Yo no soy fan de Bad Bunny, soy quizás, una de las muchos integrantes de la generación X que junto con quienes nos precedieron, no gustamos del perreo reggaetonero y necesitamos subtítulos para entender lo que Benito pronuncia. Sin embargo, mi amor por el rock, no me impide reconocer el impacto global del puertoriqueño, su enorme capacidad de dar visibilidad con orgullo a la cultura latina y su valentía al criticar a la administración Trump por los ataques a los inmigrantes en Estados Unidos. Tanto, que desde que se anunció su participación en el show de medio tiempo del Super Bowl LX del domingo, los MAGAs montaron en cólera e incluso organizaron un espectáculo alterno.
En ese contexto, el show de Bad Bunny fue claramente una reivindicación política de los latinos tanto en Estados Unidos, como fuera de su territorio. Muchos titulares han calificado de “histórico” el show, si “histórico” significa romper el guion de quién puede ocupar el centro simbólico del evento: primer set íntegramente en español, una narrativa puertorriqueña sin pedir disculpas y un mensaje final que redefine América como continente en un momento de tensión por migración e identidad, y de la nueva doctrina Donroe que vuelve a reclamar América para los estadounidenses, lo fue. También fue histórico por la reacción: la contraprogramación de Turning Point USA con un show “All-American” y la respuesta directa del presidente Trump calificando el show de “bofetada a nuestro país”, evidencia que ya no se disputa solo la música, sino el sentido de nación.
Sin embargo, no es la primera vez que el evento deportivo más importante de aquél país ha servido de escenario para la política, que se coló al medio tiempo, menos por consignas y más por símbolos. En 2022, cuando el show reunió a Dr. Dre, Snoop Dogg, Mary J. Blige, Kendrick Lamar y Eminem, el gesto que concentró el debate fue que Eminem se arrodillara en plena actuación: para unos fue solidaridad con la protesta de Colin Kaepernick contra el racismo y la brutalidad policial; para otros, una provocación ya domesticada por la propia liga, que dijo estar enterada y no haberlo impedido.
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En 2020, Shakira y Jennifer Lopez ofrecieron un espectáculo celebrado como triunfo latino, pero varios elementos se leyeron como comentario sobre la agenda migratoria de la era Trump: la presencia de su hija cantando y el énfasis en banderas y pertenencia puertorriqueña detonaron interpretaciones sobre quién “cuenta” como estadounidense, más allá del pasaporte o el acento.
En 2016, Beyoncé convirtió el medio tiempo en una conversación sobre raza al presentar “Formation” con estética que muchos asociaron al Black Panther Party, en medio de un país atravesado por protestas de Black Lives Matter; el impacto fue inmediato porque el Super Bowl funciona como ritual nacional y cualquier disonancia se amplifica.
Si retrocedemos más, el caso paradigmático sigue siendo U2 en 2002, el primer Super Bowl tras el 11 de septiembre: los nombres de víctimas proyectados transformaron el show en duelo público televisado, en una era en la que la unidad patriótica era casi un mandato cultural.
Incluso antes, el himno de Whitney Houston en 1991, en el contexto de la Guerra del Golfo, fue leído como un momento de cohesión emocional y propaganda blanda, recordando que en el Super Bowl la política no empieza ni termina en el medio tiempo.
El impacto de estas actuaciones consiste en posicionar y amplificar una narrativa, normalizar identidades y en última instancia, en ser una forma más de resistencia de quienes defienden, frente a los poderosos, su derecho a ser y a vivir en este mundo, así, el Super Bowl ya no es solo entretenimiento, sino un barómetro cultural donde cada símbolo se vuelve argumento y cada aplauso o enojo, un dato sobre la sociedad.
