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La lenta agonía del castrismo en Cuba

Raúl Modesto Castro ha terminado desempeñando el ingrato papel de ser testigo del derrumbe de la utopía comunista y de la prolongada agonía del castrismo. | Ricardo del Muro

Escrito en OPINIÓN el

En silencio, el anciano Raúl Castro, a punto de cumplir 95 años, apareció con uniforme militar junto al presidente de Cuba, Miguel Díaz – Canel, el 15 de enero, en el Aeropuerto José Martí de La Habana, durante la recepción de los restos de 32 soldados cubanos muertos en Venezuela en la operación militar estadounidense para capturar a Nicolás Maduro. 

Nacido en 1931, Raúl Modesto Castro Ruz es una de las últimas figuras vivas de la Revolución Cubana, junto con Ramiro Valdés y José Ramón Machado. Al heredar el poder en 2008 y sobrevivir a  su hermano Fidel, el viejo comandante intentó renovar el régimen con una gradual apertura económica y un prudente acercamiento a Estados Unidos, pero ha terminado desempeñando el ingrato papel de ser testigo del derrumbe de la utopía comunista y de la prolongada agonía del castrismo

Tras su retiro formal del cargo de primer secretario del Partido Comunista en abril de 2021, cuando Díaz Canel fue elegido para esa posición –el principal centro de poder en la isla–, Raúl Castro ha mantenido una discreta presencia pública. El 26 de julio de 2025 apareció en el acto conmemorativo del aniversario del asalto al cuartel Moncada en Ciego de Ávila y, en diciembre de ese mismo año, asistió a la Asamblea Nacional del Poder Popular en La Habana, donde fue reconocido como “líder de la Revolución”.  

Tal vez –con un poco de suerte y vitalidad, considerando que el récord Guinness de longevidad es de 122 años– a Raúl Castro le  toque ser el último líder de la Revolución cubana y presenciar el desenlace previsible. Mientras tanto, el jefe de la diplomacia estadounidense, Marco Rubio, mantiene conversaciones secretas con su nieto, Raúl Guillermo Rodríguez Castro, según reveló el portal Axios, al tiempo que Washington intensifica la presión económica contra el régimen cubano tras imponer el bloqueo petrolero.  

El objetivo del presidente estadounidense, Donald Trump, es asfixiar económicamente al sistema cubano para forzar “cambios políticos profundos” que conduzcan a una democracia “libre y próspera” o, en su defecto, provocar su colapso.  

Un reciente editorial de El País describió a Cuba paralizada por la escasez de combustible: largas filas para obtener unos pocos litros de gasolina, transporte público reducido a casi nada, apagones que superan las 12 horas diarias y la falta de productos básicos que atraviesa cada aspecto de la vida cotidiana. El desastre, tal como lo expresan muchos cubanos, se siente apocalíptico.  

De hecho, se trata de una prolongada agonía del régimen castrista que comenzó con la caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, y se profundizó poco después con el colapso de la Unión Soviética, lo que dejó a Cuba en “la más intensa oscuridad”, como ha narrado el escritor Leonardo Padura. 

En su novela Como polvo al viento (2020), recuerda el año de 1990 cuando La Habana quedó en tinieblas y Cuba sin aliados políticos, pero sobre todo, sin alimentos, petróleo, transporte, electricidad, medicinas, papel y hasta cigarros y ron, y se decretaba la llegada de un nuevo momento histórico que con amable eufemismo fue bautizado como Período Especial en Tiempos de Paz. 

La gran Crisis de la década de 1990 –que Mario Conde, personaje emblemático de Padura, insiste en calificar con una mayúscula para distinguirla de otras crisis nacionales– marcó un punto de inflexión: una pendiente vertiginosa por la se deslizarían hacia la ruina y la desesperación todo el país y sus habitantes.  

En algún momento –como relata en su libro Ir la Habana (2024)– en los discursos oficiales se comenzó a hablar incluso de una forma extrema de resistencia nacional llamada “Opción Cero”: cero energía, cero alimentos. El plan contemplaba  obligar a la población a abandonar sus casas, vaciar las ciudades, comenzando por La Habana, para irnos todos a vivir en zonas rurales planificadas y socialistamente destinadas a cada municipio capitalino, en una especie de retroceso a una comunidad primitiva de agricultores y recolectores. 

La Opción Cero nunca llegó a aplicarse, pero de haberse puesto en marcha, el encargado de coordinar la logística habría sido el comandante Raúl Castro, convertido desde 1959 en el inamovible jefe de las Fuerzas Armadas.  

Años después, al heredar la presidencia de Cuba, el 24 de febrero de 2008, tras la renuncia de su hermano Fidel por razones de salud, Raúl intentó evitar el colapso del régimen mediante reformas graduales y cuidadosamente administradas. 

La clausura del VI Congreso del Partido Comunista Cubano, el 19 de abril de 2011, no pudo ser más simbólica, destacó el diario El País: Los delegados, de pie, cantaron La Internacional, mientras Fidel Castro, muy frágil y vestido con pants deportivos, levantó el brazo de su hermano, recién elegido Primer Secretario del Partido, anunciando la llamada “actualización del modelo” gubernamental.  

Una reforma que incluyó una ligera apertura económica, mayor espacio para la iniciativa privada, impulso a la inversión extranjera, más libertades  para viajar al exterior y un prudente acercamiento a Estados Unidos. 

En diciembre de 2014, Raúl Castro y el presidente Barak Obama anunciaron el restablecimiento de relaciones diplomáticas; en julio de 2015 se reabrieron las embajadas en La Habana y en Washington, y se ampliaron los viajes turísticos y las remesas de dólares.  

La histórica visita de Obama a Cuba, del 20 al 22 de marzo de 2016, marcó un hito: fue  el primer presidente estadounidense en funciones en pisar la isla en casi nueve décadas. Cinco días después, el concierto masivo de los Rolling Stones –Havana Moon– , reforzó la imagen de un deshielo diplomático y cultural.  

Ese mismo año, Fidel Castro, líder de la Revolución Cubana, reapareció el 19 de abril en la clausura del VII Congreso del Partido Comunista, celebrado pocos meses antes de la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. Fue también la última aparición de la gerontocracia partidista, un núcleo donde persistían reservas frente a las reformas y al acercamiento a Washington. En un breve discurso, Fidel reafirmó los postulados comunistas y, a sus casi 90 años, habló incluso de su propia muerte: “A todos nos llegará nuestro turno, pero quedarán las ideas de los comunistas cubanos”. Fue su última aparición pública, breve y simbólica, meses antes de fallecer el 25 de noviembre de 2016.

 

Ricardo del Muro

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