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Entre el mito de Juárez y la frivolidad morenista

El discurso morenista, impulsado por López Obrador, ha repetido una y otra vez que los valores juaristas constituyen la guía de su gobierno, sin embargo, la autoridad moral no se proclama, se demuestra. | Ricardo del Muro

Escrito en OPINIÓN el

Majestuoso y solemne, el Hemiciclo a Benito Juárez –erigido por iniciativa de Porfirio Díaz en la Alameda Central de la Ciudad de México– consagra en mármol  el mito juarista. La escultura muestra al Benemérito sentado entre las alegorías de la Patria y la Ley, coronado con laureles y rodeado por doce columnas clásicas, como si se tratara de un altar cívico dedicado al héroe republicano. 

En la narrativa política mexicana, Juárez simboliza al padre civil de la República: el gobernante austero que encarna la ley, la defensa de la soberanía y la construcción del Estado laico. Durante más de un siglo, distintas generaciones de políticos –desde Díaz hasta López Obrador– han invocado esa herencia moral para legitimar sus proyectos de poder.  

No es casual que la llamada Cuarta Transformación haya vuelto a colocar a Juárez en el centro de su narrativa histórica. El discurso morenista, impulsado por Andrés Manuel López Obrador, ha repetido una y otra vez que los valores juaristas –la honestidad y la austeridad republicana–, constituyen la guía de su gobierno.  

Sin embargo, la autoridad moral no se proclama, se demuestra. Y la conducta cotidiana de buena parte de la clase política que integra la alianza Morenista revela una contradicción cada vez más evidente entre ese discurso y las prácticas que lo acompañan, hasta convertirse en parodias.  

A semejanza de lo que hicieron los priístas al convertir la Revolución en un eslogan partidista, la repetición solemne de frases juaristas –como suele hacer, por ejemplo, Ricardo Monreal–, cuando no está respaldada por conductas equivalentes produce un efecto involuntariamente cómico o contradictorio. Así, la imitación del héroe deja de reforzar el mito y termina por exhibir su uso retórico.   

Los ejemplos recientes abundan: las vacaciones del diputado Monreal en Madrid, en julio de 2025, donde fue visto en restaurantes de lujo; el viaje de Mario Delgado a Lisboa; o José Ramón López Beltrán de compras en Houston.  

A ello se suman los viajes del entonces gobernador Cuauhtémoc Blanco a Río de Janeiro en 2022, mientras Morelos enfrentaba una crisis de seguridad, y las polémicas protagonizadas por Gerardo Fernández Noroña, criticado en varias ocasiones por viajar en primera clase en vuelos internacionales, como ocurrió en trayectos entre Ciudad de México y París en marzo de 2025. 

Entre el mito de Juárez y la realidad de la política contemporánea se abre una brecha que revela algo más profundo: la degradación que ha experimentado la clase política mexicana, donde hoy predominan personajes ignorantes, ambiciosos, oportunistas, deshonestos y frívolos, algunos de los peores exponentes de los Millennials y la Generación X.   

Una distancia que, a pesar de los falsos profetas, también confirma la fuerza del propio mito, perceptible en casi cualquier rincón de México. Al menos 60 mil 148 calles y ocho municipios llevan el nombre de Benito Juárez. Así se llaman también la principal alcaldía y el aeropuerto internacional de la Ciudad de México, al igual que el municipio quintanarroense donde se ubica Cancún. Su retrato ha aparecido en billetes y sellos, mientras que su figura se repite en murales, estatuas y monumentos.  

Pero la presencia del Benemérito de las Américas no se limita al ámbito oficial. También llegó a la cultura popular, a través de los libros de texto gratuitos, donde varias generaciones de mexicanos conocieron la historia del niño indígena que fue pastor de ovejas y llegó a ser presidente de la República; del líder liberal que defendió a la República, recreado en la telenovela histórica El Carruaje (1972); y, en fin, del personaje histórico pero cercano al imaginario popular, inmortalizado en el danzón que repetía con humor el estribillo: “Si Juárez no hubiera muerto, todavía viviría”. 

La construcción del mito de Benito Juárez ha sido objeto de numerosos estudios históricos. Entre los más influyentes se encuentra El mito de Juárez en México (1977), del historiador Charles A. Weeks, quien analizó cómo la figura del presidente liberal se transformó con el tiempo en un símbolo político y cultural.  

A esta línea de investigación se suma el trabajo de Rebeca Villalobos Álvarez, autora de El culto a Juárez. La construcción retórica del héroe (1872-1976 , publicado en 2012, donde se estudia la formación del culto cívico juarista a través de discursos, rituales y representaciones culturales. También destaca el libro de Josefina Zoraida Vázquez, Juárez: historia y mito (2006), que examina las distintas interpretaciones historiográficas en torno al Benemérito. 

El culto público a Benito Juárez comenzó tras su muerte tras su muerte, el 18 de julio de 1872, ocurrida en su habitación de Palacio Nacional. Poco después, Porfirio Díaz, antiguo rival político, impulsó la construcción de su mausoleo en el Panteón de San Fernando.  

El monumento funerario, inaugurado en 1880 y realizado por los escultores Juan y Manuel Islas, presenta una figura femenina alegórica –identificada como la Patria– inclinada sobre el sarcófago de Juárez. En el conjunto aparece también la célebre frase: "El respeto al derecho ajeno es la paz". 

Al año siguiente se develó  la primera estatua de Juárez en la capital del país, obra del escultor Miguel Noreña. Conocida como el "Juárez sedente", la escultura fue fundida en bronce procedente de cañones del antiguo ejército conservador, un gesto cargado de simbolismo político que reforzó la victoria del proyecto liberal. 

A partir del 21 de marzo de 1887, el homenaje comenzó a desplazarse del recuerdo funerario hacia la celebración de su natalicio. Este cambio coincidió con la consolidación del régimen de Díaz, que promovió la transformación del homenaje luctuoso en una conmemoración cívica de alcance nacional. El proceso culminaría décadas después con la inauguración del Hemiciclo a Juárez, en 1910.

 

Ricardo del Muro

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