¿Estamos listos para recibir al mundo cuando no hemos podido proteger a nuestras mujeres?
México se prepara para ser, una vez más, el anfitrión del mundo. Las luces de los estadios comienzan a encenderse, las fachadas de nuestras ciudades se retocan y la narrativa oficial se concentra en la hospitalidad y la derrama económica que el Mundial traerá consigo. Es una oportunidad de oro para mostrar lo que somos como mexicanas y mexicanos, pero ¿realmente es esa la cara de nuestro país?
Detrás del brillo de la celebración deportiva, persiste una sombra que ninguna inversión en infraestructura ha logrado disipar: la deuda histórica de justicia con las mujeres. Mientras el gobierno afina protocolos para recibir a miles de visitantes, miles de familias mexicanas siguen enfrentando el vacío absoluto de las desapariciones; el horror del feminicidio; la desigualdad entre hombres y mujeres; las redes invisibles, pero letales; la trata de personas; la violencia de género contra las mujeres, entre otras más.
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La historia de México está aterrizada en que será anfitrión por tercera vez, lo que ningún otro país ha logrado. Es por eso por lo que el trabajo se ha concentrado en brindar comodidad a quienes nos visitarán, porque realmente eso es lo único que tenemos para ofrecer. La urgencia de la apariencia ha matado de nuevo la ilusión desesperada no de un México campeón del mundo sino de un lugar apto para que sus mujeres lo habiten con paz y tranquilidad.
La FIFA anunció en 2018 a México, Estados Unidos y Canadá como sedes para el Mundial 2026. En 2021, de acuerdo con datos del INEGI, el 70.1% de las mujeres de 15 años y más enfrentaron al menos una vez en su vida, algún incidente de violencia (psicológica, económica, patrimonial, física, sexual o de discriminación). Asimismo, al cierre del 2025, el 68.2% de ciudadanas aceptaron vivir en un entorno de inseguridad. Es evidente lo que se continúa dejando para después y ojo que el problema no es el deporte, es la falta de atención a las necesidades más apremiantes de la población y, en especial, de las mujeres.
Un ejemplo de ello es lo que pasó en Teotihuacán, una zona turística; es deplorable la deficiencia para crear mecanismos que garanticen la seguridad de las y los mexicanos y de las personas extranjeras. También, lo sucedido recientemente con Edith, que le costó la vida salir a buscar trabajo, y la falta de eco ante las exigencias de su familia por actuar de manera pronta y expedita. Esto enciende la luz brillante fuera de los estadios y se siente incandescente de exigencia por seguridad, justicia, acción y empatía ante las demandas ciudadanas.
Lo que sucede hoy no ha cambiado de lo que fue ayer. Albergar un Mundial de futbol ha revelado lo que realmente importa en México: intereses desde el privilegio. ¿Por qué cuesta tanto escuchar a las víctimas? Son ellas quienes reflejan la verdadera “fiebre mundialista”, un fenómeno social y cultural que no se caracteriza hoy en México por el entusiasmo masivo de la Copa del Mundo, sino por la cruda realidad que se afanan en ocultar.
No podemos permitir que el júbilo de la tribuna se convierta en una cortina de humo sobre una realidad que nos desangra; un país que se dice estar listo para organizar la fiesta más grande del deporte debe, por congruencia mínima, demostrar que es capaz de proteger la vida de quienes lo habitan. Porque si la seguridad es solo para el escaparate, entonces el progreso es una simulación.
¡Que el grito de gol no silencie el grito de justicia!
