EL MENCHO

La caída de El Mencho, no clausura el narcotráfico

La caída de El Mencho desinfla mitos, sí, pero también ilumina una verdad incómoda: el Estado puede tumbar símbolos, pero si no desarma mercados, solo cambia el elenco. | César Gutiérrez Priego

Escrito en OPINIÓN el

La caída de Nemesio Oseguera CervantesEl Mencho”, para el expediente; “el señor de la guerra”, para la mitología, no clausura el narcotráfico. Clausura algo más difícil de desmantelar y, a la vez, más útil para el negocio: el culto. La idea del capo invencible, del estratega total, del hombre que se vuelve Estado en la sombra. Si el desenlace fue detención y posterior abatimiento, el mensaje real no es épico: es administrativo. Los “grandes” también se terminan. Los “intocables” también tienen fecha. Y, sobre todo, el crimen organizado no es una biografía: es un mercado.

Durante años, El Mencho funcionó como símbolo y como advertencia. Símbolo de un cártel que creció con velocidad inusual; advertencia de lo que podía pasarle a cualquiera que intentara frenarlo. En la narrativa pública, su figura se volvió un tótem: el jefe que siempre escapa, el operador que todo lo prevé, el hombre que manda más que un gobernador, más que un secretario, más que un general. Ese mito —construido por corridos, filtraciones interesadas, intimidación directa y también por la fascinación mediática— tenía una utilidad concreta: convertir el miedo en capital. Un capo convertido en leyenda vale más que un capo escondido, porque la leyenda disciplina territorios sin necesidad de estar presente.

Pero la caída rompe la ecuación. Y rompe otra, todavía más incómoda: la del “narcotraficante de culto” como figura dominante del siglo criminal mexicano. El Mencho encarnó un modelo que se está agotando. No porque se haya acabado la violencia, ni porque el Estado haya ganado la guerra, sino porque el negocio cambió de forma: ya no necesita un solo rostro, una sola voz, un solo emperador.

Esto no es el final del narcotráfico, es el cambio de generación

La primera gran lección de su caída es precisamente la que más alimentó su leyenda: la decisión, tomada desde hace muchos años, de no dejarse atrapar por ninguna autoridad. A diferencia de enemigos de otros cárteles que terminaron detenidos y exhibidos —derrotados en vida, como trofeos de una estrategia de seguridad—, El Mencho habría optado por otro destino: preferir morir antes que ser capturado. Esa elección no es moral; es táctica. Un capo vivo y detenido es un archivo ambulante, una fuente de inteligencia para gobiernos rivales, una pieza negociable. Un capo abatido es un cierre abrupto: evita confesiones, reduce filtraciones y le ahorra a la organización el espectáculo de la delación pública. En el código interno del crimen, hay muertes que se venden como coherencia.

La segunda lección es económica: su rápido ascenso con el CJNG no puede explicarse sin el salto hacia las drogas sintéticas y la capacidad de generar ingresos extraordinarios con ellas. La era de los grandes cargamentos “clásicos” no terminó, pero dejó de ser la única columna vertebral. Las metanfetaminas y el fentanilo —por su escalabilidad, por su margen, por su logística flexible— permitieron convertir al cártel en una máquina de liquidez. Y esa liquidez compró lo siguiente: armas de grueso calibre, entrenamiento, vehículos, tecnología, sobornos, reclutamiento. Compró, sobre todo, tiempo.

Ese poder de fuego no fue un adorno. Fue un contrapeso deliberado frente a policías y fuerzas armadas. El CJNG entendió pronto que la superioridad táctica se construye no solo con gatilleros, sino con recursos para sostener operaciones, reemplazar pérdidas, pagar información y diseñar ofensivas. La violencia, en este modelo, no es arrebato: es inversión.

Pero aquí aparece la tercera lección, la que casi siempre se intenta barrer debajo de la alfombra: ese crecimiento no habría sido posible sin la complicidad y apoyo de autoridades en los tres niveles de gobierno. Municipios capturados, policías cooptados, fiscalías porosas, aduanas vulnerables, mandos que miran hacia otro lado, funcionarios que “administran” la presencia criminal en vez de combatirla. El poder del cártel no nace solo en la sierra: también se fabrica en oficinas. La corrupción no es un “acompañamiento”; es parte del modelo de negocio.

Y luego está el eslabón internacional. Sus contactos en Estados Unidos —según diversas versiones que han circulado durante años— abrieron puertas no solo por la fuerza del dinero, sino por lo que ocurre cuando alguien pisa cárceles y circuitos criminales del otro lado: se generan relaciones. Si estuvo preso en EU, esa estancia no habría sido un paréntesis: habría sido escuela y red. Contactos con criminales, sí, pero también con dinámicas institucionales, intermediarios, rutas, mecanismos de lavado, e incluso con autoridades en el sentido más amplio: personas con acceso, información, capacidad de facilitar o bloquear. El narcotráfico moderno depende tanto de la frontera como de los puentes invisibles.

La caída de El Mencho también tiene una lectura militar y simbólica: su detención y abatimiento era una espina clavada para las fuerzas armadas mexicanas desde el derribo del helicóptero en mayo de 2015. Aquel episodio no fue solo un golpe táctico; fue un golpe al orgullo institucional. Fue una escena que dejó claro que había un grupo criminal dispuesto y capaz de enfrentar, de manera frontal, al Estado armado. Cerrar ese capítulo tenía un valor que va más allá de la estadística: era una deuda, un pendiente, un mensaje hacia adentro y hacia afuera.

Y sin embargo, incluso con ese “mensaje”, lo esencial no cambia: el problema no era un hombre. Era —y es— una estructura.

Por eso su leyenda será útil para sus sucesores. La marca “Mencho” funcionará como paraguas psicológico: para infundir miedo, para exigir lealtad, para disciplinar plazas, para negociar con rivales y para cobrar “derecho de piso” con el eco de un nombre. Pero esa misma leyenda, vista sin corridos, exhibe la fragilidad de las leyes para combatir al crimen organizado. Las reformas legales pueden endurecer penas, ampliar tipos penales, crear nuevas figuras de investigación; pero si no se golpean las finanzas y las capacidades tácticas de los grupos criminales, el negocio seguirá siendo redondo. Un mercado que genera miles de millones de dólares al año no se desarma solo con discursos ni con nuevas redacciones en el código penal. Se desarma atacando dinero, logística, precursores, lavado, redes de protección, y, sobre todo, el costo-beneficio de delinquir.

Aquí conviene decirlo sin eufemismos: el narcotráfico no es únicamente un problema de “seguridad pública”. Es un fenómeno financiero. Es una industria global con cadenas de suministro, innovación, administración de riesgo, diversificación y, cada vez más, tecnología.

Ahí entra el punto central del cambio de época: hay nuevas generaciones de narcotraficantes jóvenes, ligados a la tecnología, con nuevas ideas, nuevas rutas y nuevas formas de generar ganancias multimillonarias. Ya no todos aspiran a ser “capos” en el sentido clásico. Aspiran a ser operadores discretos, brokers logísticos, financieros del lavado, especialistas en criptomonedas, reclutadores en redes sociales, técnicos en drones, administradores de vigilancia con cámaras clandestinas, ingenieros de comunicaciones y “emprendedores” del crimen que piensan en términos de eficiencia. Menos sombrero, más pantalla. Menos plaza como feudo, más red como plataforma.

La reconfiguración del poder del cártel, por supuesto, no será un trámite pacífico. Se disputará. Y en esa disputa suelen emerger perfiles distintos: el heredero “duro” que busca gobernar con terror; el administrador que privilegia el dinero y reduce el ruido; el operador militar que entiende la plaza como campo de batalla; y el negociador que intenta recomponer alianzas. Cuatro perfiles, dos con mayor oportunidad, dependiendo de dos variables: control de finanzas y control de las armas. Quien tenga el dinero manda; quien tenga los fierros impone; quien logre ambas cosas, hereda. Pero hereda también el problema: un Estado que hoy puede actuar con contundencia… y mañana puede volver a fragmentarse por intereses.

Porque sí: el gobierno de México demostró que existe capacidad para ir contra criminales cuando existe el deseo político y operativo de hacerlo. La pregunta, como siempre, es la constancia. Si la voluntad aparece solo en momentos emblemáticos —por presión internacional, por coyunturas internas, por deudas institucionales—, el crimen aprende la lección: aguanta, espera, se adapta. El Estado necesita estrategia sostenida; el cártel solo necesita sobrevivir al siguiente operativo.

Y luego está el ángulo más espinoso, el que rara vez se discute en voz alta sin que se vuelva propaganda: desde Estados Unidos, algunas agencias habrían tolerado, facilitado o permitido —por acción u omisión, por operaciones fallidas, por “prioridades” cambiantes— que el CJNG alcanzara un poder armamentístico con ventajas tácticas. Esa lectura, cierta o no en todos sus detalles, refleja un patrón histórico: los intereses cambian. Lo que hoy se permite, mañana se persigue. Hoy se usa a un actor para contener a otro, mañana se le corta la cabeza cuando deja de convenir. La geopolítica y la seguridad no siempre obedecen a moralidades; obedecen a cálculos.

Dentro del crimen organizado, en cualquier caso, no hay lealtades: hay intereses. Y los intereses se mueven. Los pactos duran lo que dura la ganancia. La disciplina dura lo que dura el miedo. La “familia” dura lo que dura el negocio. Por eso la caída de un líder no garantiza la caída de la empresa criminal: puede fragmentarla, sí; puede hacerla más caótica, también; puede elevar la violencia local mientras se acomoda el mercado. Pero no elimina la demanda, ni el dinero, ni las redes que ya existen.

Así que quizá el punto más importante es este: se acabaron los grandes narcotraficantes como concepto dominante, no necesariamente como excepción. El modelo del “capo total” es cada vez menos funcional en un mundo donde las operaciones se tercerizan, donde el dinero viaja digitalmente, donde la logística se atomiza y donde los riesgos se reparten en células. El futuro del crimen organizado en “México y a nivel mundial” se parecerá más a una constelación que a un trono. Más a una EMPRESA criminal con proveedores y subcontratistas que a un imperio con un solo rey.

La caída de El Mencho desinfla mitos, sí. Pero también ilumina una verdad incómoda: el Estado puede tumbar símbolos, pero si no desarma mercados, solo cambia el elenco. Y el mercado con sus jóvenes tecnólogos, sus rutas renovadas, sus finanzas creativas y su capacidad de corromper ya está trabajando en la siguiente versión del negocio.

El mito termina. El fenómeno, no. Y esa es la noticia que de verdad debería ocupar la primera plana.

César Gutiérrez Priego

@cesargutipri