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2026, el año para repensar la ONU

Uno de los retos más significativos es el que enfrenta la ONU tras la aprobación de un presupuesto reducido en comparación con el año anterior. | Cristopher Ballinas

Escrito en OPINIÓN el

El año 2026 inicia con grandes retos en múltiples frentes, muchos de ellos heredados de 2025 y otros derivados de coyunturas que se han vuelto casi estructurales en la agenda internacional y regional. Uno de los más significativos es el que enfrenta la Organización de las Naciones Unidas tras la aprobación de un presupuesto reducido en comparación con el año anterior. La Asamblea General adoptó a finales de diciembre de 2025 un presupuesto de 3.450 millones de dólares, equivalentes a unos 2,940 millones de euros, lo que representa una disminución de entre 7 y 15 por ciento respecto al ejercicio previo. El acuerdo, alcanzado tras semanas de intensas negociaciones en la Quinta Comisión, incluyó además la eliminación de entre 2,600 y 2,900 puestos de trabajo, afectando directamente áreas sensibles como derechos humanos, cooperación internacional y operaciones de paz.

En síntesis, el presupuesto garantiza la continuidad operativa del organismo, aunque con menos recursos y personal. El consenso alcanzado combinó disciplina fiscal con concesiones políticas en un intento por preservar la capacidad de la organización, lo que abre un debate sobre cómo sostener su eficacia en un escenario internacional marcado por crisis globales cada vez más complejas. Al mismo tiempo, refleja las tensiones entre los Estados que buscan imponer austeridad y aquellos que defienden mantener la plena capacidad institucional. Los recortes presupuestales podrían limitar la capacidad de respuesta frente a emergencias humanitarias y comprometer el mantenimiento de operaciones de paz, además de ejercer presión sobre programas de monitoreo y asistencia técnica en materia de derechos humanos.

El contexto actual es particularmente adverso para el multilateralismo, objeto de críticas crecientes en medio de desafíos como los conflictos armados, el cambio climático, las pandemias, el uso deshumanizado de la tecnología, las migraciones internacionales y el desarrollo desigual. No puede ignorarse que la burocracia internacional creció a un ritmo acelerado, con salarios elevados diseñados originalmente para atraer talento de primer nivel, pero cuyos resultados no siempre fueron visibles para los Estados miembros. A ello se suman escándalos de desvío de recursos, uso político de programas y agendas personales que han debilitado la credibilidad del organismo. En un entorno de tensiones políticas internacionales y regionales, estas prácticas alimentaron las críticas al multilateralismo y reforzaron la percepción de que la ONU se alejaba de los intereses de sus miembros.

Este momento debe entenderse como una oportunidad para replantear el multilateralismo. En medio de ajustes presupuestales y de crecientes críticas, la ONU, al igual que otros organismos multilaterales, enfrenta el reto de demostrar que sigue siendo un espacio indispensable para la cooperación internacional. Ello exige reflexionar sobre la manera en que deben estructurarse las instituciones internacionales para responder a desafíos globales cuyos efectos se manifiestan cada vez con mayor claridad en la vida de las naciones y de las personas. La austeridad, cuando no se acompaña de una agenda reformista, se convierte en un esfuerzo infértil.

El escenario abre también la posibilidad de repensar la arquitectura institucional y de construir un multilateralismo capaz de responder de manera efectiva a los retos globales. La discusión sobre el futuro de la ONU será inevitable a lo largo de 2026, un año marcado además por las campañas de quienes aspiran a dirigir la organización, lo que añade un componente político de gran relevancia a este debate.

La urgente reforma de la ONU no debe considerarse un lujo, sino una condición indispensable para enfrentar las crisis que ya marcan nuestro tiempo. Si la organización no logra transformarse, las emergencias globales continuarán imponiendo su agenda sin respuestas efectivas. El multilateralismo, en consecuencia, no puede reducirse a la mera administración de la austeridad, sino que debe rediseñarse con la capacidad de ofrecer soluciones reales a los desafíos que hoy amenazan la estabilidad del planeta.

Cristopher Ballinas

@crisballinas