La cancelación del envío de petróleo mexicano a Cuba, y la renuncia de Adán Augusto López a la coordinación de Morena en el Senado, motivó algunos cuestionamientos a la presidenta Claudia Sheinbaum sobre la veracidad de sus explicaciones y argumentos.
Afirmaciones que van desde “la presidenta está haciendo malabares para justificar sus acciones”, hasta “nos está mintiendo y haciendo todo lo que el presidente Donald Trump le ordena”, son críticas que ponen en duda su honorabilidad y capacidad para comunicarse con el pueblo.
Sin embargo, ¿quién está en condiciones éticas o morales de “tirar la primera piedra”? ¿Qué personaje de la política podría asegurar que nunca ha engañado o manipulado algunos hechos en cualquiera de sus intervenciones públicas? ¿Qué tan delicadas son las premisas que no están sustentadas en lo que sí ha sucedido?
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Desde un enfoque moral, nada justifica la mentira. Por eso, en democracia, la transparencia y la rendición de cuentas son dos de sus pilares esenciales. Pero el derecho que todas y todos tenemos a recibir información veraz no impide a los políticos eludir los hechos con base en el cumplimiento de ciertos objetivos que también tienen una justificación.
En otras palabras, ¿existe alguien que se pueda presentar como poseedor de las verdades absolutas? Eso es imposible porque va en contra de la naturaleza humana. Por cierto, al presidente Donald Trump también se le ha criticado no sólo por la manipulación que hace del lenguaje, sino porque casi todas sus amenazas sí se concretan. Toda una paradoja.
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El engaño en política ha existido siempre. Se ha recurrido a éste para desacreditar a los enemigos y adversarios, confundir a la población, evadir responsabilidad por errores cometidos, despertar prejuicios o generar apoyo público a partir de promesas y esperanzas.
Desde los tiempos de Maquiavelo se ha desmitificado y analizado, a profundidad, el sentido y los alcances del concepto. Los políticos, decía, tienen como objetivo mantenerse en el poder antes que “servir como modelo ético a sus súbditos”.
Aún más: la manipulación de la verdad tiene el propósito de “asegurar la prosperidad del Estado”. Por eso, es indispensable “seguir el ejemplo del zorro: saber disfrazarse bien y ser hábil en fingir y disimular”, ya sea mintiendo o rompiendo las promesas.
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En el mismo sentido, los estudios sociológicos, publicitarios y propagandísticos han demostrado que las y los ciudadanos aceptan más las ideas, explicaciones, justificaciones y argumentos que se amoldan con sus creencias, convicciones y emociones, antes que los hechos mismos.
Esta situación deja de lado la racionalidad a la hora de informarse o de apoyar a los líderes. También en el hecho de que conocer la verdad no es una prioridad para la población, sino en que —casi siempre— los políticos pueden engañar y mentir sin preocuparse por las sanciones o los riesgos que hay detrás de sus palabras.
Por otra parte, si bien la verdad en cualquier sistema político no es ninguna novedad histórica, sí lo es el hecho de que sus mecanismos se han sofisticado, tanto por el desarrollo vertiginoso de las redes sociales como por los avances de la inteligencia artificial. ¿El resultado? Asistimos al desarrollo de una nueva etapa de lo que hoy conocemos como la posverdad.
Consulta: Manuel Arias Maldonado. "Verdad política, posverdad, democracia: dibujando un círculo cuadrado", ponencia presentada en el Congreso Internacional Posverdad. Universidad de Málaga, 14-16 de junio 2023.
Derivado de lo anterior, resulta que en escenarios de polarización resulta más fácil mentir. La saturación informativa, la digitalización del espacio público y el exceso de medios que impulsaron las nuevas tecnologías, lo favorece. En el marco de una agenda dispersa y muchas veces fuera de control, resulta sencillo no sólo mentir sino encontrar a quienes se dejen engañar.
¿Por qué sucede así? Por un lado, porque la mayoría de la gente tiene que concentrarse en sobrevivir y satisfacer sus mayores necesidades. No hay suficiente tiempo para analizar y comprobar. Por el otro, por la proliferación de opiniones y discusiones públicas que mezclan, en forma indiscriminada, los hechos con las opiniones que parecen estar sustentadas en éstos.
Ante la aceptación tácita por parte de la sociedad de que mentir es parte de nuestra normalidad democrática, parecería que aceptar el engaño no importa. Pero no es así. Existen demasiadas situaciones en las que sí hay consecuencias… y muy serias. De ahí la importancia que tiene aprender a gestionar la verdad bajo parámetros éticos muy estrictos.
Recomendación editorial: Hana Arendt. Verdad y mentira en la política. España: Editorial Página Indómita, 2017.
