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El Norte también es cultura

El Norte no solo hizo la Revolución, también la gobernó; es un coloso empresarial, y es donde surgieron las figuras que ayudaron a fabricar el imaginario de lo mexicano. | Ulises Castellanos

Créditos: Plaza de la Mexicanidad en Ciudad Juárez, Chihuahua. Foto de Ulises Castellanos.
Escrito en OPINIÓN el

Siempre nos han vendido que la “verdadera” cultura mexicana empieza en el Sur y Centro del país: la marimba, el jarabe tapatío, los volcanes, las pirámides o los charros con sombrero ancho. Pero cuando uno prende el carbón por acá en Juárez y prepara una carne asada, descubre que en el Norte también se piensa, se siente y se reinventa el país. Que aquí donde se acaba el verde del paisaje empieza otra forma de ser México, menos pintoresca pero igual de poderosa.

Porque sí, el Norte es el territorio donde empieza la carne asada… pero no donde se acaba la cultura. Todo lo contrario. Desde el polvo y el sol del Norte surgieron las figuras que ayudaron a fabricar el imaginario de lo mexicano, el de verdad, el que conquistó pantallas, poder, escenarios y símbolos culturales.

Y si alguien duda de que el Norte también crea símbolos, basta mirar la frontera y levantar la vista: ahí está la monumental “X” de Sebastián, ese titán de la escultura nacido en Camargo, Chihuahua, que plantó en Ciudad Juárez un emblema de identidad binacional y orgullo regional. Dicen que es sólo hierro y color, pero en realidad es una firma gigantesca: una marca en el horizonte que grita “aquí estamos”. La “X” no solo representa la mezcla cultural del país, también desafía la idea de que el Norte es desierto de ideas. Es, literalmente, cultura erguida frente al viento.

Emilio “El Indio” Fernández, el patriarca del cine nacional, no nació entre nopales y chinelos, sino en Sabinas, Coahuila. Hombre recio, de armas, silencios y emociones filmadas con machete. A él le debemos que cada vez que vemos La Perla, se nos erice la piel. Su mirada norteña nos hizo creer que México cabía entero en un contraluz. Y si seguimos el mapa hacia arriba, en Álamos, Sonora nació María Félix: la encarnación del carácter femenino. La mujer que hizo de la soberbia un patrimonio nacional.

Ahí mismo, bajo el cielo del Norte, nacieron Pedro Infante en Guamúchil, Lola Beltrán en El Rosario, Lucha Villa en Camargo, Elsa Aguirre en Chihuahua, Silvia Pinal en Guaymas. Todas y todos con acento norteño y alma universal. Desde esas coordenadas salieron las voces que moldearon la música popular y el cine de oro. La supuesta “cultura del centro” tiene, en realidad, sangre sonorense, sinaloense y chihuahuense corriendo por sus venas.

Y si ese horizonte monumental tuviera voz, seguramente sonaría como Juan Gabriel. Curtido en Juárez, forjado entre bares y plazas donde se canta con ganas o no se canta, convirtió su historia en himno nacional. Desde la frontera más dura levantó un repertorio sensible, melancólico y profundamente mexicano sin pedir permiso a nadie. Juan Gabriel demostró que se puede ser inmensamente sentimental y orgullosamente norteño al mismo tiempo. Su figura es el puente perfecto entre el México que trabaja y el México que sueña; entre el drama ranchero y la balada urbana. Su voz salió del desierto y llegó al mundo, recordándonos que la cultura también baila con botas y lentejuelas.

Y hablando de música, ahí están Los Tigres del Norte: embajadores de esa otra narrativa mexicana que se canta con acordeón, bajo sexto y verdad a bocajarro. De ellos parte una tradición que hoy llena las listas de Spotify y sobrevive en cada esquina fronteriza. Su legado es el hilo conductor que une a Intocable, Grupo Pesado, Los Tucanes de Tijuana, Calibre 50, La Mafia y Bronco. Todos diferentes, pero todos con la misma bandera sonora: contar lo que pasa desde el Norte, sin disfraz ni permiso. La música norteña y los corridos tumbados —herederos directos del corrido clásico— dominan hoy el panorama global, lo cual demuestra que el ritmo del país ya no se dicta desde las marimbas, sino desde los compases del acordeón.

Y si de poder económico se trata, el Norte no es solo parte de la cultura nacional, también es un coloso empresarial. De Monterrey salen FEMSA (la dueña de Oxxo), Grupo Banorte, CEMEX, Alfa, Ternium, Arca Continental, Sigma Alimentos, Alpek, Gruma, Soriana y Vitro. De Coahuila, Grupo Industrial Saltillo y Magna International México; en Sinaloa surgen Coppel, Grupo México (aunque su sede fiscal esté en CDMX, su corazón minero es norteño). Estas firmas, muchas de ellas líderes mundiales en sus sectores, han hecho del norte el verdadero motor industrial de México. Lejos de ser “poca cosa”, son las que construyen ciudades, exportan tecnología y ponen a México en el mapa de la globalización.

Pero el Norte también inventó otras vanguardias: Nacho López, el fotógrafo de Tampico, quien reinventó la mirada urbana; Nancy Cárdenas, coahuilense, pionera del feminismo y de la lucha LGBT en el país, cuando hablar de eso era motivo de exilio. Y ni qué decir del controvertido muralista Siqueiros originario de Camargo acá en Chihuahua.

Y si de coronas y belleza se trata, el Norte también puso a México en lo más alto: Lupita Jones, originaria de Mexicali, Baja California, fue la primera mexicana en ganar el título de Miss Universo (1991). Su triunfo rompió el molde de la belleza “típica” y demostró que la norteña no solo es inteligente y trabajadora, sino que también tiene carisma y la postura para reinar en el mundo. Porque las mujeres más bellas de nuestro país también están en el Norte.

Y entre los héroes populares, tampoco faltan los norteños: El Santo vino del centro, pero Blue Demon era de Nuevo León. Fernando Valenzuela de Navojoa, Sonora; Julio César Chávez, de Ciudad Obregón, en Sonora también, quien convirtió el ring en altar y en bandera del orgullo regional. Eduardo Nájera, basquetbolista de la NBA, nacido en Meoqui, Chihuahua. Todos ellos, sin discursos prefabricados de identidad, ayudaron a que México se reconociera también en el deporte, el desierto y la carne al carbón.

Y ya por último, si de poder, revolución o gobernantes se trata, el Norte no solo se levantó en armas, también revolucionó al país con Pancho Villa quien nació en Durango y luego fue asesinado en Parral, Chihuahua; Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles de Sonora; o Venustiano Carranza y Francisco I. Madero de Coahuila, quienes fueron los caudillos norteños que redefinieron la nación después de 1910. De ellos surgieron tres presidentes mexicanos claramente norteños. El Norte no solo hizo la Revolución, también la gobernó.

Así que cuando alguien repita que “en el Norte no hay cultura”, muéstrenle una toma del Indio Fernández o una foto de Nacho López. Quizá entonces entiendan que entre el polvo, los tractores, la frontera y el sol abrasador, también se inventó la belleza bajo la cultura del esfuerzo y la entrega. Porque sí: en el Norte empieza la carne asada… pero también empieza México.

Ulises Castellanos

@MxUlysses