La agenda mediática de México la domina Estados Unidos, sus oficinas y su propio presidente, desde el año pasado, pero se extiende cada vez más. Imponen las temáticas de las que debemos hablar como parte de su estrategia para aumentar la polarización y probablemente abrir mayores espacios de ingobernabilidad en donde los grupos criminales se han incorporado a los gobiernos locales. El problema es que las autoridades de nuestro país sólo están reaccionando sin un plan y de la peor forma posible.
Cuando Estados Unidos colocó en Puerto Rico su base de operaciones, contra las que ha clasificado como las amenazas prioritarias en el continente, provocó el primer efecto. En la isla se habían instalado integrantes de los cárteles mexicanos para usar el sistema financiero e inmobiliario para el lavado de dinero. El tránsito militar, aseguran fuentes consultadas, frenó o al menos dificultó esas transacciones y provocó la salida de los grupos.
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Después, prácticamente lograron cerrar el mar para el trasiego de drogas, cuando los buques estadounidenses comenzaron una operación de monitoreo por aire y mar, con sus radares y buques; además lanzaron los ataques con dron a las lanchas rápidas, de las cuales las agencias aseguran todas estaban vinculadas al tráfico de drogas. Hasta febrero habían sido destruidas 35 de esas embarcaciones, de acuerdo con la contabilidad del país del norte, de ellas al menos cinco transportaban personas de origen mexicano, sin que se tenga la precisión, porque el gobierno de nuestro país no ha informado hasta ahora de manera oficial.
Después, una aparente ola de violencia provocada por pandillas en Guatemala en la primera quincena de enero de este año y que llevó al presidente Bernardo Arévalo a declarar el estado de sitio por 30 días, facilitó la llegada de equipo, personal Marina de Estados Unidos, personal de inteligencia y especialistas en distintas áreas contra el crimen, seguridad de aduanas y de fronteras, y operaciones tácticas. Con su presencia comenzó el cierre por tierra a México y Estados Unidos, y con ello el achicamiento de la movilidad y obtención de recursos de los grupos criminales mexicanos.
El despliegue de personal de inteligencia en territorio mexicano comenzó mucho antes, y desde la llegada del presidente Donald Trump, con su nuevo enfoque hacia el continente, los agentes se extendieron, casi con total libertad, a lo largo de América, teniendo a México como epicentro.
A esta suma de acciones, se acumularon los testigos colaboradores que quisieron aportar. Los que tenían ya detenidos desde años atrás los han presionado para que brinden una mayor colaboración, y lo que recientemente se han sumado negociando beneficios, las condiciones de cooperación han sido mucho más exigentes, eso les ha proporcionado a las agencias información de altísima calidad, según consideran las oficinas estadounidenses. Pero no sólo pensemos en personajes de México, sino aquellas tramas que se extienden por Venezuela, Colombia y Cuba, por ejemplo, de donde también tienen información de testigos colaboradores.
Hay que añadir la información que ya tenían desde años atrás, no sólo la de Julio Carmona (sobre el huachicol fiscal), sino desde el exfiscal de Nayarit Edgar Veytia o Dámaso López Serrano, “El Minilic”, y su padre Dámaso López Núñez, "El Licenciado", y la larga lista de personajes del crimen organizado y exfuncionarios mexicanos cooperantes han sumado mucha información.
El Departamento del Tesoro de Estados Unidos ha sumado a más personajes de interés que permite a sus autoridades intervenir en todas las operaciones financieras vinculadas de forma directa o indirecta con esos nombres.
Y mucho antes, el gobierno de la mano con las agencias de seguridad estadounidense construyó la arquitectura legal que ahora coloca a los grupos de narcotraficantes y traficantes de personas como terroristas, y a quienes trafiquen fentanilo como terroristas que utilizan un arma de destrucción masiva. Esto amplifica las capacidades militares y judiciales del país del norte.
Todo esto, además de la información y recursos que día a día se obtienen de informantes, operaciones encubiertas e intervenciones telefónicas y digitales, se colocan en las herramientas más potentes que permiten construir escenarios de operaciones; identificar patrones y con ello a personas, empresas y países involucrados, y redes de complicidad.
En suma, Estados Unidos ha mapeado a partidos políticos, gobiernos, ecosistemas empresariales y al territorio, sobre varios elementos: complicidades, grupos involucrados, capacidades y operaciones. Al mismo tiempo, hacer la cartografía detallada de sus intereses, qué recursos naturales, minerales y energéticos le interesan, dónde y qué hará para conseguirlos; así como los beneficios que buscan para sus empresas instaladas y por instalarse.
Todos los teatros de operaciones en marcha contra México involucran en el plan a la difusión de información por parte de entes confiables, y utilizan a los personeros de la oposición.
Toda esta capacidad explica por qué las agencias estadounidenses han detectado que los agentes de inteligencia rusos en México no se fueron, por el contrario aumentaron a casi 40; que identificaran contratos amañados en las Fuerzas Armadas, Aduanas, Migración o la Guardia Nacional; que tengan claro qué empresarios y políticos o hijos de políticos están moviendo el dinero; o por qué identifican las debilidades de esos personajes por los negocios aparentemente ilícitos y complicidades, como el caso del empresario Amílcar Olán o Joaquín Leal, por mencionar sólo a dos de varias decenas.
Es por todo eso que el discurso trasnochado de nacionalismo no funcionará. Ni siquiera el presidente de Brasil Luiz Inácio Lula da Silva lo utilizó tras su visita a Washington la semana pasada.
Se requiere con extrema urgencia que el Centro Nacional de Inteligencia (CNI) funcione y haga su trabajo; que las oficinas de inteligencia militar mexicanas también trabajen a favor del Estado mexicano, y que informen de manera real y con información verificada a la presidenta, sobre las debilidades en el ámbito político y económico, se comience a limpiar la casa y diseñar la estrategia que, con hechos y en el discurso, permita enfrentar la embestida que apenas comienza, y no reaccionar. Es tiempo de estadistas en este país.
