El exsecretario de Gobernación y hasta hace poco líder de la bancada de Morena en el Senado, Adán Augusto López, dejó —como es ya de conocimiento público— la coordinación de su fracción tras un prolongado desgaste con Palacio Nacional.
El tabasqueño, que representaba uno de los últimos resquicios relevantes del obradorato, terminó abruptamente su responsabilidad política luego de una cadena de episodios que fueron acumulando costos. Desde la imposición de Rosario Piedra Ibarra como titular de la CNDH, pasando por los escándalos de personajes cercanos —como el de la familia Bermúdez Requena—, hasta los apoyos que comenzaron a bordear la ilegalidad. Jornadas médicas, patrimonios inexplicables y una riqueza obscena, difícil de justificar, fueron minando su posición. Sin embargo, la gota que derramó el vaso fue la ruptura en la negociación con el Partido Verde, de cuyos votos depende Morena para sacar adelante la ansiada reforma electoral en esta Legislatura. Reza el viejo refrán: “A la política no llegas, te invitan; y de la política no te vas, te sacan”.
No resulta extraño, entonces, recordar la salida de Santiago Creel de la coordinación de la bancada panista. También exsecretario de Gobernación, en su caso con Vicente Fox, Creel nunca fue del agrado del entonces presidente Felipe Calderón, a quien incluso disputó la candidatura presidencial. Sus talentos negociadores nunca terminaron de cuajar y hoy transita de elección en elección por la vía plurinominal, acumulando derrotas cada vez que le toca coordinar políticamente un proceso.
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Nadie extrañó a Creel y nadie extrañará a Adán Augusto. Si bien es cierto que este último consiguió algunos aciertos en la administración de la presidenta Claudia Sheinbaum, ninguno fue suficiente para merecerle el beneplácito. Eso sí, logró algo más importante: el perdón. López Hernández no irá al paredón ni será el Quinazo de esta administración. Su castigo es otro: ser defenestrado en el Senado bajo el pretexto de asumir la coordinación territorial de una circunscripción fundamental, en la que nadie le tomará en cuenta. En Tabasco, además, difícilmente lo recibirán con los brazos abiertos; la administración estatal actual lo quiere menos que nada.
La historia se repite: quien sirve a dos reyes, con uno queda mal. Eso no lo entendieron ni Adán Augusto ni Alejandro Gertz. Por más avezados, por más políticos y por más calados que se creyeran, su final comenzó cuando fueron incapaces de decidir entre servir a Palacio Nacional o dar tumbos escuchando el canto de las sirenas allá por la Chingada, Chiapas.
Hoy la presidenta ocupa los espacios con paciencia y pragmatismo. Si la FGR representa los dientes, el Congreso le otorga el poder. Vendrán relevos en diversas carteras, algunas estratégicas y otras de dirección. No faltará quien crea que esto termina aquí o que el aura protectora del sexenio anterior se mantendrá intacta. La realidad es otra: esto apenas comienza.
En la Cámara de Diputados, el coordinador Ricardo Monreal parece haber leído todas las señales. Logrará terminar la Legislatura, se replegará, buscará espacios de contención y se acorazará ante una eventual embestida. Inteligente y siempre cauto, Monreal no arriesgará nada que suponga provocar la furia de Palacio.
¿Quién sigue? Esa es la pregunta que muchos se hacen. La CNDH, sin duda, está en la mira. La ineficacia y la falta de escrúpulos de su actual titular han dejado un vacío tan profundo que la propia Secretaría de Gobernación ha tenido que asumir funciones ante la ausencia de resultados y de conducción de su titular Rosario Piedra
Moneda al aire: Cuba
Una confusión significativa ha surgido entre las declaraciones del presidente Donald Trump y la presidenta Claudia Sheinbaum en torno al apoyo energético a Cuba. Por un lado, el mandatario estadounidense afirma haber solicitado expresamente que México no envíe petróleo a la isla; por el otro, la presidenta sostiene que ese tema no fue abordado. En cualquier caso, es evidente que existen canales diplomáticos abiertos entre La Habana y Washington que, en el mejor —o peor— de los escenarios, podrían conducir al fin del régimen cubano y a la reconfiguración política de la isla, hoy al borde del colapso tras décadas de bloqueos que la han mantenido sostenida casi exclusivamente por el apoyo internacional.
La pregunta es inevitable: ¿qué papel jugará México si el ultimátum trumpista se endurece, sabiendo que el interlocutor central de la relación bilateral mantiene un interés personal y político en desmantelar al régimen cubano?
