#ANÁLISISDELANOTICIA

Cuando el mundo nos voltea a ver por las razones equivocadas

Lo ocurrido en Teotihuacán no fue solamente una tragedia exhibió la debilidad de un Estado que durante años desmontó instituciones, improvisó otras y dejó a miles de autoridades locales atrapadas en el subdesarrollo institucional. | Alberto Capella

Escrito en OPINIÓN el

Lo ocurrido en Teotihuacán no fue solamente una tragedia en uno de los símbolos más poderosos del país. Fue también una advertencia. Cuando la violencia irrumpe en un sitio que representa historia, identidad y orgullo nacional, lo que queda herido no es sólo un grupo de visitantes. Queda exhibida la debilidad de un Estado que durante años desmontó instituciones, improvisó otras y dejó a miles de autoridades locales atrapadas en el subdesarrollo institucional. Afuera así se entendió. Reuters y AP colocaron el ataque como una señal incómoda para la seguridad turística y para la antesala del Mundial de 2026.

Pero sería un error reducir todo a la pregunta de cómo entró un arma a la zona arqueológica. Esa pregunta importa, pero no alcanza. En apenas una semana, México volvió a regalarle al mundo una secuencia brutal de postales de su crisis. Un ataque armado en Teotihuacán convirtió la zona arqueológica más emblemática del país en escenario de pánico internacional. En Morelos, otra masacre dejó ocho muertos en un bar de Ayala. En la Ciudad de México, el feminicidio de Edith Guadalupe Valdés expuso de nuevo la mezcla tóxica de violencia contra las mujeres, negligencia institucional y revictimización de las familias. Y en Chihuahua, la muerte de funcionarios estadounidenses y agentes mexicanos tras una operación antidrogas abrió una tormenta política que amenaza con enfriar la cooperación binacional. Distintos escenarios, la misma tragedia. Instituciones rebasadas, gobiernos locales insuficientes y un crimen que sigue encontrando más vacíos que resistencias.

México no sólo padece criminales más poderosos. También arrastra instituciones locales demasiado débiles, mal coordinadas, mal financiadas o políticamente abandonadas. En algunos casos hay respuestas más serias que en el sexenio de abrazos y no balazos. Sería mezquino negarlo. Pero frente al tamaño del reto, la respuesta institucional sigue siendo corta. Los grandes ausentes siguen siendo los gobiernos locales. Ahí está buena parte del problema. Sin autoridad municipal y estatal profesional, confiable, presente y eficaz, esta batalla está perdida desde antes de empezar. La federación puede contener, reaccionar, mandar Guardia Nacional y administrar crisis. Pero la seguridad de todos los días, la que evita que el crimen se instale, se normalice y crezca, depende del músculo local. Y ese músculo lleva años atrofiándose entre ocurrencias sexenales, pleitos partidistas, mandos improvisados y burocracias incapaces de sostener una estrategia de largo plazo.

Como si eso no bastara, el episodio de Chihuahua amenaza con enredar todavía más el tablero. La propia presidenta dijo que no conocía los detalles de la participación estadounidense y exigió explicaciones. Esa sola disputa politizará profundamente la cooperación con Estados Unidos en los próximos meses. Y cuando México y Washington se enredan en sospechas, discursos patrioteros y culpas cruzadas, el único que gana es el crimen organizado que opera con fuerza en el norte del país. Todo al revés. Justo cuando México debería proyectar control, coordinación y confianza a unas semanas de colocarse bajo la atención del mundo, aparece una escena que recuerda lo contrario. Un país que no termina de fortalecer a sus gobiernos locales, que politiza la cooperación internacional y que sigue llegando tarde frente a la violencia, no sólo pone en riesgo su imagen. Pone en riesgo a su gente. Y esa, mucho antes que la reputación del Mundial, debería ser la verdadera urgencia.

 

Alberto Capella

@kpya