En la esquina del edificio Brown, ubicado en Washington Square y Greene Street –frente al emblemático parque neoyorquino-, un memorial y tres placas recuerdan el incendio de la fábrica Triangle Shirtwaist (Cmisas Triángulo), ocurrido el 25 de marzo de 1911, donde murieron 146 costureras, en su mayoría jóvenes mujeres inmigrantes que laboraban en condiciones precarias.
El memorial, llamado Reframing the Sky (“Volver a enmarcar el cielo”), consiste en una cinta de acero inoxidable, en la que están grabados los nombres de las víctimas, que desciende por la esquina del edificio y obliga a levantar la mirada hacia los pisos superiores, recordando el lugar donde ocurrió la tragedia.
Tras el incendio, The New York Times publicó titulares impactantes. El diario reveló que las salidas de emergencia del edificio estaban cerradas con candados, lo que obligó a muchas obreras a saltar al vacío desde los pisos superiores para escapar del humo y las llamas. Las crónicas describieron escenas de horror: cuerpos tendidos en las aceras mientras los bomberos intentaban, sin éxito, alcanzar con sus mangueras el fuego que salía por las ventanas.
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El siniestro conmocionó a Nueva York. Miles de personas acompañaron el cortejo fúnebre. La presión mediática internacional, impulsada por la cobertura del Times, reveló al mundo el costo humano de la industria de la moda y obligó a las autoridades estadounidenses a establecer normas de seguridad laboral.
El edificio Brown, de hierro y acero, estilo neorrenacentista, fue construido por John Wooley a comienzos del siglo XX y hoy forma parte del campus de la Universidad de Nueva York. En 1991 fue declarado monumento histórico nacional y en 2003 monumento de la ciudad de Nueva York. A las placas históricas que durante más de un siglo han recordado el incendio se sumó el memorial, diseñado por los arquitectos Richard Joon Yoo y Uri Wegman, inaugurado el 11 de octubre de 2023.
En la narrativa del Día Internacional de la Mujer, proclamado por la ONU el 8 de marzo de 1975, el incendio del edificio Brown ocupa un lugar destacado. Sin embargo, más de un siglo después de aquella tragedia, las condiciones laborales de muchas trabajadoras de la industria del vestido y de la moda están lejos de ser justas y seguras.
El sector encierra una profunda paradoja de género. Por un lado, es una industria donde las mujeres tienen una presencia visible y poderosa: muchas son diseñadoras reconocidas, empresarias o directivas de marcas y, además, constituyen el principal mercado consumidor de ropa y tendencias. La moda, en buena medida, se crea, se promueve y se consume en torno a la identidad femenina.
Sin embargo, en el otro extremo de la cadena productiva la realidad es muy distinta. La mayor parte de la mano de obra que confecciona las prendas también está integrada por mujeres, muchas de ellas en condiciones laborales precarias. Costureras, bordadoras y operarias de maquila —en México, Centroamérica o Asia— suelen enfrentar salarios bajos, largas jornadas, empleo informal o subcontratado y escasa protección laboral.
La industria textil y de la confección emplea actualmente a más de 60 millones de personas en el mundo. Entre el 60 y el 80 por ciento de esa fuerza laboral está integrada por mujeres, muchas de ellas jóvenes migrantes que trabajan largas jornadas en fábricas o talleres subcontratados. En países productores como Bangladesh, Vietnam, India o Camboya, organizaciones laborales han denunciado durante años salarios insuficientes, condiciones inseguras y presiones para cumplir con los bajos costos de la llamada “moda rápida”.
En México, la cadena textil-confección también depende en gran medida del trabajo femenino. El sector genera alrededor de 1.2 millones de empleos directos, muchos de ellos en maquiladoras o pequeños talleres. Sin embargo, especialistas señalan que una parte importante de estas trabajadoras labora en condiciones de informalidad, con salarios bajos y sin acceso a seguridad social.
La precariedad laboral en este sector quedó dramáticamente expuesta durante el terremoto que sacudió la Ciudad de México el 19 de septiembre de 1985. Más de mil costureras murieron al derrumbarse edificios donde funcionaban alrededor de 800 talleres de confección, muchos de ellos clandestinos.
Ante la falta de apoyo de las autoridades y la indiferencia de los empresarios, las costureras sobrevivientes pusieron un campamento en Calzada de Tlalpan y resguardaron la maquinaria para exigir el pago de sus liquidaciones y la indemnización de sus compañeras fallecidas.
Así surgió el Sindicato Nacional de Trabajadoras de la Industria de la Costura 19 de Septiembre, encabezado por Concepción Guerrero Flores y Evangelina Corona Cadena. La organización llegó a agrupar a cerca de cinco mil trabajadoras y logró firmar contratos colectivos con 85 fábricas textiles.
Una de las mayores maquiladoras de aquella época en la colonia Obrera era Topeka, ubicada en la calle Manuel José Othón número 160. En ese sitio se levanta hoy una unidad habitacional, cuyo patio alberga el Monumento a la Costurera, obra de la escultora Patricia Mejía, inaugurado en 2003 en memoria de las mujeres que fallecieron en ese lugar.
Con el paso de los años, el sindicato “19 de Septiembre” fue perdiendo fuerza y en 2006 terminó por disolverse ante la falta de agremiados en 2006. Tras más de dos décadas de lucha, varias de sus integrantes fallecieron, otras se jubilaron y algunas más cedieron el liderazgo a nuevas generaciones de costureras.
Evangelina Corona, primera secretaria general del sindicato, posteriormente formó parte de la LV Legislatura del Congreso, tras ganar una diputación federal en 1991 por el Partido de la Revolución Democrática (PRD). Falleció el 2 de enero de 2021.
Algunas costureras intentaron mantener viva la memoria del movimiento mediante la asociación civil Costureras 19Sep A.C., sin imaginar que el sismo del 19 de septiembre de 2017 volvería a golpear a trabajadoras del sector en un edificio ubicado en la esquina de Bolívar y Chimalpopoca, en la colonia Obrera.
Muchas de las condiciones laborales precarias que denunciaron —salarios bajos, trabajo informal y escasa protección— siguen presentes en la industria del vestido. Hoy, además, el sector enfrenta nuevas presiones: la llegada masiva de ropa asiática y la expansión de las plataformas digitales han intensificado la competencia y reducido los márgenes de la producción nacional, con efectos en el empleo y en las condiciones laborales de las costureras.
