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La conocida historia secreta de la CIA en México

La muerte de dos agentes estadounidenses en la Sierra Tarahumara reavivó el debate sobre la presencia de la CIA en México, la soberanía nacional y la cooperación bilateral en seguridad. | Ricardo del Muro

Escrito en OPINIÓN el

La muerte de dos agentes de inteligencia estadounidenses en un accidente carretero en la Sierra Tarahumara, revelada por medios como The Washington Post, The New York Times y Fox News, reavivó el debate sobre la presencia de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en el país, la soberanía nacional y el alcance de la cooperación entre los gobiernos de México y Estados Unidos en la lucha contra el crimen organizado.  

“Un choque mortal muestra los profundos lazos entre Estados Unidos y México”, fue el titular del NYT. El vehículo, en el que viajaban dos estadounidenses y dos agentes de seguridad mexicanos, regresaba de una redada en un gran laboratorio clandestino de drogas cuando se precipitó a un barranco. 

¿Quiénes eran los estadounidenses y qué hacían allí? ¿Tenían autorización para operar en México, y en calidad de qué?, planteó la corresponsal Paulina Villegas. Las preguntas se intensificaron en los días siguientes y evidenciaron la desconfianza dentro de las instituciones mexicanas, donde el temor a filtraciones hacia grupos criminales ha favorecido operaciones encubiertas que, en este caso, dejó de lado al poder Ejecutivo federal y al Ejército mexicano.   

La presidenta Claudia Sheinbaum afirmó que las autoridades de Chihuahua violaron la Constitución y la Ley de Seguridad Nacional al permitir la participación de agentes extranjeros en operativos anticrimen. Un asunto sobre el que la gobernadora Maru Campos deberá comparecer ante el Senado.  

Sheinbaum insistió en que el punto central del caso Chihuahua no son los resultados en materia de seguridad, sino la posible actuación de agentes extranjeros fuera del marco legal mexicano. “La soberanía no se negocia”, afirmó.  

El episodio también ha sacado a la luz un viejo “secreto oficial” que, tras numerosas revelaciones, terminó convertido en un “secreto a voces”: la presencia de la CIA en México.  

La primera referencia que hubo en el archivo de Manuel Buendía sobre las actividades de la agencia data de 1948, durante el gobierno de Miguel Alemán. Se formó entonces un grupo mixto de investigación cuyas oficinas se instalaron en Melchor Ocampo número 22, cuarto piso, en la Ciudad de México. 

Durante la Guerra Fría, la Ciudad de México se convirtió en un importante centro de espionaje donde operaban agentes soviéticos, estadounidenses, cubanos y mexicanos. En ese contexto, Winston Scott, jefe de la estación de la CIA en México entre 1956 y 1969, dirigió la operación LITEMPO, cuyo objetivo era obtener información mediante escuchas telefónicas e infiltrar grupos de izquierda para contener la influencia comunista en América Latina.  

De acuerdo con las memorias que escribió al final de su vida, publicadas en el libro Nuestro hombre en México: Winston Scott y la historia oculta de la CIA, del periodista Jefferson Morley (Taurus, 2011), la agencia estableció una estrecha colaboración con funcionarios mexicanos mediante una red de contactos e informantes que incluyó a figuras políticas como Adolfo López Mateos (LITEMPO – 1), Gustavo Díaz Ordaz (LITEMPO -2) y Luis Echeverría Álvarez (LITEMPO – 8), quienes posteriormente ocuparon la presidencia de la República.  

Estas revelaciones sólo confirmaron una verdad sospechosa que comenzó a documentarse en 1975, cuando el ex agente de la CIA Phillip Agee publicó Dentro de la Compañía: diario de la CIA. En ese libro aseguró que Scott tenía “relaciones bastante estrechas” con el presidente Adolfo López Mateos y con el ministro de Gobierno, Gustavo Díaz Ordaz.  

En 1983, Manuel Buendía publicó La CIA en México, resultado de años de investigación periodística en donde retomó referencias de Agee, identificó agentes encubiertos y describió las tácticas empleadas por la agencia para influir en la política y economía mexicanas.  

La labor de Buendía no estuvo exenta de riesgos. Sus investigaciones sobre los vínculos entre la CIA, el narcotráfico y funcionarios mexicanos lo convirtieron en blanco de amenazas. El 30 de mayo de 1984, fue asesinado en la Ciudad de México, en un crimen que conmocionó al país y evidenció los peligros que enfrentan los periodistas dedicados a la investigación.  

Fue uno de los pocos reporteros tercermundistas –como le gustaba definirse– que logró descubrir a varios espías de la CIA. Lo hizo sin moverse de su escritorio, mediante un método muy simple: leer, anotar, archivar y tener paciencia.  

De pronto –como ha sucedido ahora con el carreterazo en Chihuahua– surge un dato que arroja una nueva luz sobre otros que parecían inconexos y entonces el perfil de un agente de espionaje y la subversión aparece ante los ojos del reportero. Es como armar un rompecabezas. Siempre hay una pieza que da sentido a las demás. 

La información disponible, siguiendo ese método de investigación, muestra que tras la caída de la URSS y la desaparición de la KGB en 1991, la CIA reorientó sus prioridades hacia la seguridad del arsenal nuclear postsoviético y el control de la tecnología militar.  

Aunque los detalles solo se conocerán cuando algún agente publique sus memorias o se revelen documentos secretos, se sabe que la agencia ha realizado operaciones encubiertas en Afganistán, Irak, Siria, Ucrania, varios países de África y, por supuesto, en América Latina.  

Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, su atención se centró en la Guerra contra el Terrorismo y, más recientemente, en el combate al crimen organizado internacional. El 20 de enero de 2025, al iniciar su segundo mandato, Donald Trump designó a varios cárteles mexicanos como organizaciones terroristas. Un mes después, la CIA informó al Congreso estadounidense sobre el despliegue de drones MQ-9 en territorio mexicano para espiar a narcotraficantes.  

A esto se sumó la postulación de Ronald Johnson como embajador de Estados Unidos en México, el 19 de mayo de 2025, una decisión que, como observó Jorge Castañeda (Nexos 12 de diciembre de 2024), aportó más elementos para saber el rumbo que tomaría la política de Washington hacia México.   

En alguna ocasión, Buendía habló de su labor como cazador de espías. ¿Por qué dedicar tiempo y esfuerzo a esta tarea? No es porque me sobre el tiempo o me gusten las emociones fuertes –explicó–. La única razón es de índole patriótica. Yo no considero devaluadas palabras como nacionalismo o patriotismo. Estoy persuadido de que los espías norteamericanos, aunque sólo cumpla labores de “inteligencia”, trabajan para beneficiar a Estados Unidos y no a México.  

 

Ricardo del Muro

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