Estamos a una semana de que se cumplan dos meses de haber iniciado los ataques de Israel y Estados Unidos contra Irán, el conflicto ha derivado en distintos escenarios pocas veces antes visto. El primero, un intercambio de misiles y bombardeos sin precedentes entre las tres partes involucradas, una más, el estrangulamiento del suministro energético global que ha derivado en una crisis energética que puede provocar una recesión mundial. Por último, el escenario financiero en donde los mercados han dejado grandes ganancias y pérdidas a la voz de Donald Trump, quien impulsa la especulación de los índices bursátiles con cada mensaje o declaración que emite.
El elemento argumentativo desde Washington para atacar Irán fue la “pretensión” de que Teherán “pudiera” obtener la bomba nuclear, cuestión que al igual que las “armas de destrucción masiva” de Irak, no ha podido ser comprobado, pues han pasado más de dos décadas y media que bajo supervisión del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y diversos comités de expertos de Estados Unidos y Europa, no han logrado constatar que el programa nuclear iraní tenga objetivos militares.
Pero tanto para Trump como para Israel, las décadas de supervisión invertidas en el programa nuclear iraní como el derecho internacional es lo que menos les preocupa. El objetivo es desaparecer el riesgo que pueda truncar el plan sionista de colonialismo “moderno” si así, podemos llamarle, para controlar y occidentalizar Oriente Medio, región que, como mencionamos en la entrega anterior, está asentada sobre los yacimientos de gas y petróleo más grandes del mundo, controlar dichos recursos, garantizan la transición hacia un mundo hiperconectado e industrializado digitalmente que requerirá de grandes volúmenes de electricidad para operar.
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Esta guerra va más allá del “riesgo” que pudiera representar Irán, detrás está la firme convicción de contener el ascenso de China a como dé lugar. En este espacio hemos abordado sobre el impacto que el desarrollo económico de China a generado en la globalización mundial, la estrategia se revirtió contra quienes idearon la apertura global de los mercados y en poco más de 25 años, el gigante asiático superó el desarrollo y crecimiento económico de Estados Unidos, tomó el liderazgo del desarrollo tecnológico, manufacturero y energético y barrió en una década con las grandes automotrices europeas y norteamericanas modificando completamente esa industria dominada en el pasado por las empresas occidentales. Hoy, las grandes corporaciones chinas lideran y dominan la transición a la electromovilidad en todos los sentidos.
Por ahora, el liderazgo financiero continúa en manos de Estados Unidos y está echando mano de ello para controlar los precios del petróleo mientras que las grandes firmas financieras y gestoras de fondos norteamericanas se benefician de la volatilidad y especulación bursátil que hoy priva en los mercados internacionales, ello les a generado en el último mes grandes ganancias con la especulación de los precio del petróleo, de los bonos del tesoro y la debilidad del dólar que hace que las mercancías norteamericanas sean más baratas frente a los suministros asiáticos. El asunto es que ningún país en el planeta tiene la capacidad de proveer a las cadenas de suministros a la velocidad con la que lo hacen las fábricas chinas.
El foco de Estados Unidos no sólo está China, sino en todo el bloque de los BRIC's que ya es una clara amenaza para el crecimiento económico estadounidense. La guerra en Irán cambiará radicalmente el contexto global una vez que finalice la contienda, el asunto es que no existen elementos para que el conflicto termine en el corto plazo y antes de eso, todo parece apuntar a que estamos viendo el inicio de una conflagración más grande y prolongada pues permitir que Trump y Netanyahu se impongan en Oriente Medio, sería aceptar que potencias como China y Rusia se sometan a los designios occidentales y eso, difícilmente ocurrirá bajo el escenario actual.
El doble racero y discresionalidad con la que Israel y Estados Unidos aplican su “derecho” a los ataques preventivos, radica en justificar el potencial nuclear sionista en Oriente Medio, mientras que se condena el derecho a la defensa de las naciones musulmanas no alineadas a occidente. Que quede claro, esta guerra no la inició Irán, por más que se le señale como un peligro para occidente, lo que ocurra en el futuro no sólo será responsabilidad de Trump y Netanyahu, sino del resto de las naciones que hasta ahora han callado para condenar los ataques al pueblo persa.
Hoy, el estrecho de Ormuz es la principal arma de Irán para presionar no sólo a Estados Unidos, sino a toda la comunidad mundial ante el peligro de desembocar en una gran crisis mundial. Trump lo sabe, por ello intensifica sus “métodos” de negociación que siguen fracasando; de continuar en esa línea, nos acercamos más que nunca a una conflagración global de la que nadie saldrá bien librado.
