Las voces literarias irrumpen en las conciencias y señalan aspectos sobre los que nadie desea compartir sus opiniones debido a lo escabroso de algún tema o la polémica por abrirse una vez que se coloca en el centro de las discusiones. La heterogeneidad de la creatividad permite a dichos ecos literarios tener múltiples representaciones, derivadas de las experiencias propias de quien escribe y el objetivo mismo de su proceso escritural. En ese sentido, múltiples escritoras han traído a un primer plano, temáticas asociadas comúnmente a lo privado, y por tanto, carecían de atención.
En medio de algunas polémicas sobre la consideración de las obras literarias de algunas escritoras en ciertas colecciones, en los últimos dos años han aparecido en el panorama literario mexicano algunas antologías de escritoras con un amplio trabajo en las últimas décadas del siglo XX y las primeras de la centuria actual, que, a propósito de este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, es válido conocer y compartir.
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Con una decena de libros de cuentos publicados, varios premios literarios, colaboraciones periodísticas y una labor académica sólida, Beatriz Espejo es una de las cuentistas mexicanas más relevantes de las últimas décadas debido a su prolífica producción narrativa en la que aparecen múltiples temáticas como el amor malogrado, la muerte, la incertidumbre, el peso de la tradición, la convivencia familiar, el humor, y, de cierta manera, la transgresión a las normas a partir de detalles mínimos, pero muy significativos.
Bajo el título “Cuentos reunidos”, publicado por el Fondo de Cultura Económica (2024) se reúne una selección de cuentos de sus libros “Muros de azogue”, “El cantar del pecador”, “Alta costura”, “Marylin en la cama y otros cuentos”, “Todo lo hacemos en familia” y cinco cuentos inéditos, además del texto inicial “¿Quién tuvo la culpa?”.
En este último, comparte el por qué de su necesidad de escribir desde la adolescencia, la razón de la selección de algunos temas o la emanación natural de los mismos, las formas en que trazó personajes a partir de personas cercanas a ella, sus técnicas como escritora, el por qué de sus viajes a la década de los 20, 30 y los 40, sus problemas para la elaboración de personajes masculinos y los repentinos giros del destino de sus personajes
Por décadas, la contraportada del periódico La Jornada dio espacio a la expresión literaria, en particular, a retratos de letras sobre diversas situaciones de la cotidianeidad, que podrían acontecer en cualquier ciudad, sobre todo, por la profundidad de las acciones y las emociones plasmadas en cada uno de ellos, apostando a historias con un carácter ampliamente humano, con giros repentinos, sucesos en apariencia tan cotidianos que su complejidad deriva de esa aparente simpleza, y cuyo final, más que un producto de la costumbre es un espejo de las sorpresas constantes de la realidad.
Lo anterior fue logrado por Cristina Pacheco en “Mar de historias”, nombre otorgado en el rotativo a su espacio por más de 30 años, y que ahora es el mote de una antología publicada por Tusquets (2024) con alrededor de 200 cuentos publicados entre 2014 y 2023 en su conocida sección, en los que se abordan diferentes temas como las relaciones amorosas cuando uno de los integrantes es migrante en Estados Unidos, la crónica de la eutanasia a una mascota, los amores de oficina, las noches de insomnio, las anécdotas de matrimonio, la soledad, la nostalgia, el pasado, el futuro, la pandemia de covid19, entre muchos otros temas.
De acuerdo con Laura Emilia Pacheco, quien prologa la edición,dice que la escritora tenía la firme convicción de que no hay persona sin historia, por lo que, el deber de quien escribe es guardar silencio, atender a las pláticas, abrir los ojos y observar. Reflejo de esto es la minuciosidad con la que relata la anécdota de Catalina, quien trabaja en un hospital en el turno nocturno, con la finalidad de poder llevarse un huevo a casa a la mañana siguiente para poder cocinarlo con frijoles y tortillas para toda su familia.
O la de Lucita y su hija Loli, a quien amarraba de la pata de una mesa de su negocio de comida por que era muy traviesa, y la narradora de la historia comparte cómo las conoció, compartió tiempo con ellas, y después se reencontró con Loli, años después, observando como ella replica las mismas conductas de su madre, hace frente al mundo sola y extraña a su progenitora.
Alguna otra comparte el por qué una mujer repentinamente desempleada se convierte en cuidadora de adultos mayores y descubre su pasión de lectora en voz alta de textos literarios o la de Roberto, un loro muy querido por sus dueños, pero cuyo desenlace de vida no fue el esperado, o las de un par de mujeres que piensan el terrible drama de la separación de los niños de sus familias para ser deportados a su país de origen.
Ambas antologías reúnen las obras de escritoras mexicanas con un amplio impacto en diferentes sectores y posibilidades de ser la voz de muchas otras voces acalladas, pero escuchadas, y en un acto de resiliencia y sororidad, compartidas a través de hilos de palabras, como en un acto de resistencia literaria y política.
