Si la comunicación presidencial fuera un vuelo, sin duda estaría pasando por turbulencia. Es así por varias razones. Primero, porque la presidenta está encontrando tensiones con parte de su base como consecuencia de asumir posturas que contravienen parte de las políticas emblema de la 4T. El tema del fracking es un buen ejemplo. Satanizado por AMLO, el tema generó condenas unánimes de voceros oficiales y oficiosos que hoy tienen que hacer maromas para aplaudir lo que antes rechazaban.
Algunos, por ejemplo, han dicho que no lo apoyaban pero solo porque no lo había propuesto Morena y en ese partido sí confían; otros han comprado la idea de que se va a contaminar…pero poquito, o que en realidad es un tema de soberanía nacional. No obstante, no todos se comen los sapos con la misma facilidad. En un cartón publicado hace unos días, el monero Hernández mostraba un cuatro y una T que se están borrando por el tema del fracking, bajo un título que dice “desdibujando”.
En el mismo sentido, la presidenta que había hecho suyo al principio el pleito con España, ahora no solo ha dado señales distintas sino que se encuentra camino a un foro en Barcelona en donde se encontrará con el mismísimo gobierno español. Y así puede verse en otros frentes que rompen con la narrativa fundada por López Obrador.
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Si bien las tensiones suelen no encaminarse directamente hacia la presidenta, lo cierto es que ahí están y se manifiestan también en las disputas entre los propios miembros de su coalición. Como botón de muestra están los ataques homofóbicos de Enrique Galván Ochoa a Jenaro Villamil.
Una segunda fuente de turbulencia pasa por el absurdo empeño de su gobierno por desaparecer a los desaparecidos. El cambio en los criterios de integración del registro de personas desaparecidas, así como el pleito con un comité especializado de la ONU, abrieron un frente que no termina por cerrarse. Al igual que Trump, que se equivocó al pelearse con el Papa León XIV, el gobierno de Sheinbaum tropieza al hacer cualquier acción que parezca que busca minimizar el problema, pues si hay un grupo con legitimidad social para cuestionar, son las y los colectivos de búsqueda.
En tercer lugar, su gobierno no logra contener el desfile de casos de escándalo, en especial de la pasada administración. Tan solo en la última semana, espacios como Mexicanos contra la corrupción y Latinus han documentado abusos, desde chats para repartir sobornos en contratos millonarios de Pemex, hasta manejos sospechosos -por decir lo menos- sobre el patrimonio de Morena, pasando por el escándalo del hijo del entonces canciller, Marcelo Ebrard, que vivió en la embajada mexicana en Londres durante seis meses de la pandemia. Una estampa de abuso de poder y privilegios que el ahora secretario busca minimizar, pero que exhibe una visión patrimonialista de los recursos públicos.
Es claro que nada de esto implica que la aprobación de la presidenta se esté desplomando. Los últimos números públicos la mantienen con altos niveles, incluso en contraste con otros cuadros como la Jefa de Gobierno, Clara Brugada, que estaría viendo una baja en su aprobación. El error sería pensar que todo esto aquí descrito es inocuo y no tiene ninguna consecuencia.
Los conflictos y tensiones internos en la coalición gobernante, la mala selección de adversarios, y los problemas de corrupción -sumados a la inflación, los problemas del pobre crecimiento económico y los daños ambientales por accidentes de Pemex- terminarán por pasarle factura. Lo peor que podrían hacer es asumir que solo porque un número dice que la aprobación va bien, pueden desentenderse de todo lo demás. Ya veremos si hay alguien tomando nota de todo esto.
