El jueves pasado, la SEP anunció que se adelantaría el fin del ciclo escolar 2025 al 5 de junio, dejando sin clases a millones de estudiantes durante cinco semanas más de las previstas, debido a “la ola de calor y al Mundial”. La reacción fue inmediata: madres y padres expresaron enojo y angustia ante la perspectiva de gestionar casi tres meses de niños y jóvenes en casa. Aunque el gobierno federal reculó y entre hoy y mañana se conocerá el ajuste definitivo, la polémica reabrió un debate mucho más profundo: el estado real de la educación en México y los resultados de la política educativa.
Los datos más recientes muestran un panorama preocupante. En PISA 2022 —la referencia vigente porque los resultados de PISA 2025 aún no se publican— México obtuvo 395 puntos en matemáticas frente al promedio OCDE de 472; apenas 34% de los estudiantes alcanzó el nivel mínimo funcional. En lectura logró 415 puntos contra 476 de la OCDE y solo 53% alcanzó comprensión lectora básica. En ciencias obtuvo 410 puntos frente a 485, con apenas 49% de estudiantes en competencias elementales. El país quedó alrededor del lugar 51 de 81 economías evaluadas.
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México regresó a niveles observados entre 2003 y 2006, prácticamente no tiene estudiantes en niveles avanzados de matemáticas y mantiene profundas desigualdades socioeconómicas. Los alumnos de mayores ingresos superan por 58 puntos a los más pobres. Además, cerca de un tercio de los jóvenes de 15 años ni siquiera estaba escolarizado y quedó fuera de la evaluación, lo que sugiere que la situación real podría ser peor.
TALIS, la encuesta de la OCDE sobre docentes y directores, reporta alta carga administrativa, baja autonomía escolar, rezagos en capacitación digital y carencias de infraestructura y personal especializado. Education at a Glance, también de la OCDE confirma menor escolaridad superior, abandono persistente en media superior, menor gasto por alumno y una fuerte desconexión entre habilidades educativas y mercado laboral. La UNESCO, en el seguimiento del ODS 4, clasifica a México en varias categorías como “sin progreso” o con avance insuficiente: menos de la mitad de los estudiantes termina primaria con comprensión lectora suficiente y siete de cada diez escuelas carecen de internet o computadoras adecuadas.
Todo esto ocurre mientras el mundo educativo avanza hacia nuevas métricas: alfabetización digital, inteligencia artificial, pensamiento crítico, sostenibilidad y habilidades STEM. México llega tarde y con evaluaciones nacionales debilitadas.
La consecuencia social es evidente. Durante décadas, estudiar fue una vía relativamente clara de movilidad social. Hoy persiste la percepción de que “estudiar ya no sirve”. Y aunque estudiar sigue aumentando ingresos y estabilidad, la recompensa económica de la educación se redujo. La razón es estructural: México expandió cobertura educativa más rápido de lo que su economía generó empleos de alta productividad: gran parte de las empresas opera con poco valor agregado y limitada capacidad de pagar salarios altos. A ello se suma una informalidad que alcanza alrededor de 54% de la población ocupada. Incluso profesionistas enfrentan subempleo, honorarios precarios y falta de seguridad social.
Por eso la discusión educativa no puede separarse de la productividad económica. La evidencia muestra que la educación funciona mejor cuando la economía crea empleos formales, innovadores y bien remunerados. Corea del Sur, Irlanda o Polonia combinaron educación con industrialización, tecnología y políticas productivas. Brasil redujo informalidad entre 2003 y 2014 mediante crecimiento económico, expansión educativa, aumento del salario mínimo y programas como Simples Nacional para facilitar la formalización de pequeñas empresas.
México necesita una estrategia integral: mejorar matemáticas y lectura, fortalecer educación técnica, conectar universidades con sectores productivos, impulsar inversión y digitalización, simplificar la formalización y reducir desigualdades regionales.
Cancelar semanas de clase puede abrir una discusión coyuntural, pero el verdadero problema es que el país sigue sin garantizar que aprender vuelva a ser una herramienta real de movilidad, productividad y futuro.
