El autoritarismo se ha instaurado en México. De ello ya no cabe duda. Ahora bien: ¿cuál podría ser el camino para retrotraer la situación hacia una democracia, aunque sea deficiente? Exploremos las condiciones existentes y los posibles mapas de ruta.
EL ILUSORIO MODELO IDEAL
Más que un evento único, como una elección, la reversión requiere un rebalanceo del poder. El procedimiento más eficiente es la recuperación de los contrapesos, incluyendo en ello la protección del árbitro electoral, blindando la autonomía técnica y financiera de instituciones como el Instituto Nacional Electoral (INE) y el Tribunal Electoral, pues sin un árbitro imparcial las reglas del juego siempre favorecerán a quien esté en el poder. A ello debiera sumarse el uso de un Poder Judicial independiente como última barrera contra leyes inconstitucionales.
En un escenario en que lo anterior es posible, las oposiciones suelen fallar cuando su única bandera es estar en contra del líder en el poder. Para retrotraer el sistema, necesitan unidad estratégica, no solo electoral: crear un frente amplio que incluya a la sociedad civil, academia y sindicatos, más allá de los logos de los partidos tradicionales, además de salir de las redes sociales y medios masivos para recuperar el contacto en las plazas y mercados, disputando el control territorial al régimen autoritario acompañándolo de una nueva narrativa aterrizada en soluciones prácticas y realistas a fenómenos como la inseguridad y las carencias económicas poblacionales.
Te podría interesar
UN MODELO MÁS REALISTA
A la aplicación del modelo anterior se llega tarde: los órganos electorales y el Poder Judicial ya han sido cooptados y eso resulta irremediable en lo inmediato.
Cuando el sistema ya no es imparcial, el objetivo no es entonces ganar un juego limpio, sino evidenciar la trampa hasta que el costo de mantener la fachada autoritaria sea insostenible para el régimen. El procedimiento se desplaza a un paralelismo institucional, mediante la creación de estructuras de vigilancia ciudadana que operen fuera del alcance del régimen autoritario y que aprovechen grietas internas al aparato de dominación.
Si el voto ya no es suficiente porque el árbitro lo manipula, la oposición debe transitar hacia la acción colectiva no violenta, con una desobediencia civil selectiva que demuestre que el gobierno no tiene el control total sobre la población. La idea es lograr una externalización del conflicto buscando el apoyo de organismos internacionales y la presión de socios comerciales que exijan seguridad jurídica.
En este escenario, el camino más corto para lograr una reversión del autoritarismo es propiciar una crisis de legitimidad acelerada, olvidándose de ideologías de izquierda o derecha para tomar como única bandera la restauración democrática; sin esta unidad, el régimen los devora por separado.
Aunque el árbitro no sea imparcial, se participa masivamente no con la esperanza de que el árbitro cuente bien, sino para que el fraude sea tan obvio y masivo que pierda credibilidad ante el ejército, la burocracia y la comunidad internacional.
El punto de quiebre, de darse en este escenario, ocurre cuando los sectores que sostienen al régimen perciben que es más costoso quedarse con el autoritarismo que transitar hacia un nuevo orden.
UN MODELO ANTE LA APATÍA
Empero, cuando la apatía interna es alta y la ayuda internacional lenta como ocurre hoy día en la realidad, el mapa de ruta se desplaza de la resistencia masiva a la resistencia de núcleos y la espera estratégica. Si el sistema está cerrado y la sociedad está adormecida, el mapa de ruta más corto, aunque no necesariamente rápido, se redefine así:
El primer paso no es la movilización, sino el combate a la posverdad. Se trata de mantener vivos pequeños espacios de información técnica y veraz que contrasten con la narrativa oficial. Estos focos sirven para que, cuando llegue el descontento, haya una estructura lista para explicar por qué está sucediendo. El mapa de ruta aquí es esperar y documentar el fallo en los servicios básicos y la gobernanza del establecimiento. La apatía solo se rompe cuando el autoritarismo afecta la vida cotidiana de forma innegable.
En esta opción, más que buscar que la gente salga a la calle, se busca que quienes operan el sistema (burócratas, técnicos, militares de rango medio) dejen de colaborar con entusiasmo. La posición de "brazos caídos" en los espacios administrativos es más eficaz y menos riesgosa que la protesta abierta en un entorno apático.
Si no hay apoyo externo ni interno inmediato, la oposición debe dejar de intentar "ganar la próxima elección" y enfocarse en sobrevivir como alternativa ética, logrando mantener una estructura mínima que no se corrompa, para que, cuando el régimen entre en crisis de sucesión o económica, no haya otra opción hacia dónde mirar. En este escenario, en lugar de atacar al líder se atacan los resultados. La sociedad apática no responde a valores abstractos (democracia), pero sí a valores concretos (costo de la canasta básica, falta de medicinas).
En esta versión del ejercicio para la reversión hacia un retorno a la democracia, el cambio no suele venir de una acción heroica de la oposición, sino de un error de cálculo del autoritarismo. Al sentirse intocables debido a la apatía, suelen cometer excesos fiscales, represivos o de corrupción que terminan por "despertar" a los sectores que antes eran indiferentes.
UNA OPCIÓN ULTERIOR
Sin embargo, aún esta ruta se atoja difícil de adoptar, pues los excesos fiscales, represivos y de corrupción se han vuelto norma y la sociedad no reacciona y los solapa, lo que lleva a la consolidación de una hegemonía por resignación. El régimen no solo controla las instituciones, sino también la expectativa de cambio: la gente cree que así son las cosas y nada va a cambiar o incluso que las cosas están bien, con una ceguera pronunciada hacia los excesos del régimen.
Si la sociedad está impávida, el régimen solo cae cuando ya no puede cumplir las promesas básicas a sus propios aliados ni costear los esquemas asistenciales que sostienen la base de su hegemonía. La ruta aquí es registrar cada exceso para cuando el sistema se fracture, alimentando la narrativa del colapso futuro.
Los regímenes autoritarios mueren cuando se quedan sin dinero para pagar lealtades. La ruta más corta entonces es la presión sobre flujos de capital, tanto nacionales como internacionales, que sostienen la estructura.
Cuando la calle está muerta, la oposición debe volverse intelectual y subterránea, formando cuadros técnicos para operar el país el día después de la caída, siendo un "gobierno en la sombra" listo para entrar al relevo.
En un sistema cerrado y apático, el cambio suele ocurrir merced a una crisis de sucesión al momento de heredar el poder, estando preparadas las oposiciones para de manera conjunta aliarse con la facción "menos radical" para abrir una grieta.
Como puede verse, el camino es largo y sinuoso y las posibilidades de éxito son pocas y lejanas. Déjese pues abierta la puerta para tomar la ruta más pertinente dadas las condiciones reales que se puedan definir en un análisis sereno y realista de un estado de situación que claramente es y será muy poco favorable.
