NICOLÁS MADURO

Venezuela y la ley del más fuerte

Hoy, estamos más cerca de vivir bajo la ley del más fuerte, y no deberíamos acostumbrarnos a eso. | Laura Rojas

Escrito en OPINIÓN el

La caída de Maduro deja tres mensajes que no deberíamos ignorar. El primero, que el desprecio abierto por el derecho internacional ya es oficial, sin disimulo ni pudor; y aunque eso no significa que debamos rendirnos, sí obliga a repensar cómo y con qué fuerza seguimos defendiendo las reglas comunes. La segunda presidencia de Donald Trump ha acelerado el desgaste del multilateralismo, evidenciando sin matices su ineficacia e irrelevancia, pero que las instituciones internacionales de la posguerra no funcionen –o no lo hagan suficientemente– no significa que no necesitemos unas que sí lo hagan. Sin reglas claras ni instituciones que las hagan respetar, el terreno queda libre para que otros países como China, Rusia o Israel decidan invadir, violar soberanías y anexar territorios sin consecuencias. En ese contexto, la postura de Alemania y Francia frente a lo ocurrido en Venezuela es reveladora: no condenaron la ilegalidad con la que actuó Estados Unidos. Aunque Maduro sea indefendible, su caída no justifica ignorar que se violó el derecho internacional. Formas legales. Ese silencio nos deja expuestos a todos, a merced del más fuerte del momento.

El segundo mensaje es un déjà vu inquietante: la doctrina Monroe, la que postula que América es para los americanos (estadounidenses),  ha vuelto en su versión 2.0. Ahora, orgullosamente, el presidente Trump la llama doctrina Donroe [combinación entre "Donald" y "Monroe”] y así América Latina, una vez más, está en la mira de Washington. “Estamos reafirmando el poder estadounidense de forma muy poderosa en nuestra región”, declaró sin rodeos un alto funcionario del gobierno de Trump. “El futuro dependerá de proteger comercio, territorio y recursos fundamentales para nuestra seguridad nacional”. Y ese tipo de afirmaciones -tan claras, tan directas- nos devuelven a una lógica imperial, donde los países de este lado del mundo valen en la medida en que sirven a sus intereses. No es una buena noticia para el vecindario.

Y el tercer mensaje es que no se trata de democracia ni de derechos humanos, sino de intereses. Muchos celebraron la intervención de Trump en Venezuela, empezando por la oposición venezolana y sus aliados regionales. Pero la emoción duró poco. Washington aceptó que la vicepresidenta Delcy Rodríguez —una figura clave del madurismo— encabece el gobierno de transición. Desde ahí, el régimen gana margen para negociar e incluso garantizarse impunidad. ¿Y entonces? ¿Venezuela pasará de una dictadura al tutelaje del imperio? La comunidad internacional tiene ahora la responsabilidad -ética y política- de presionar para que se convoquen elecciones libres lo más pronto posible para restaurar la institucionalidad en Venezuela.

El fin de semana, escuché a un reportero decir algo que se me quedó grabado: “Se pueden sentir dos cosas al mismo tiempo”. Y es verdad. Una puede alegrarse por la caída de un dictador que se sostuvo en el poder de forma ilegal e ilegítima, que persiguió a los opositores, que violó derechos básicos y que forzó a más de ocho millones de personas a dejar su país. Y, al mismo tiempo, puede -y debe- sentir preocupación por la forma en la que Trump y su gobierno decidieron intervenir. Porque lo que está en juego va más allá de un país. Lo que está en juego es la legalidad internacional. Hoy, estamos más cerca de vivir bajo la ley del más fuerte. Y no deberíamos acostumbrarnos a eso.

Laura Rojas

@Laura_Rojas_