Que una política quiera decir a los medios cómo deben hacer su trabajo no es ninguna novedad. Hace apenas unos días la presidenta Sheinbaum reprochaba a la prensa que no hablara de García Luna -como si hoy fuera noticia- y por eso no sorprenden las palabras de Clara Brugada que esta semana propuso a los medios un pacto para bajarle a la cobertura de la nota roja en la ciudad.
El llamado -del que luego metió reversa- importa porque ilustra la preocupación del gobierno de la Ciudad porque la percepción de la gente no corresponde, según la Jefa de Gobierno, con lo que pasa en la realidad. La afirmación en sí misma tiene varios problemas.
Primero, la percepción se entiende que sea un tema del gobierno pero no es responsabilidad de la prensa. No toca a los periodistas cuidar si la valoración de un gobierno es buena o mala. Segundo, el rol del periodismo debe ser el servicio a sus audiencias y no en función de la agenda de la autoridad. Si la prensa no incomoda al poder es que está haciendo mal su trabajo.
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A los medios no les toca cuidar las notas sino informar. Dar cuenta, por ejemplo, de la impunidad con la que sigue el doble homicidio de dos cercanos colaboradores de la Jefa de Gobierno, crimen del cual seguimos sin saber su origen. También es tarea informativa registrar las denuncias de inconsistencias en el recuento de los asesinatos en el país, de tal forma que en el papel bajan los homicidios aunque no en las calles; y es un mandato periodístico el seguir hablando -incluso con más intensidad de lo que se hace- de la crisis de desapariciones que solo ha extinguido de la agenda del gobierno y de la CNDH, pero que sigue golpeando a cientos de miles de familias en todo el país.
El llamado de Clara Brugada importa también porque son palabras que vienen de alguien que tiene poder y presupuesto. Si queremos, como propuso, hablar de la relación entre los medios y el gobierno, hablemos por ejemplo de la ausencia de criterios para la asignación de la publicidad oficial que permite que en todo el país la publicidad pueda ser gastada a discreción como un mecanismo que premia o castiga en función de su cobertura editorial.
¿Cómo garantizar, por ejemplo, que el gasto de publicidad del gobierno de la Ciudad de México no vaya ahora atado al número de notas rojas que tanto incomodan a la Jefa de Gobierno? Si hablamos de ética es de estos temas que debemos conversar.
Se entiende la preocupación del gobierno, en especial a unos meses del Mundial, y es evidente que la narrativa triunfalista que dice que todo va bien no es compartida por una buena parte de la opinión pública.
Habrá que estar atentos para ver hasta dónde el reclamo de Brugada fue solo un impulso, una confesión pública de una frustración hasta ahora privada, y hasta dónde no es parte de una cruzada local o nacional por seguir incidiendo en el contenido incómodo de las redes y de los medios de comunicación.
PD1. Curioso nado sincronizado de plumas afines a la 4T reivindicando la toma de poder presidencial al hacer a un lado a Adán Agusto López. Todas con un común denominador: a 16 meses de haber llegado a Palacio se sigue separando de su antecesor. Flaco favor hacen a la presidenta al celebrar ese pequeño gesto como una gran victoria.
PD2. Mal y de malas el golpe al periodismo con el recorte al The Washington Post que deja a uno de los medios más influyentes y prestigiados en una mala posición en un contexto en el que tanto hace falta el periodismo para vigilar al poder.
