En el lenguaje popular mexicano, el “mal del tabique” o síndrome del ladrillo describe una patología que padecen los políticos al ascender al poder: mareo súbito, pérdida de equilibrio y de perspectiva frente a la realidad. En casos extremos, deriva en una soberbia desbordada en la que los sujetos se asumen como patriarcas, galanes de cine, superhéroes o profetas mesiánicos, e incluso adoptan un abierto zoomorfismo, encarnado simbólicamente en águilas, leones o felinos.
Este fenómeno —una distorsión de la personalidad asociada al ejercicio del poder— no distingue jerarquías ni geografías. Afecta lo mismo a líderes de potencias globales, como ha ocurrido recientemente con Donald Trump, y en países como México se ha convertido en un padecimiento crónico que regularmente se presenta en quienes llegan a ocupar la Presidencia de la República.
Sin embargo, en los últimos años, tras la derrota del PRI en el 2000 y el fin del presidencialismo, el trastorno se ha extendido a gobernadores, senadores, diputados e incluso a los alcaldes de los municipios más modestos del país.
Te podría interesar
En esos ámbitos locales, bajo la advertencia de que son de “mecha corta”, varios políticos o políticas –ya que la afección no distingue género- se muestran intolerantes a las críticas. Algunos han intentado reescribir la historia, restablecer la sucesión dinástica o asumido una personalidad de superhéroes, al estilo del Santo, Kalimán o el Zorro.
Más de un presidente, escribió Daniel Cosío Villegas, ha padecido ese mal de altura, típicamente Porfirio Díaz, que por haber arrancado a México del desorden y de la miseria en que había vivido durante setenta años continuos, creía merecer el acatamiento unánime y eterno de sus conciudadanos.
El mal –explicó- lo engrendran, sobra decirlo, motivos psíquicos y personales, así como las circunstancias históricas en que actúa el paciente. Pero se debe también a nuestro sistema político, cuya característica principal, según se sabe, es un presidente de la República dotado de facultades y de recursos ilimitados. Esto lo convierte fatalmente en el Gran Dispensador de bienes y favores, aun de milagros.
Cosío Villegas fue un crítico muy severo del gobierno de Luis Echeverría Álvarez (1970–1976). En ensayos y artículos –especialmente en “El estilo personal de gobernar” (1974)– cuestionó el populismo y la forma personalista de ejercer el poder. Esa crítica generó la molestia presidencial y tensó la relación con el periódico Excélsior, en un contexto que desembocó en el golpe contra su director Julio Scherer y su equipo de periodistas el 8 de julio de 1976.
En el fondo, se trata de la soberbia que, según el cristianismo, es uno de los siete pecados capitales. El Papa León XIV afirmó recientemente que Dios “no está con los malvados, con los prepotentes ni con los soberbios”. La frase, pronunciada en un contexto pastoral, adquirió de inmediato una dimensión política en medio de una polémica con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
El 8 de abril, el pontífice —primer Papa nacido en Estados Unidos— calificó como “verdaderamente inaceptable” la amenaza de “acabar con toda la civilización” de Irán. La crítica provocó la reacción del mandatario, quien no solo desestimó la postura del Papa, sino que la interpretó como un signo de debilidad.
El intercambio mediático escaló cuando, días después, Trump difundió en redes sociales una imagen generada por inteligencia artificial en la que aparecía representado con rasgos semejantes a los de Jesucristo.
No es la primera vez que Trump se confronta con una autoridad eclesiástica. Al iniciar su segundo mandato, el 22 de enero de 2025, la obispa Mariann E. Budde –primera mujer al frente de la Diócesis Episcopal de Washington– pidió, desde el púlpito de la Catedral de San Pedro y San Pablo, misericordia para los migrantes y para quienes se sentían amenazados por las acciones presidenciales anunciadas.
Trump, de acuerdo a la crónica del NYT, no se inmutó. Cuando terminó el sermón, intercambió una mirada con el vicepresidente JD Vance, un católico conservador, quien movió la cabeza en aparente señal de desaprobación. Al día siguiente, replicó en su plataforma de redes sociales Truth Social, exigiendo una disculpa de la “supuesta obispa” y “odiadora de Trump de la izquierda radical de línea dura”.
Katie Rogers, corresponsal del The New York Times en la Casa Blanca, destacó que la semana pasada, en un lapso de 12 horas, el presidente Trump prometió que la guerra con Irán terminaría pronto; se peleó con el Papa en redes sociales; amenazó con despedir al presidente de la Reserva Federal y publicó una ilustración de sí mismo recibiendo un abrazo de Jesucristo.
El patrón –explicó la periodista– es conocido: bajo presión, abre un ciclo de noticias favorable. Cuando la atención se concentra en un punto incómodo, lanza otra controversia y desplaza el foco. Suele funcionar: ¿recuerdan cuando amenazó con eliminar toda la civilización iraní?.
La diferencia ahora –advirtió Rogers– es que ya no puede valerse de sus publicaciones para salir de una guerra que inició sin permiso del Congreso ni el apoyo de los votantes.
Un personaje paradigmático de la soberbia es Napoleón Bonaparte, quien el 2 de diciembre de 1804, en la Catedral de Notre Dame, se coronó a sí mismo emperador en presencia del Papa Pío VII, gesto que quedó plasmado en la famosa pintura “La Consagración de Napoleón” de Jacques–Louis David.
Se afirma que Napoleón fue uno de los mayores admiradores de Nicolás Maquiavelo; prueba de ello son las anotaciones que dejó al leer los libros del florentino. En “El Príncipe” (1532), considerado el primer texto moderno de ciencia política, Maquiavelo no aborda la soberbia en términos morales o religiosos, pero señaló que el gobernante debe “evitar todo aquello que pueda hacerlo odioso y despreciable”, y advirtió sobre el riesgo de rodearse de aduladores.
Por ello, un príncipe prudente debe elegir consejeros sabios, y concederles la libertad para decir la verdad, aunque solo sobre lo que se les consulte. Aun así, debe interrogarlos en todos los asuntos, escuchar sus opiniones y, finalmente, decidir por sí mismo.
Pese a sus lecturas maquiavélicas, la confianza desmedida de Bonaparte en su propia infalibilidad terminó por precipitar su caída. El ejemplo más claro fue la invasión a Rusia en 1812, error que, más de un siglo después, repitió Adolfo Hitler, otro déspota arrogante que, pese al consejo de sus asesores militares, se embarcó en la operación Barbarroja que desembocó en 1943 en la derrota de Stalingrado, preludio del fin del Tercer Reich.
