Hace cien años nació Don Julio Scherer García, y su nombre sigue siendo una referencia ética y moral en el periodismo mexicano. No fue sólo un gran reportero y editor, sino un reformador de fondo, un hombre que entendió el oficio como una forma de compromiso con la verdad y con el país. Su presencia transformó el modo de escribir, investigar y pensar la información, devolviéndole al periodista el valor de la independencia y el peso de la conciencia.
Scherer llegó a "Excélsior" en 1947 como “hueso”, ayudante de redacción, apenas un joven curioso que quería entender cómo se tejían las noticias. Su primera nota firmada apareció el 26 de marzo de 1948 en “La Extra”. Era el inicio de una trayectoria que marcaría la historia de la prensa mexicana. Con el tiempo dirigió "Excélsior" y lo convirtió en el referente del periodismo internacional libre. Después llegó el golpe, la traición, el despojo político y la resistencia. De esa sacudida nació “Proceso”, una revista que Scherer fundó y dirigió con el mismo ímpetu de quien sabe que la libertad no se pide: se ejerce.
En “Proceso”, Don Julio consolidó una forma de ver el país y de narrar sus contradicciones. Tenía un rigor inflexible, pero también una sensibilidad que lo hacía escuchar y mirar con atención a los demás. Era un crisol ardiente de emociones: impetuoso, lúcido, apasionado y capaz de transformar la duda en búsqueda. Bajo su guía, el periodismo se volvió ejercicio de conciencia, una herramienta para desmontar el poder y exhibirlo con palabras exactas. Scherer no escribía para agradar, sino para entender, y en esa comprensión radical también residía su valentía.
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Tuve el privilegio de trabajar a su lado durante doce años en "Proceso". Ese periodo fue una escuela de vida. Aprendí de él, el valor del silencio antes de escribir, el respeto absoluto por los hechos, la disciplina cotidiana de observar sin miedo. A su lado confirmé que una nota tiene sentido solo cuando nace de una mirada ética y de un compromiso con la verdad. Don Julio marcó profundamente mi manera de entender el mundo: desde entonces, miro la realidad con la obstinación de quien busca las causas, no los efectos, y con la convicción de que informar es también un acto de justicia.
Entre los muchos momentos compartidos, -realicé más de dos mil coberturas para la revista- uno se grabó con especial fuerza en la memoria: el viaje que hicimos juntos a Santiago de Chile en 2003, para recordar el golpe militar contra Salvador Allende. En ese recorrido pude verlo trabajar sobre el terreno, ágil y transparente, moviéndose entre la historia y la emoción con esa inteligencia que no se impone, sino que ilumina. Observé al Scherer reportero, incisivo, generoso con la gente, paciente con los detalles y con una mirada tan alerta que parecía fotografiar lo invisible. Ese viaje me mostró al hombre detrás del mito, y desde entonces su enseñanza dejó de ser sólo profesional; se volvió una guía íntima, humana.
Con el paso del tiempo comprendí cuánto influenció mi vida más allá del periodismo y las redacciones. Pablo, mi primer hijo nacido en 2002, lleva su apellido. Ese hecho, sencillo y simbólico, lleva al hogar una parte de su memoria. Es como si su presencia continuara viva entre nosotros, recordando que la verdadera herencia de un maestro no sólo son sus palabras, sino las huellas que deja en quienes lo rodearon. En ese sentido, Don Julio nunca se fue: habita los principios y valores que heredamos quienes trabajamos con él, pero también los que decidimos llevar su nombre con orgullo.
El 6 de noviembre de 1996, Scherer se retiró de la dirección de “Proceso”, pero su espíritu permaneció en cada número, en cada investigación que desafió al poder. Murió el 7 de enero de 2015, a los 88 años, pero su legado sigue tan vivo como su voz. Cien años después de su nacimiento, recordarlo es reconocer que la libertad de prensa en México tiene en él un cimiento moral, y que su ejemplo nos obliga a seguir preguntando, escribiendo y resistiendo.
Julio Scherer García fue un periodista total: un hombre que hizo de la palabra una forma de lucha y del pensamiento una forma de amor. Su vida enseñó que el periodismo solo vale la pena cuando se ejerce con coraje, inteligencia y verdad. A cien años de su nacimiento, su llama sigue encendida.
PD. El brillante Vicente Leñero -sin duda, su mejor amigo- escribió esto de Scherer:
“El único sustantivo que sirve para definir a Julio es el de reportero. Como reportero vive, como reportero trabaja tiempo completo, como reportero hace y pierde amigos. Su honradez a toda prueba no deriva de una moral abstracta, sino de un principio profesional aprendido a lo largo de una brillante carrera: la deshonestidad que tuerce la vida de un reportero contraría, antes que vagos preceptos sociales o religiosos, la esencia misma del quehacer profesional.”
“Quienes durante años hemos trabajado al lado de Julio aprendimos a entender así esa necesidad de ser honrados, como urgencia y requisito profesional. No aprendimos sólo eso, por supuesto. También, sobre todo, que el periodismo sólo puede ejercerse con independencia y al servicio de la curiosidad.”
Así lo citó en un texto conmovedor, uno de sus hijos en las páginas de Excélsior esta semana, el querido Julio Scherer Ibarra.
