La presidenta Claudia Sheinbaum enviará su propuesta de reforma electoral al Congreso, que a diferencia de las del pasado, surgidas por el acuerdo de todos los partidos para actualizar el sistema electoral a las necesidades políticas del momento histórico, parece responder a ideas y dos principios que ella misma, su antecesor y su partido sostienen: reducir el costo de las elecciones y eliminar a los diputados y senadores plurinominales tal como los conocemos ahora.
La propuesta de reforma tiene varios componentes importantes pero, desde mi punto de vista, el de mayor relevancia estructural es el nuevo método de elección de los diputados federales de representación proporcional (plurinominales), así como la eliminación de los 32 senadores también plurinominales porque lo que está en juego es la posibilidad de que los partidos minoritarios accedan al Congreso y en qué proporción para representar a los ciudadanos que votaron por ellos.
Durante años, en la opinión pública, argumentando que “nadie vota por ellos” o que “no representan a nadie”, se ha deslegitimado, a los diputados y senadores plurinominales, pero hoy todos los partidos minoritarios, incluso los aliados de Morena, como el PT el PVEM, ven en la propuesta de reforma presidencial una clara amenaza a su acceso al Congreso. También es cierto que las candidaturas plurinominales han sido aprovechadas por las cúpulas partidistas para asegurar posiciones a políticos con mala reputación o sin méritos frente al electorado que de otra forma, no habrían sido electos. Eso, sin duda es una mala forma de usar el mecanismo, no atribuble al mecanismo mismo.
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La pregunta de fondo y siempre válida es ¿cómo mejorar la representación ciudadana en el Congreso?, porque de eso se tratan las democracias representantivas como la nuestra. Para entender como llegamos al modelo actual y su funcionamiento, hay que recordar la historia política de México.
El sistema electoral actual es producto de una serie de negociaciones entre los partidos políticos que sucedieron en la segunda mitad del siglo XX, enmarcadas en la llamada transición a la democracia, cuando se luchó por terminar con un partido todopoderoso, el PRI que siempre ganaba todas las posiciones. El PRI mismo, buscando legitimidad política dentro y fuera de México, aceptó en 1963 la creación de los llamados diputados de partido, introduciendose así, por primera vez, la representación proporcional en nuestro sistema.
Los partidos de oposición, siguieron creciendo y exigiendo un mayor reconocimiento por lo que la reforma política de 1977 creó el sistema de representación proporcional moderno, creando inicialmente 100 diputaciones plurinominales en cinco circunscripciones y estableciendo el modelo mixto que, con el ajuste hasta los actuales 200 diputados y 32 senadores, sigue vigente. Este diseño permitió mayor pluralidad en el Congreso, pero también ha sido acreedor de críticas.
La propuesta de reforma impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum no elimina la representación proporcional en la Cámara de Diputados, pero modifica su mecanismo de elección: una parte se asignaría a quienes, sin ganar su distrito, hayan obtenido los mejores resultados; otra sería propuesta igualmente mediante listas de los partidos, pero ganarían su pase al Congreso los más votados por los ciudadanos y no los establecidos por los partidos como ahora; además se reservarían ocho espacios para candidatos migrantes en el extranjero.
En el Senado, en cambio, desaparecerían los escaños plurinominales y se mantendría un esquema de mayoría y primera minoría. El planteamiento se acompaña de una reducción del financiamiento público a los partidos y de ajustes al aparato electoral para abaratar costos y reforzar la fiscalización.
No suena mal priorizar a los ciudadanos sobre las cúpulas partidistas pero incluso los partidos aliados de Morena han expresado reservas tanto por la forma de designar a los plurinominales como por la disminución de recursos. Argumentan que, sin condiciones de mayor equidad en el financiamiento y en los tiempos de radio y televisión, eliminar o transformar las listas puede profundizar asimetrías. Al mismo tiempo, voces críticas recuerdan que la representación proporcional nació para asegurar la representación de todos y que este esquema favorecería a la fuerza dominante en detrimento de las minorías.
El futuro de la reforma electoral presidencial, hoy, es incierta ya que sin el voto del PT y el PVEM no prosperará, pero siempre es positivo recordar de dónde venimos y pensar hacia dónde queremos ir.
