TECNOFEUDALISMO

El Leviatán Domesticado: réquiem por el Espejismo Liberal

El neoconstitucionalismo y la teoría de los derechos humanos operan como una “anestesia moral” que mantiene la ilusión de justicia, mientras el poder efectivo se mueve fuera de las constituciones. | Rubén Islas

Escrito en OPINIÓN el

Vivimos bajo el yugo de una mentira monumental, una farsa académica e institucional que se repite a diario hasta la náusea. El dogma liberal contemporáneo nos escupe, como un mantra caduco, que el gran enemigo de la libertad es el Estado y que la máxima aspiración del individuo es protegerse de él. Sin embargo, mientras los intelectuales, los sofistas, los académicos, los políticos y la élite celebran los supuestos triunfos teóricos de la democracia liberal, la realidad material nos ha arrojado a las fauces de un nuevo medievo. Despertemos del letargo: el Estado moderno ya no es el monstruo opresor de nuestras pesadillas históricas; es una bestia castrada, un Leviatán al que el mercado le ha arrancado los colmillos y lo ha entrenado para ser el perro faldero y guardián de los grandes capitales, abandonando a la ciudadanía a su suerte en una selva de depredadores corporativos.

La anestesia moral del neoconstitucionalismo

El neoconstitucionalismo actual y la pomposa teoría de los derechos humanos no son más que una sofisticada anestesia moral. Mantienen a legiones de abogados y jueces entretenidos en un onanismo intelectual, debatiendo sobre la "división de poderes", los "frenos y contrapesos" y la "ponderación de derechos" en tribunales estériles. Nos hacen creer que habitamos un sistema justo, racional y garantista: un espejismo banal, el nuevo opio del pueblo.

¿De qué demonios sirve esgrimir los derechos humanos como "cartas de triunfo" frente a poderes fácticos que operan por encima, por debajo y al margen de cualquier Constitución? Toda esa arquitectura jurídica fue diseñada para limitar a los gobiernos absolutistas del pasado, pero es patética e inútilmente ingenua frente a la oligarquía financiera y tecnológica del siglo XXI. Nuestras leyes escritas asumen, en un alarde de ceguera voluntaria, que el Estado sigue siendo el árbitro final. Ignoran deliberadamente que el verdadero poder metaconstitucional (aquel que dicta si comes, si trabajas, qué piensas y cuánta libertad tienes) reside hoy en los oscuros consejos de administración globales y en los inescrutables algoritmos de Silicon Valley. Los tribunales son el teatro; las corporaciones son los dueños de la obra.

La mutación del Leviatán: Del libre mercado al Tecnofeudalismo

Esta tragedia no es un accidente de la historia; es el resultado de un rediseño institucional perverso y calculadísimo. Transitamos de un liberalismo clásico (donde pensadores como Adam Smith advertían con terror sobre el peligro de los monopolios y exigían un Estado fuerte para someter a las empresas mercantes como las de oriente u occidente) a la trampa del neoliberalismo impulsado por Friedrich Hayek y sus acólitos. Convencieron al mundo de que la soberanía popular y la política eran una amenaza para la economía. Para "salvar" al mercado, enjaularon al Estado. Le amputaron su capacidad de decisión, le robaron su rectoría económica y lo subordinaron a los caprichos de la especulación internacional.

El resultado de esta cobarde abdicación política es el infierno que Yanis Varoufakis diagnostica con precisión quirúrgica: el tecnofeudalismo. El capitalismo de libre competencia ha muerto, asesinado por su propio éxito tecnológico. Hoy somos vasallos que habitan "feudos en la nube", propiedad de un puñado de corporaciones que ya no producen bienes, sino que extraen rentas obscenas sobre cada latido de la interacción humana.

Y lo más trágico, como advierte Byung-Chul Han, es que el sistema logró que nos pusiéramos las cadenas con una sonrisa estúpida en el rostro. En esta aberrante sociedad del cansancio y la transparencia, la dominación ya no necesita látigos ni prisiones. Opera mediante la seducción tecnológica y la positividad tóxica, convirtiéndonos en siervos digitales, narcisistas deprimidos que se autoexplotan voluntariamente hasta el infarto, creyendo absurdamente que son libres.

El pelotón de fusilamiento virtual

Frente a esta tiranía invisible, seguir recitando el miedo a un Estado totalitario es de una imbecilidad supina. El Leviatán institucional ya no empuña el arma; el pelotón de fusilamiento ha cambiado de dueños, se ha privatizado y se ha vuelto virtual.

Las corporaciones ejercen hoy un monopolio de la violencia y la coacción infinitamente más eficiente, ubicuo y destructivo que el de cualquier dictadura del siglo XX. Es un poder totalitario, un nazismo algorítmico, que ejecuta sentencias sin tribunales, sin presunción de inocencia y sin derecho a la defensa. A través de la cancelación algorítmica, el bloqueo asfixiante de cuentas financieras o la expulsión de la plaza pública digital, los nuevos amos corporativos aplican la muerte civil instantánea. Frente a este sicariato financiero y algorítmico, el individuo atomizado (despojado violentamente de su condición de ciudadano y rebajado a la miseria de ser un simple "usuario" o "consumidor") está completamente desnudo y a merced del verdugo.

La rebelión de la Polis: Hacia la resurrección del Estado

La terca realidad ha hecho pedazos al liberalismo y ha sepultado su discurso falaz en el basurero de la historia. Es un suicidio colectivo seguir defendiendo una teoría que debilita y fragmenta al Estado para "proteger" a un individuo que, al quedar aislado, es devorado vivo por la voracidad del mercado anárquico.

La única salida real frente a este feudalismo corporativo requiere una brutalidad teórica y práctica: hay que hacer renacer al Leviatán. Pero no como un ente burocrático y sumiso, sino como la espada implacable y protectora de la sociedad. Debemos aniquilar de una vez por todas el miedo infundado al poder político y reivindicar al Estado regresando a la pureza de Platón y Aristóteles. Es la hora de rescatar la grandeza de la Polis (lo público, lo político, la libertad verdadera) y someter al Oikos (la economía, la corporación, la avaricia).

La política debe volver a imponerse por la fuerza sobre la economía. Tenemos que arrancar las decisiones vitales de la oscuridad antidemocrática de las juntas corporativas y arrastrarlas de vuelta a la luz implacable de la plaza pública. Solo a través de un Estado inmensamente fuerte, unificado y empuñado por ciudadanos verdaderamente activos —dueños reales de su destino y no simples espectadores— podremos decapitar a esta nueva oligarquía. Porque en esta era oscura de amos corporativos intocables, lo único que nos puede garantizar la libertad, la supervivencia y la dignidad es, paradójica e irremediablemente, el poder absoluto del Estado.

 

Rubén Islas

@RubenIslas3