Se le conoce como “El Batman” de la política mexicana. En las consultas de Morena rumbo a las elecciones de 2024, ganó la encuesta para gobernar la CDMX, pero por una decisión política se registró al Senado de la República. Finalmente, la presidenta Claudia Sheinbaum lo nombró secretario de Seguridad y Protección Ciudadana.
Desde que asumió esta responsabilidad, Omar García Harfuch ha mantenido un perfil muy activo, pero discreto. Habla poco. Su lenguaje es sintético y directo. Se presenta ante los medios sólo cuando es verdaderamente indispensable. Evade el falso protagonismo. Se concentra más en los datos duros y privilegia la información de los resultados.
La estrategia y su estilo personal de ejercer el liderazgo público funcionan. La gente lo reconoce más que a la mayoría de las y los integrantes del gabinete legal. Y, con base en lo que dicen las encuestas publicadas, sus niveles de aprobación están muy altos, no obstante la percepción de inseguridad preocupante prevalece en la población.
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El funcionario tiene también un rol destacado en la relación diplomática con el gobierno del presidente Donald Trump, por lo que varios medios nacionales e internacionales le están dando un seguimiento particular. Algunos, incluso, lo identifican como el mejor sucesor de la presidenta Sheinbaum. Sin embargo, ni se adelanta ni se promueve abiertamente.
La decisión que ha tomado para promover su imagen es conocida como “liderazgo por resultados”. El modelo está muy lejos del que construyó el expresidente Andrés Manuel López Obrador, quien optó por un “liderazgo carismático” y “populista”, de abierta rebeldía y confrontación “pacifista” al régimen, sobre el que sustentó toda su narrativa.
En el marco de las críticas, denuncias y escándalos que ha habido contra varios liderazgos partidistas y oficiales de la llamada 4T, la estrategia del secretario de Seguridad podría ser exitosa, pero tiene un gran número de puntos en contra. Los más importantes son que falta mucho tiempo para la elección; que la inseguridad no se resolverá en tres años; y que la estrategia de comunicación del movimiento no ha podido corregir algunos problemas muy delicados que enfrenta desde hace tiempo.
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En el contexto actual, la mejor ruta para construir una candidatura no es por la vía del “dedazo”. Tampoco la que ponga énfasis en la retórica, la confrontación polarizada o la demagogia. Mucho menos, una que se anticipe con burdos niveles de exposición mediática y en redes sociales a los tiempos establecidos por las leyes electorales.
El método de elección por encuesta tendrá buenas probabilidades, pero como sucedió al final del sexenio de Vicente Fox (líder carismático, sin duda), la elección de un candidato para sucederlo no puede estar basado en los mismos atributos que le funcionaron a él para llegar al poder. Algo similar sucedió con Andrés Manuel López Obrador.
La mejor vía para acceder al poder parece transitar más por la vía de los resultados. Hoy por hoy, es lo que espera la gente de acuerdo con la mayoría de estudios de opinión. Por esta razón, el cambio de gobierno no se dará con actitudes y desplantes populistas. En otras palabras, queda muy poco espacio para alentar la división entre la sociedad a partir de un choque discursivo estéril y peligroso con el gobierno.
El principio aplica igual —o quizá más— para quien aspire desde la oposición. La razón es obvia. Debido al proceso de desgaste por el que transita el movimiento de Morena y sus aliados, en el futuro cercano ya no habrá lugar para liderazgos de choque, plagados de promesas irrealizables, con narrativas emocionales y demagógicas que a primera vista parecen convincentes, pero que en realidad ya están perdiendo su efectividad.
Recomendación editorial: Archie Brown. El mito del líder fuerte. Madrid, España: Editorial Círculo de Tiza, 2018.
