El bloqueo energético de Trump contra Cuba demuestra que la violencia que no produce imágenes espectaculares se normaliza.
Primero la violencia, luego el silencio, y eventualmente la indignación tardía que llega cuando su función ya no es proteger vidas sino administrar reputaciones y afianzar posiciones en el mapa geopolítico. Con Cuba, llevamos semanas instalados en la segunda fase.
Hace poco más de un mes, fuerzas estadounidenses ejecutaron en Venezuela una operación ilegal que incluyó el secuestro de Nicolás Maduro y la muerte de 100 personas. El mundo, ese que se llama democrático con una convicción inversamente proporcional a sus acciones, procesó el hecho con notable ecuanimidad. Mientras tanto, la administración Trump siguió empujando las fichas del tablero. Groenlandia ocupó los titulares unos días, generó editoriales encendidas sobre la inviolabilidad de la soberanía, y luego desapareció de la agenda.
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La atención de la violencia intervencionista de Trump se ha recrudecido ahora contra Cuba, con un bloqueo energético que pone a la población cubana —no al régimen, al pueblo— al límite de la crisis.
El 29 de enero, Trump firmó una orden ejecutiva que califica a Cuba como "una amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional estadounidense" y que amenaza con aranceles a cualquier país que le suministre petróleo. Un bloqueo energético diseñado para cortar el oxígeno a una economía ya devastada.
La intervención en Venezuela ya había cortado el suministro venezolano, que en su momento llegó a 10 mil barriles diarios. México, el segundo proveedor, interrumpió también los envíos: más del 80% de sus exportaciones van a Estados Unidos, y el costo de desafiar las amenazas arancelarias de Trump es demasiado alto. Claudia Sheinbaum envió ayuda humanitaria y declaró que no se puede estrangular a un pueblo así, pero los barcos de petróleo no han vuelto.
El resultado es real y cotidiano: apagones de hasta 20 horas, limitaciones al transporte y servicios públicos en crisis. Air Canada suspendió esta semana sus vuelos a Cuba porque ya no hay combustible de aviación disponible en la isla. El Secretario General de la ONU advirtió sobre el riesgo de un colapso humanitario. La democracia liberal, silencio.
Para entender esta lógica, y el silencio que la rodea, resulta útil ir a Rita Segato. La antropóloga argentina llama "pedagogía de la crueldad" a los actos de violencia que no buscan solamente dañar a su víctima directa, sino enviar un mensaje al colectivo: mostrar quién tiene el poder de destruir y hacerlo impunemente. Este aprendizaje erosiona de forma sistemática la empatía hasta que el dolor ajeno se convierte en ruido de fondo, en algo que simplemente ocurre.
La crueldad, en su marco teórico, no es solo el acto sino el efecto que produce en quienes lo observan. Y ese efecto requiere repetición, normalización, audiencia.
El bloqueo energético opera precisamente así. No produce imágenes espectaculares. Es la muerte lenta y administrada de las condiciones básicas de vida. Una forma de violencia diseñada para no parecer violencia, que permite a sus observadores mirar hacia otro lado sin sentir que están tomando una decisión. El objetivo declarado de Marco Rubio —artífice principal de esta política y cuya obsesión con Cuba tiene una larga trayectoria documentada— no es la democratización de la isla. Es quebrar la voluntad política de su población.
El silencio frente a un bloqueo energético que la propia ONU calificó de potencialmente catastrófico es imposible de ignorar. Pero el criterio nunca ha sido el sufrimiento humano: hay pueblos cuyo sufrimiento activa mecanismos de respuesta y hay pueblos que no. Cuba lleva décadas en la segunda categoría.
Eso también es parte de la pedagogía que describe Segato. Cuando un pueblo resiste décadas bajo un bloqueo sostenido por doce administraciones distintas y el mundo aprende sistemáticamente a no verlo, se está transmitiendo una lección sobre qué vidas merecen protección y cuáles no.
Lo que ocurre en Cuba en este momento no es un conflicto entre dos gobiernos. Es una política de asfixia contra la población: mujeres, hombres, infancias que no tienen calefacción en una isla que esta semana registró cero grados centígrados por primera vez en su historia, que no tienen combustible para bombear agua a sus casas, que ven cómo sus hospitales y escuelas operan a media capacidad.
Si el llamado sistema internacional —esa idea cada vez más frágil en tiempos de caudillos globales, diplomacia transaccional y multilateralismo de papel— tiene alguna posibilidad de recuperar el mínimo de autoridad moral, necesita pronunciarse con claridad ahora.
La pregunta no es si Cuba merece solidaridad. Es por qué, cada vez que la respuesta debería ser obvia, encontramos el mismo silencio. Y para quién, exactamente, es esa lección.
