Estamos a poco menos de dos meses para que el próximo 11 de junio arranque el Mundial 2026 en el estadio Banorte de la Ciudad de México, con lo que seremos el primer país en la historia en que, por tercera ocasión, se lleve a cabo uno de los eventos deportivos más importantes del orbe. Sin duda se trata de todo un acontecimiento ya que, por un lado, es una fiesta para las personas aficionadas al fútbol, pero también genera una significativa inversión en infraestructura, así como una derrama económica principalmente para el sector del turismo y la hospitalidad que se calcula en aproximadamente 50 mil millones de pesos ante la llegada de entre cinco y seis millones de visitantes internacionales a las ciudades sede (CDMX, Guadalajara y Monterrey) además del turismo local, y contribuye a la proyección de México a nivel internacional.
Sin embargo, esto implica grandes retos por ejemplo en transporte y movilidad por lo que se trabaja a marchas forzadas para terminar en tiempo las adecuaciones al AICM o de algunas vialidades, al igual que riesgos de protestas, conflictos sociales e incluso actos de boicot, pero sobre todo las autoridades enfrentan un gran desafío en materia de seguridad por la alta afluencia de gente en un contexto de violencia y crimen organizado. Salvaguardar la integridad de turistas nacionales y extranjeros, dirigentes, personal técnico, jugadores, medios de comunicación, instalaciones deportivas etc. no será tarea fácil y demandará la mayor coordinación entre los distintos cuerpos de seguridad, niveles de gobierno e instancias públicas y privadas.
Pero existe un tema del que poco se ha hablado y del que acertadamente Maite Azuela ha llamado la atención, el inminente riesgo de que con la llegada masiva de turistas se dispare la explotación sexual infantil y, por tanto, la necesidad de proteger a nuestras niñas, niños y adolescentes. De acuerdo con la Organización Internacional para las Migraciones, de 600 millones de viajes internacionales al año, alrededor del 20% tienen una motivación sexual, mientras que UNICEF sostiene que el turismo sexual suele tener picos significativos precisamente en eventos deportivos.
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Además, no debemos perder de vista que nuestro país ha sido considerado como uno de los principales destinos de turismo sexual infantil, particularmente en lugares como Acapulco, Cancún o Puerto Vallarta e incluso, se ha dicho que ocupamos el segundo lugar a nivel mundial tan solo después de Tailandia dada la facilidad para conseguir servicios sexuales de menores de edad y el bajo riesgo de que los depredadores sean descubiertos. En este contexto, es obligado preguntar ¿qué medidas están adoptando tanto las autoridades como los prestadores de servicios turísticos?
A unas cuantas semanas no sabemos qué estrategias, programas, protocolos se han establecido para prevenir la utilización de niñas, niños y adolescentes por quienes seguramente aprovecharán la celebración del Mundial para satisfacer sus perversiones sexuales. Desde luego la adopción de códigos de conducta para que, por ejemplo, se deba comprobar el parentesco o vínculo entre personas adultas y menores de edad que pretenden hospedarse en un hotel es un buen paso, pero debe garantizarse su estricta aplicación, al igual que la vigilancia en aeropuertos, terminales de autobuses, corredores turísticos y en plataformas como Airbnb, así como el fortalecimiento de las capacidades de la policía cibernética, por mencionar tan solo algunas medidas que permitan disminuir riesgos y que este Mundial 2026 no se convierta en una fiesta para los pederastas.
