EL MENCHO

El operativo contra "El Mencho"

México sabe que el derrumbe de un capo no desmantela de inmediato la maquinaria que lo hizo posible, aun así, no es poca cosa que el Estado, con inteligencia, coordinación y decisión, logre arrinconar a quien parecía inalcanzable. | César Gutiérrez Priego

Escrito en OPINIÓN el

Este lunes 23 de febrero, México amaneció con una noticia que parece escrita con pólvora y silencio: el fin de una persecución larga, tensa, costosa. El general Ricardo Trevilla Trejo, secretario de la Defensa Nacional, informó que Nemesio Oseguera, “El Mencho”, fue ubicado y cercado gracias a trabajos de Inteligencia Militar Central y a información complementaria de instituciones de Estados Unidos. Detrás de esa frase fría —“trabajos de inteligencia”— hay meses, quizá años, de desvelo; nombres tachados en libretas; mapas doblados en bolsillos; radios encendidos a medianoche; familias que aprenden a no preguntar demasiado cuando un uniformado sale y no sabe si volverá.

La Defensa, dijo el general, siguió la red de vínculos del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación hasta que se dieron las condiciones para la detención. Y en ese entramado de lealtades compradas, miedos heredados y afectos peligrosos, fue clave una de sus parejas sentimentales. El 20 de febrero —detalló— se ubicó a un hombre de confianza de esa mujer, quien la trasladó a una instalación en Tapalpa, Jalisco. Ella se reunió con “El Mencho”, y al día siguiente se retiró. Él se quedó.

Esa decisión de permanecer, de sentirse todavía intocable, fue el error final. Porque cuando el Estado decide actuar, cada minuto pesa como plomo: las fuerzas especiales del Ejército, la Guardia Nacional y aeronaves de la Fuerza Aérea Mexicana planearon el operativo con la urgencia de quien sabe que un descuido se paga con vidas. No se trata solo de capturar a un hombre: se trata de atravesar su círculo de seguridad, ese anillo armado que no protege a una persona, sino a un mito construido a balazos.

Cuando se corroboró que seguía ahí, la fuerza operativa terrestre avanzó. Y entonces ocurrió lo que tantas veces ocurre en este país cuando la ley toca la puerta del crimen: la respuesta no fue rendición, fue fuego. El círculo de seguridad abrió contra soldados y guardias nacionales, y el enfrentamiento estalló. “Realmente fue un ataque muy violento”, reconoció Trevilla Trejo. En esa frase cabe todo: la adrenalina, la confusión, el estruendo, los gritos, el polvo, el deber empujando el cuerpo hacia adelante mientras el instinto pide retroceder.

El Mencho” huyó a una zona boscosa. En la narrativa del poder criminal, el monte suele ser refugio; la maleza, invisibilidad; la sierra, promesa de impunidad. Pero esta vez lo encontraron ahí, entre la vegetación, reducido a la vulnerabilidad que siempre se esconde detrás de la amenaza. Herido en el intercambio de disparos, fue evacuado hacia una instalación médica en Jalisco; sin embargo, él y sus escoltas fallecieron en el trayecto. Fueron trasladados primero a Morelia y luego a la Ciudad de México. La historia que durante años sembró miedo en pueblos, carreteras y ciudades terminó no con una proclamación, sino con un parte oficial y un traslado urgente.

En paralelo, la Inteligencia Militar Central identificó a Hugo “H”, alias “Tuli”, operador financiero, en El Grullo, Jalisco; también fue abatido. Ocho integrantes de la delincuencia organizada perdieron la vida en total. Se aseguraron siete armas largas, dos lanzacohetes, ocho vehículos, dos “racer”, cartuchos y cargadores. En el conteo de objetos incautados se nota la dimensión de la guerra soterrada: no son herramientas de “defensa”, son instrumentos para imponer terror.

Pero entre los números, hay dos hechos que deberían detenernos el pecho: dos militares resultaron heridos. Y aunque la nota los mencione al final, como si fueran un renglón inevitable, ahí está el corazón de esta historia: el costo humano de sostener la frontera entre el miedo y la esperanza. Porque cada soldado herido es una madre que aprieta el teléfono, una pareja que aguanta el aliento, un hijo que aprende demasiado pronto lo que significa el uniforme. Cada operación exitosa también carga un precio, y ese precio suele pagarse lejos de los reflectores, en hospitales, en rehabilitaciones, en noches que no se cuentan.

Habrá quien celebre el desenlace como si bastara para cerrar una época. Pero México sabe —y lo sabe con cicatrices— que el derrumbe de un capo no desmantela de inmediato la maquinaria que lo hizo posible. Aun así, no es poca cosa que el Estado, con inteligencia, coordinación y decisión, logre arrinconar a quien parecía inalcanzable. No es poca cosa que la impunidad, esa sombra larga, tenga por una vez un límite. Y no es poca cosa que, en medio de la violencia, haya mujeres y hombres que se colocan frente al peligro para que otros puedan despertar con un poco menos de temor.

Hoy, más que la imagen del fugitivo entre la maleza, debería quedarnos la otra: la de los que avanzaron sabiendo que podían no volver. Y la pregunta obligada que este país no puede seguir postergando: ¿qué hacemos, como sociedad y como Estado, para que la captura de un líder criminal no sea apenas una pausa, sino el principio de una paz que por fin dure?, pero me quedo con las emotivas palabra del General Trevilla, cumplieron con su deber, hoy se demostró la fortaleza del Estado mexicano. 

 

César Gutiérrez Priego

@cesargutipri 

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