La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán no es un conflicto más en la larga lista de tensiones geopolíticas: es, desde el 28 de febrero de 2026, un evento que reconfigura silenciosamente la economía global. A casi dos meses de su inicio, no hay una narrativa de cierre ni señales claras de desescalada definitiva. Lo que hay, en cambio, es una mezcla incómoda de treguas parciales y nuevos episodios de tensión que mantienen al mundo en vilo. La evidencia disponible dibuja un escenario incierto: mientras algunos análisis aún apuestan por una resolución contenida, otros —sobre todo en los mercados energéticos— ya se preparan para lo contrario, ajustando expectativas hacia un conflicto que podría extenderse durante todo el año, con efectos persistentes.
El complicado paso —o incluso la amenaza de cierre— del estrecho de Ormuz, ese cuello de botella por donde fluye una proporción crítica del comercio energético y de insumos industriales del mundo, ha detonado un choque de oferta global que se ha traducido en inflación, no porque la demanda se dispare, sino porque producir se vuelve más caro en cada eslabón de la cadena.
Los efectos ya empezaron a acumularse. El precio del petróleo ha aumentado más de 50% en las primeras semanas del conflicto, y las proyecciones oscilan entre los 80 y los 150 dólares por barril si la guerra se prolonga. Esto, por supuesto, pega de inmediato en combustibles, electricidad y transporte. Otro efecto potencialmente más profundo es el de los fertilizantes. La región del Golfo no sólo exporta petróleo; también concentra una parte sustantiva de la producción mundial de urea, amoníaco y azufre, insumos esenciales para la agricultura. La interrupción logística ya provocó aumentos de hasta 55% en algunos fertilizantes en Europa y cerca de 40% a nivel global desde que inició el conflicto.
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Aquí es donde el impacto deja de ser inmediato y se vuelve estructural. El encarecimiento de los fertilizantes comienza a presionar los costos desde el ciclo agrícola, elevando los gastos de producción y, en algunos casos, reduciendo rendimientos. Aunque su efecto pleno en el anaquel suele observarse con rezago, parte de estas presiones ya empieza a reflejarse de forma gradual en ciertos alimentos. Con el tiempo, esto tiende a trasladarse a precios de básicos como maíz, trigo o arroz. No es una hipótesis lejana: organismos internacionales advierten el riesgo de nuevas presiones inflacionarias alimentarias, como ocurrió en 2022.
Para México, el impacto es doble y particularmente complejo. Por un lado, el país depende en buena medida de importaciones de fertilizantes —en algunos nutrientes clave supera el 60%—, lo que lo expone a disrupciones externas en precios y disponibilidad, de acuerdo con información de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural. Por otro lado, el encarecimiento de la energía presiona las finanzas públicas: el gobierno ha utilizado estímulos fiscales al IEPS para amortiguar aumentos en gasolinas, lo que contiene parcialmente el impacto inmediato en los consumidores, pero reduce los ingresos tributarios, según la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. En paralelo, los productores agrícolas enfrentan mayores costos de insumos que, dependiendo del cultivo y del mercado, tienden a trasladarse de manera gradual a los precios finales.
La pregunta inevitable es si esto ya se refleja en los bolsillos. La evidencia sugiere que de forma parcial. Los efectos más inmediatos se observan en combustibles y en algunos insumos productivos, aunque han sido atenuados por la política pública. Sin embargo, el principal riesgo se ubica hacia adelante: presiones adicionales sobre los precios de los alimentos conforme los mayores costos de producción se transmitan a lo largo de la cadena. Datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía muestran que los precios agropecuarios suelen responder con rezagos a choques de costos, lo que sugiere un efecto diferido más que inmediato.
La guerra en Irán es un recordatorio de la dependencia de la economía global —y de la mexicana— de regiones estratégicas para la energía y los insumos agrícolas. Y de cómo, en un entorno interconectado, los choques geopolíticos se transmiten a través de precios, cadenas de suministro y decisiones fiscales, hasta impactar, tarde o temprano, la vida cotidiana y en este contexto hace sentido el depender menos del exterior en sectores estratégicos, la pregunta es cuál es el mejor camino para lograrlo.
