Cecilia Flores, sonorense de 53 años, ha dedicado los últimos más de diez años de su vida a la búsqueda de sus hijos desaparecidos, tal y como sucede con muchas otras mujeres en nuestro país, lo que nos debe llenar de horror y vergüenza. Alejandro Guadalupe, de 21 años y quien poco tiempo antes se había ido a vivir a Sinaloa, fue secuestrado en octubre de 2015 cuando viajaba hacia los Mochis junto con su jefe para una reunión de trabajo y, de acuerdo a lo que ha narrado Ceci Flores, en tres ocasiones pagó rescate para que lo liberaran pero nunca regresó. Unos años después, en mayo de 2019, un comando de hombres armados levantó a otros dos de sus hijos, Marco Antonio de 32 años y Jesús Adrián de 15, mientras iban de regreso a su casa en Bahía de Kino, Sonora, aunque meses después soltaron al más pequeño.
Desde entonces, se convirtió en un referente de las personas buscadoras por su tenacidad y valentía, fundó el grupo de madres buscadoras de Sonora y acompañó a decenas de colectivos y familiares de víctimas por todo el territorio nacional sin más recursos que su férrea determinación, su voz, sus manos y acaso alguna pala que conseguía para escarbar la tierra en cualquier lugar en que pudieran haber sido enterrados restos humanos. También se convirtió en un dolor de cabeza para los grupos criminales cuya crueldad exhibía con su incansable labor, al igual que la incompetencia y complicidad de las autoridades quienes le cerraron las puertas en múltiples ocasiones en que les solicitó apoyo y exigió resultados e incluso, no faltaron los intentos por descalificarla, porque se diera por vencida. A pesar de todos los obstáculos y de las amenazas que constantemente recibe, Ceci, junto con su colectivo, ha participado en la localización de miles de personas desaparecidas, algunas de ellas con vida en cárceles o centros de rehabilitación.
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Tuvieron que pasar casi siete años para que pudiera cumplir con uno de sus principales objetivos, que más bien es su causa de vida, encontrar a sus hijos. El pasado 25 de marzo anunció en redes sociales que después de siete años de búsqueda, finalmente había hallado los restos de su hijo Marco Antonio mientras realizaba trabajos de exploración en el kilómetro 46 de la carretera de Hermosillo, donde se habían reportado fosas clandestinas, pues identificó algunas prendas que vestía el día de su desaparición. Pero al tratarse de huesos dispersos que probablemente esparcieron animales, y no de un cuerpo completo, tenía que esperar los resultados de las pruebas de ADN para poder confirmarlo, lo que ocurrió este martes.
Las publicaciones de Ceci en estos días reflejan un inmenso dolor acompañado de amor y de gratitud que no pueden dejarnos indiferentes. Esto es algo de lo que compartió en uno de sus últimos mensajes: “con el corazón destrozado y desde lo más profundo de mi alma, hoy tengo que dar una noticia que ninguna madre quisiera dar… aunque pasaron los años, nunca estuve preparada para este momento… hijo, nunca dejé de buscarte, nunca perdí la esperanza de encontrarte, de abrazarte otra vez. Cada día sin ti fue un dolor que no se puede expresar con palabras… gracias a cada persona que ayudó, que no me dejó sola en este camino tan difícil. Hoy no es un final, es un reencuentro distinto, lleno de dolor, pero también de amor eterno”.
Por lo que ha pasado Ceci Flores es algo que no debería vivir nadie, nunca. Es mucho lo que le debemos a ella y a cada una de las madres y padres buscadores, verdad, paz, justicia.
