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Yo documento las calles, pero mi familia es mi mejor foto

Las fotos de familia no son solo imágenes; son anclas de identidad, son recordatorios de que no estamos solos en este caos llamado vida. | Ulises Castellanos

Créditos: La Familia, 2020. Foto de Ulises Castellanos
Escrito en OPINIÓN el

Mi formación es documentalista visual. Me crié con la idea de que la fotografía sirve para registrar lo que otros no ven: las calles vacías a las 5 a.m., la luz rasante en edificios de Juárez, la gente desconocida en el mercado, los paisajes que nadie más tuvo la paciencia de esperar. 

Mi lente busca historias ajenas, no las mías. Mi trabajo es ser testigo, no protagonista.

Y sin embargo, los datos que consulte en la IA no mienten: en el mundo occidental, lo que más se fotografía es la familia. El 42% de los franceses, el 36% de los suizos y el 35% de los alemanes coinciden: primero vienen los seres queridos, luego las flores (34%), después las mascotas (25-28%) y luego los niños (22-37%). Los paisajes, por mucho que yo los adore, apenas llegan al 22-29%.

Nuestra cultura mexicana es profundamente familiar; el 65% celebra fiestas en familia comiendo, y la fotografía familiar "domina" los álbumes domésticos mexicanos y las cuentas de Instagram. Nuestro país tiene una cultura gastronómica visualmente potente; la primera foto de Instagram fue tomada aquí en México (un perro + puesto de tacos en Todos Santos, BCS)

Yo, que paso horas volando mi DJI sobre las Dunas de Samalayuca o caminando por la Ruta 66 con la cámara colgada del cuello, pensé que era la excepción. Que mi profesión me hacía inmune al sentimentalismo familiar. Que mis fotos más valiosas eran las de ciudades abandonadas, las de guerra, las de rostros anónimos que cuentan historias de supervivencia.

Pero hoy, –que me ha pegado un poco la soledad en la frontera– al revisar mi galería del último año en mi celular, me doy cuenta de que me equivoqué. Sí, tengo cientos de fotos de ciudades, de paisajes, de calles desconocidas. Pero lo que más tengo, lo que más vuelvo a mirar, lo que más guardo en el celular por si algún día se me olvida todo, son mis hijos, mis gatos y mi novia.

No son fotos perfectas. No tienen la luz dorada del atardecer, no tienen el horizonte alineado, no tienen el filtro que le da ese toque “cinemático”. Son fotos rápidas, hechas con el celular mientras cocino, mientras viajo, mientras juego con los gatos que decidieron que mi cama es su territorio. Son fotos de mis hijos durmiendo, de mi novia riendo con una taza de café en la mano, de mis gatos estirándose en el sofá como si fueran leones en la sabana.

Y sin embargo, esas fotos son las que más me hacen sentir.

La ciencia lo explica: ver fotos familiares mejora el bienestar psicológico. Los niños que ven retratos familiares desarrollan autoestima y seguridad. Somos una especie visual: nuestras células cerebrales están más dedicadas a ver a quienes amamos que a ver paisajes bonitos. Las fotos de familia no son solo imágenes; son anclas de identidad. Son recordatorios de que no estamos solos en este caos llamado vida.

Yo puedo documentar una ciudad, pero no puedo documentar lo que siento cuando veo a mi hijo sonreír en Nueva York. Puedo capturar un paisaje, pero no puedo capturar la calma que me da ver a mis gatos durmiendo juntos. Puedo tomar la foto perfecta de una calle vacía, pero no puedo tomar la foto que me recuerde que tengo a alguien que me espera en casa.

Mis hijos, mis gatos y mi novia no necesitan que la luz sea perfecta. No necesitan que el encuadre sea impecable. Solo necesitan que estén ahí. Y yo, aunque quiera seguir siendo el documentalista que observa desde afuera, me doy cuenta de que la mejor historia no está en las calles de la ciudad, sino en mi propia casa.

Así que sí, sigo volando mi drone sobre los desiertos de Chihuahua o Texas. Sigo recorriendo ciudades buscando historias ajenas. Sigo tomando fotos de gente desconocida que tiene historias que contar. Pero cuando llego a casa, lo primero que hago es sacar el celular y ver las fotos de mis hijos, mis gatos o mi pareja. Porque ellos no son el sujeto de mi documento. Son mi documento más importante.

Al final, quizás el verdadero documental no es el de las ciudades. Quizás el verdadero documental es el de la vida cotidiana, el de las risas en la mesa, el de los gatos que siempre encuentran el lugar más incómodo para dormir, el de los hijos que crecen demasiado rápido.

Y si algún día solo queda un disco duro con 10 fotos mías, no será la de la Torre Eiffel ni la del atardecer en Beijing. Será la de mis hijos corriendo en el parque, la de mis gatos peleando por un lugar en el sofá, la de mi novia mirándome con esa sonrisa que solo tiene cuando está realmente feliz.

Porque al final, lo que más importa no es lo que documentamos del mundo, sino lo que el mundo nos deja documentar en casa. 

 

Ulises Castellanos

@MxUlysses

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