A finales de 2011, siendo secretario de Seguridad Pública de Tijuana conversé con William Lansdowne, entonces jefe de la Policía de San Diego. Éramos ciudades vecinas y hermanas, pero también ciudades marcadas por contrastes enormes. Él era un mando experimentado y yo tenía por delante una tarea inmensa. No me habló como académico ni como burócrata. Me habló como policía, con la franqueza de quien ya había pasado por pruebas difíciles. Me dijo que ser jefe policiaco implicaba pelear en cuatro frentes al mismo tiempo. En la calle, enfrentando al crimen. Dentro de la propia corporación, manteniendo un control férreo del personal bajo tu mando, porque el error de uno puede poner en crisis a una institución de miles. Dentro del gobierno, empujando mejores condiciones institucionales y presupuestales. Y frente a la sociedad y a los medios, dando la cara, asumiendo responsabilidades y generando confianza.
Ese consejo no venía de la teoría. Venía de alguien que pocos meses antes había atravesado una crisis interna severa en San Diego y había tenido que salir públicamente a responder por la conducta de varios de sus propios agentes.
Aquel aprendizaje se me quedó para siempre. Entendí que la seguridad no sólo se opera, también se explica. También se acompaña, se defiende en el ánimo ciudadano. Y también se cuida puertas adentro, porque una corporación puede perder en unos días la confianza que tardó años en construir. Por eso, desde entonces, hice propia una convicción institucional que procuré sostener en las buenas y en las malas noticias. Dar la cara con transparencia no resuelve por sí solo una crisis, pero sí evita algo todavía peor, que la sociedad sienta que no hay nadie al frente o, peor aún, que quienes mandan prefieren esconderse mientras la incertidumbre crece.
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Por eso no me sorprende el fenómeno que hoy rodea a Omar García Harfuch. Más allá de simpatías o críticas, una parte importante del país parece valorar en él algo que escasea desde hace años en México. La disposición a aparecer, informar, asumir, explicar y transmitir que hay alguien tomando decisiones.
Eso no es casualidad. Refleja una necesidad social muy profunda. México no sólo quiere seguridad. Quiere sentir que alguien la encarna.
Pero allí también está el riesgo. Cuando un país empieza a depositar demasiada esperanza en una sola figura, en realidad está confesando su desconfianza en las instituciones. Un secretario visible puede dar certidumbre emocional. Puede ordenar el mensaje, transmitir autoridad. Puede incluso levantar el ánimo ciudadano, pero no sustituye policías municipales dignas, fiscalías eficaces, inteligencia útil ni gobiernos locales capaces de controlar su territorio. Ningún funcionario, por eficaz que sea, puede reemplazar al Estado entero.
La popularidad de Harfuch dice cosas buenas sobre él, pero dice cosas todavía más duras sobre el país. Dice que la sociedad está tan cansada de la ausencia, la evasión y el silencio oficial que termina premiando, casi con gratitud, a quien simplemente hace algo esencial en el servicio público, aparecer, asumir y dar la cara.
Y eso debería hacernos pensar. Porque una nación que necesita héroes para sentirse segura sigue siendo una nación que no ha logrado construir instituciones capaces de darle seguridad sin depender de un solo rostro.
