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El héroe olvidado del 2 de abril

El 2 de abril de 1867, Porfirio Díaz tomó Puebla en una acción decisiva que aceleró la caída del Segundo Imperio, aunque la fecha fue celebrada durante el Porfiriato, la narrativa posrevolucionaria relegó su memoria. | Ricardo del Muro

Escrito en OPINIÓN el

“A las tres menos quince minutos de la mañana del 2 de abril”, escribió el general Porfirio Díaz, “rompí el fuego en brecha sobre las trincheras del Carmen”. Ante la escasez de municiones, el jefe del Ejército de Oriente ordenó cargas sucesivas de infantería que, pese a las fuertes pérdidas, lograron irrumpir en Puebla en una acción fulminante.  

La noticia fue transmitida de inmediato por telégrafo a las autoridades republicanas. “Son las seis de la mañana –informó–, hora en que he tomado esta plaza por asalto”. 

Fue una batalla decisiva que en 1867 aceleró la caída del Segundo Imperio y consolidó el triunfo de la República. En medio del entusiasmo, el general Díaz –como escribió su tataranieto y biógrafo Carlos Tello Díaz– otorgó el indulto a decenas de prisioneros recluidos en el Palacio Episcopal, quienes enfrentaban la pena de muerte conforme a las leyes vigentes.   

En el primer tomo de Porfirio Díaz: Su vida y su tiempo (2015), Tello describió la escena vivida en ese recinto, donde por un momento se expresó la reconciliación que años después alcanzaría el país. “El entusiasmo rayó en delirio y, entre tantos abrazos, vivas y lágrimas de que era objeto, el general Díaz no pudo contener las suyas”, recordó un testigo.  “Lloró de emoción y contento”.  

En los tiempos por venir –apuntó el historiador–, distintos testimonios darían cuenta, con simpatía o con desprecio, del llanto de Porfirio Díaz. “Este es acaso el primero. Díaz era una persona que ejercía un control tan estricto sobre sí mismo, sobre sus emociones, que necesitaba el desahogo de las lágrimas. Había vivido cinco años de sufrimientos y esperanzas en la guerra contra la Intervención y el Imperio”. 

Luego de rubricar la circular que concedía la libertad a los prisioneros, Díaz firmó un poder (“con la misma pluma y sobre la misma mesa”) para su matrimonio con Delfina. La gracia que acababa de conceder estaba relacionada, no hay duda, con los sentimientos que inspiraba este poder.  

Había terminado la campaña en Puebla. Antes de salir en persecución de Leonardo Márquez, Díaz redactó una proclama a sus compañeros de armas: “Habéis escrito otra fecha memorable en la ciudad donde Zaragoza eternizó su nombre el 5 de mayo”. Y sentenció: “El 2 de abril de 1867 se registrará desde hoy en el calendario de las glorias nacionales”.  

La conmemoración se mantuvo durante el régimen porfirista; sin embargo, tras la Revolución fue eliminada del calendario cívico. En abril, el almanaque oficial vigente concentra diversas efemérides: la creación de la Fuerza Aérea (1 de abril), el Día Mundial de la Salud (7 de abril), el aniversario luctuoso de Emiliano Zapata (10 de abril), la defensa de Veracruz (21 de abril) y el Día del Niño (30 de abril). También incluye hechos como la presidencia de Vicente Guerrero (1829), la muerte de Guty Cárdenas (5 de abril de 1932) y el fallecimiento de Cantinflas (20 de abril de 1993). 

Exiliado en París, Porfirio Díaz llegó al final de su vida el 2 de julio de 1915; desde entonces, sus restos permanecen en el cementerio de Montparnasse, en la capital francesa. En México, únicamente el gobierno soberano de Oaxaca –enfrentado entonces al carrancismo– emitió el Decreto número 12, fechado el primero de septiembre de ese mismo año, mediante el cual la legislatura local declaró nueve días de duelo en honor al ilustre oaxaqueño y destacado militar de la República.  

La narrativa histórica oficial posrevolucionaria buscó diluir su memoria mediante la difusión del llamado “mito negro”, que lo presentaba como un gobernante autoritario, asociado a la censura, la represión y la desigualdad social, en particular contra indígenas, campesinos y obreros.  

Esa interpretación, de carácter maniqueo –frecuente en el discurso político–, prevaleció durante décadas, hasta que Daniel Cosío Villegas, en 1948, publicó La crisis de México, ensayo que más tarde se incorporaría al libro coordinado por Stanley Ross, ¿Ha muerto la Revolución Mexicana? (1972). Además de iniciar el proyecto de la Historia Moderna de México, que reexaminó ese periodo –de la República Restaurada al Porfiriato– y contribuyó a reivindicar sus logros.  

Pese a los intentos oficiales por relegar su figura, el recuerdo de Porfirio Díaz persistió en la memoria popular, alimentado por nostálgicas películas: En tiempos de Don Porfirio (1939), México de mis recuerdos, Yo bailé con Don Porfirio, Lo que va de ayer a hoy (1945) de Juan Bustillo Oro y Hay que tiempos señor don Simón de Julio Bracho.  

Esa imagen alcanzó una nueva dimensión con la serie televisiva El vuelo del águila, producida por Televisa y transmitida en 1994, donde los actores Humberto Zurita y Manuel Ojeda interpretaron a Díaz en una recreación que buscó humanizarlo y contextualizar su trayectoria militar y política.  

A diferencia de otros personajes históricos, son escasos los monumentos dedicados a Porfirio Díaz. En Oaxaca se conserva un busto ubicado en el Cerro del Fortín, cerca del Auditorio Guelaguetza, mientras que en Orizaba se erigió una estatua de cuerpo completo en el Parque Bicentenario.  

En la Ciudad de México prácticamente no existen espacios públicos dedicados al general; aunque, paradójicamente, ahí se concentran varias de las obras más representativas del Porfiriato, como el Palacio de Bellas Artes, el edificio de Correos, el Hemiciclo a Juárez y el Ángel de la Independencia, entre muchas otras más.   

Algo similar ocurre con la toponimia. En la capital del país, por ejemplo, hay calles de “General Porfirio Díaz” en colonias como Del Valle, San Pedro Xalpa (Azcapotzalco) y zonas de San Juan de Aragón; mientras que calles “2 de abril” aparecen en San Miguel Teotongo (Iztapalapa), en el entorno de Mixcoac  y cerca de Taxqueña (Coyoacán).  

En una decisión arbitraria, en 2002 el gobierno de Veracruz, encabezado por Miguel Alemán Velasco, excluyó la estatua de Porfirio Díaz –obra de Humberto Peraza– del conjunto conmemorativo por el centenario del recinto portuario. A pesar de que tanto esta obra como la elegante estación del ferrocarril fueron construidas durante el Porfiriato. La medida reavivó una polémica en la clase política que persiste hasta hoy y se refleja en la actitud evasiva de los gobiernos recientes frente a la eventual repatriación de los restos del general.

 

Ricardo del Muro

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