El martes 27 de enero, el Consejo de Ministros español aprobó un Real Decreto que regularizará a cientos de miles de personas migrantes en situación administrativa irregular. Entre ellas, miles de origen latinoamericano que llevan años sosteniendo la economía española desde las sombras del trabajo informal.
La medida, fruto de un acuerdo entre PSOE y Podemos, es resultado directo de seis años de movilización del movimiento RegularizaciónYA, que reunió más de 700 mil firmas. No es casualidad. No es concesión. Es victoria de una lucha organizada que obligó al Estado a reconocer una realidad que existía mucho antes de que apareciera en ningún decreto.
El proceso regularizará aproximadamente medio millón de personas con autorización de residencia, derecho a trabajo legal, acceso a sanidad y protección de la unidad familiar. Este acuerdo es el fruto de una presión sostenida por parte de los colectivos migrantes y antirracistas que rompió años de inacción institucional.
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La contradicción europea
Una de las cosas más relevantes de este decreto es su momento histórico. Mientras el planeta gira hacia la militarización de fronteras y el endurecimiento del discurso antimigrante, desde el regreso del trumpismo hasta la ultraderecha europea, España elige reconocer derechos.
En Alemania, Italia, Francia y Polonia, el discurso antimigrante se ha normalizado. Partidos de extrema derecha ya no son marginales: están en coalición o cerca del poder. La retórica de la "invasión" se debate como política legítima, disfrazada de preocupación por la seguridad nacional.
Este decreto representa una grieta en el consenso del miedo. No es la primera vez que España regulariza a miles de personas, lo ha hecho en ocho ocasiones desde 1986 con gobiernos tanto del PP como el PSOE, cinco de ellas durante el periodo de José María Aznar.
Aunque la derecha actual finja haberlo olvidado, reconocer derechos a personas migrantes no es solo administrativo: es una declaración política sobre qué sociedad queremos construir. Se trata de quién cuenta como persona con derechos plenos y quién queda relegado a lo ilegal, invisible, desechable.
Democracia y precariedad diseñada
Hay algo profundamente antidemocrático en permitir que cientos de miles trabajen, paguen impuestos y contribuyan a la economía, pero negarles derechos básicos. De esta manera, la irregularidad administrativa no describe una condición inherente sino que describe políticas diseñadas para crear vulnerabilidad.
Desde México sabemos bien cómo se fabrica la ilegalidad. No solo esa que viven los paisanos en el norte: el muro, la patrulla fronteriza, las familias separadas. También la que aplicamos hacia quienes llegan desde el sur: redadas, estaciones migratorias que son cárceles, la Guardia Nacional convertida en herramienta de Washington.
La tramitación del Real Decreto demuestra que la voluntad política existe cuando hay presión suficiente. La iniciativa legislativa popular estuvo congelada meses pese a contar con apoyo parlamentario suficiente. Fue la insistencia del movimiento lo que desbloqueó el proceso.
El mensaje que nos resuena
La victoria de RegularizaciónYA es también una lección de estrategia política. Construyeron un movimiento amplio, articularon demandas claras, generaron presión sostenida y no cedieron ante la dilación burocrática. Consiguieron lo que les decían que era imposible precisamente porque nunca aceptaron que lo fuera.
Queda mucho por hacer. La regularización es un paso, no el destino. Las políticas migratorias europeas siguen siendo estructuralmente violentas y la xenofobia institucional persiste en múltiples formas. Pero este decreto demuestra que la organización popular puede ajustar el rumbo político.
La historia tendrá que recordar este momento no como una concesión, sino como una conquista: derechos arrancados mediante la lucha de quienes el sistema intentó volver invisibles.
Las comunidades migrantes en España acaban de demostrar que incluso el consenso xenófobo más sólido se resquebraja frente a la lucha organizada. Ese es, quizás, el verdadero mensaje: que la dignidad nunca se regala. Se pelea y se conquista.
