#ANÁLISISDELANOTICIA

Mientras el Estado improvisa, el crimen planea

Mientras el Estado mexicano muchas veces se comporta como una empresa mal administrada, el crimen organizado actúa como una corporación moderna, planea a largo plazo, disputa mercados, diversifica riesgos. | Alberto Capella

Escrito en OPINIÓN el

Este lunes pasado tuve la oportunidad de volver a Harvard Kennedy School. Es la segunda ocasión que estoy allí y, esta vez, dialogué con un grupo de entusiastas estudiantes mexicanos sobre un tema que sigue persiguiendo al país y exigiendo nuevas formas de ser explicado, la criminalidad en México, sus mitos y sus realidades.

Para abrir la conversación les propuse una comparación distinta. Les dije que imaginaran la seguridad pública como si fuera una gran empresa. Una organización enorme, compleja, con presencia nacional, miles de empleados, áreas críticas, riesgos permanentes, competencia feroz y la obligación de entregar resultados todos los días.

En cualquier empresa seria hay visión de largo plazo, misión clara, objetivos medibles, presupuesto suficiente, reglas de operación, controles internos, directivos competentes y capacidad de adaptación. Si nada de eso existe, la empresa fracasa. Eso, en buena medida, es lo que le ha ocurrido a la seguridad pública en México durante décadas.

Pero la comparación tiene un límite brutal. En una empresa mal dirigida se pierde dinero, mercado y activos. En seguridad pública mal dirigida se pierde algo infinitamente más valioso, la vida, la libertad y la tranquilidad permanente de miles de personas.

México ha querido operar su área más delicada como si cada seis años cambiara de gerente general y con él llegara nuevo nombre, nuevo uniforme, nuevo organigrama, nuevo discurso y nueva prioridad. Por eso no hemos tenido una política de Estado consistente en materia de seguridad. Hemos tenido, más bien, modas institucionales sexenales.

También hemos querido seguridad de primer nivel con presupuestos de tercer nivel. Exigimos policías eficaces, honestos, valientes y cercanos, pero muchas veces les damos salarios precarios, herramientas insuficientes, poca protección institucional y escasas posibilidades de desarrollo. Y ni siquiera ahí termina el drama. En México, hacer lo correcto en seguridad pública puede costarte la vida, la tranquilidad de tu familia o incluso la libertad. La prueba es brutal. Tan sólo en la semana que acaba de concluir, 12 agentes de seguridad pública fueron asesinados en el país, según el conteo de Causa en Común.

Luego están las reglas. Toda empresa moderna necesita normas, supervisión, auditorías y consecuencias. En seguridad pública debería ocurrir lo mismo. Pero en México hemos vivido demasiadas veces una distancia enorme entre la norma y la realidad. Las reglas existen, pero no siempre se cumplen. Los controles existen, pero no siempre controlan. Y cuando las reglas dejan de mandar, aparece la impunidad. No como una falla menor, sino como el motor que descompone todo lo demás. La impunidad es la madre de todos los males.

A eso se suma otro error histórico. Hemos confundido actividad con eficacia y propaganda con resultados. Se anuncian operativos, capturas, reformas e instituciones nuevas, pero la pregunta esencial casi nunca cambia. ¿Bajó la violencia, se debilitó realmente al crimen, mejoró la vida cotidiana de la gente? Si la respuesta es no, entonces no hubo éxito. Hubo simulación.

Y aquí aparece la parte más incómoda. Mientras el Estado mexicano muchas veces se comporta como una empresa mal administrada, el crimen organizado sí ha aprendido a actuar como una corporación moderna. Planea a largo plazo, disputa mercados, diversifica riesgos, recluta, usa inteligencia y defiende territorios.

Ellos piensan a largo plazo. Nosotros demasiadas veces pensamos al siguiente informe de gobierno.

Ese fue el fondo de la conversación en Harvard. México sí sabe mucho más de lo que a veces admite. Lo que no ha tenido con suficiente consistencia es continuidad, disciplina institucional y voluntad política para sostener una verdadera reconstrucción.

Porque mientras el Estado improvisa, el crimen planea.

Alberto Capella

@kpya