Cruz Pérez Cuéllar, protagonistas centrales de la sucesión política en Chihuahua, ilustra la prioridad del régimen. El contraste entre la crisis de gobernabilidad y violencia, frente a la ambición y el futurismo político, es brutal. Parecen políticos discutiendo el acomodo de las sillas mientras el edificio empieza a incendiarse.

Y probablemente allí está el verdadero fondo del asunto. La descomposición no empezó ayer. Lleva por lo menos ocho años profundizándose de manera sistemática. Captura criminal de regiones completas. Deterioro institucional. Militarización sin consolidación policial. Impunidad récord. Propaganda sustituyendo resultados. Polarización como método de control político. Y una peligrosa normalización social del desastre. La diferencia es que ahora pareciera que esa acumulación finalmente empezó a hacer crisis simultáneamente en varios frentes, en el internacional, en el económico, en el político, en el criminal y sobre todo en el psicológico. Porque algo empieza a romperse también en el ánimo colectivo. Ya no sólo afuera. También adentro.

Cuando un país entra a una etapa donde las presiones externas coinciden con el agotamiento interno, los escenarios dejan de ser controlables. Allí es donde las crisis históricas suelen acelerarse.

Alberto Capella

@kpya