Lo de Chihuahua no sólo abrió una crisis diplomática. Abrió un socavón político e institucional. Volvió a exhibir algo que en México ya es costumbre. La soberanía se invoca según convenga. Se grita cuando sirve para golpear a un adversario y se dobla cuando incómoda.
Hay un dato que cambia todo. No sólo que el Washington Post revelara que los funcionarios estadounidenses muertos en Chihuahua estaban vinculados a la CIA. Lo verdaderamente inédito es que Washington haya permitido que esa versión avanzara. En inteligencia eso no es casualidad.
Hay una regla básica. La clandestinidad no es opción. Es condición. Las áreas de inteligencia no se exhiben. No se confirman. Y mucho menos en un caso así.
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Por eso no parece un error. Parece un mensaje. Estados Unidos está diciendo algo sin decirlo completo. México no puede solo contra el narcotráfico. No controla plenamente su territorio. Y si la cooperación no fluye, buscarán otros caminos. Con México, sin México o a pesar de México.
Mientras tanto, ambos gobiernos hablan hacia adentro. México agita la soberanía para alimentar a sus bases. Estados Unidos manda señales a un público republicano que exige mano dura frente a la violencia que cruza la frontera.
En medio queda abandonado lo importante. El trabajo bilateral serio contra el crimen. El que se construye con confianza, inteligencia compartida y coordinación real.
Pero hay otra pregunta incómoda. Si había agentes estadounidenses vinculados a esa operación, qué sabían las áreas mexicanas de contrainteligencia. Y si no lo sabían, el problema es todavía mayor.
Primero vino la confusión. Luego las contradicciones. Después la indignación. Y al final, la palabra de siempre. Soberanía.
El problema es que la soberanía no se puede defender por turnos. Porque mientras se cuestiona con furia lo ocurrido en Chihuahua, el propio Estado mexicano ha enviado a decenas de criminales a Estados Unidos sin explicar con claridad el fundamento legal de esas decisiones.
Ahí está la contradicción. La ley es rígida para unos. Flexible para otros.
La soberanía no empieza en los discursos. Empieza en el control del territorio. Y en demasiadas regiones del país no manda el Estado. Manda el crimen.
Por eso Chihuahua importa. Pero se vuelve hipócrita si se usa sólo para ajustar cuentas políticas.
Cuando un país invoca la ley contra sus adversarios y la acomoda para sus conveniencias, no está defendiendo la soberanía. La está usando.
