#ENLAMIRA

La imagen desde el aire

Mi exploración aérea ha resultado en una colección de imágenes que integran la exposición que presentaré el próximo 9 de junio en el Museo Archivo de la Fotografía, en la Ciudad de México. | Ulises Castellanos

Créditos: Ulises Castellanos
Escrito en OPINIÓN el

En 2021, abrí por primera vez la caja de un dron. Recuerdo aquella sensación de vértigo y curiosidad: un artefacto liviano, casi frágil, capaz de elevar una cámara hasta el cielo. No sabía entonces que comenzaba un viaje que transformaría mi manera de mirar, de narrar y de entender el territorio. Cinco años después, con más de 52 horas de vuelo registradas, 365 misiones completadas y 285 kilómetros recorridos en el aire, puedo decir que ese horizonte cambió mi oficio como fotógrafo documental y periodista visual.  

El dron no es solo una herramienta tecnológica: es un nuevo punto de vista. Desde el aire, las fronteras se disuelven y las escalas se reordenan. Las ciudades revelan su geometría secreta, los barrios su respiración diaria, los ríos y avenidas su trazo íntimo. Descubrí que volar una cámara no solo amplía el campo visual: abre una dimensión narrativa. Elevar la lente es también elevar la conciencia sobre el territorio que habitamos.  

Mis vuelos sobre la Ciudad de México me permitieron comprender su densidad y su ritmo desde otra perspectiva. Desde el aire, la capital ya no es solo un conjunto de calles y edificaciones, sino un organismo vivo que late entre el concreto y la memoria. He sobrevolado avenidas, parques y azoteas, la mancha urbana extendiéndose hacia el horizonte como una gran maraña de historias interconectadas. En otros puntos de México y del mundo —Acapulco, Tampico, Reynosa, Ciudad Juárez, Cuernavaca, Monterrey, San Miguel de Allende, Lima y Madrid— redescubrí la diversidad visual de los territorios. Cada vuelo ofreció un pulso distinto: el brillo del Pacífico contra la devastación urbana en Acapulco; los reflejos industriales y portuarios de Tampico; el laberinto fronterizo de Reynosa; la aridez dorada de Juárez; la vegetación exuberante de Cuernavaca; los contrastes de acero y montaña en Monterrey; la geometría colonial y la luz cálida de San Miguel; la neblina suspendida sobre Lima; y la monumental armonía urbana de Madrid. Cada ciudad tiene su propio ritmo aéreo, una manera particular de narrarse desde el cielo.  

Fotos: Ulises Castellanos

Al principio, todo era aprendizaje técnico: calibrar hélices, cuidar la batería, entender el viento, obtener permisos. Pero pronto comprendí que volar un dron no se trata de pilotar un aparato, sino de pilotar una mirada. Cada misión implica una mezcla de precisión, intuición y respeto. El dron obliga a planear, a leer la luz, a sentir el pulso de la atmósfera. En ese sentido, es una extensión del ojo y del cuerpo del fotógrafo, una prótesis aérea de la curiosidad.  

Mi exploración aérea ha resultado en una colección de imágenes que integran la exposición que presentaré el próximo 9 de junio en el Museo Archivo de la Fotografía, en la Ciudad de México, apenas dos días antes del inicio del Mundial 2026. Esta muestra resume cinco años de búsqueda: una crónica visual desde el cielo sobre los paisajes, las heridas y los contrastes del país y de las urbes que lo rodean. No se trata de postales, sino de miradas que intentan explicar la realidad desde otra altura.  

El dron permite mirar sin intervenir, registrar sin alterar lo que ocurre. Pero también invita a reflexionar sobre el poder y la ética de esa distancia. ¿Qué significa observar desde arriba? ¿Cuánto de nuestra realidad social, política y ambiental se entiende mejor cuando la vemos en conjunto, suspendida entre la escala humana y la inmensidad del territorio?  

Cada vuelo me ha dejado claro que la imagen aérea no reemplaza la mirada de tierra, sino que la complementa. Es el otro ángulo de la historia, el que ayuda a entender contextos, conexiones y consecuencias. Desde el aire, uno comprende que todo está ligado: las casas, los árboles, las avenidas, los bordes, las sombras. El dron, más que un aparato, es un instrumento de reflexión visual sobre el lugar que ocupamos.  

Volver la mirada al cielo no es un gesto escapista. Es, en realidad, una forma de regresar a la tierra con una visión más completa. Y en ese vuelo —que combina tecnología, arte y periodismo— encuentro la posibilidad de una nueva narrativa visual. Una que nos recuerda que mirar desde arriba no es alejarse, sino comprender mejor la profundidad de lo que tenemos enfrente.  

Ulises Castellanos

@MxUlysses