#ANÁLISISDELANOTICIA

Del oro al litio, la eterna disputa por recursos naturales

Hay que alzar la voz contra los intentos de construir nuevos polos de poder que permitan equilibrar el sistema internacional y evitar que la lucha por los recursos naturales se convierta en el detonante de nuevas guerras. | Cristopher Ballinas

Escrito en OPINIÓN el

Durante la última semana ha sido frecuente escuchar en distintos medios, tanto impresos como electrónicos, la posibilidad de un nuevo conflicto bélico en el mundo. Las justificaciones mencionadas van desde la seguridad nacional y hemisférica, pasando por la lucha contra el narcotráfico, hasta la más velada, que en realidad apunta al control de recursos naturales estratégicos. Mientras las dos primeras razones podrían parecer legítimas en principio, la última revela un trasfondo económico que, dada la creciente escasez de dichos recursos, convierte la acción militar en un instrumento cuestionable.

La experiencia histórica muestra que gran parte de las guerras y batallas han tenido como trasfondo el control estratégico de recursos o de puntos geográficos clave para su transporte. Desde el feudalismo y el mercantilismo, la acumulación de poder global se ha sustentado en la adquisición, por medios pacíficos o violentos, de recursos naturales o del control de su comercio. En distintas épocas, la tierra, la madera, el oro, la plata y los diamantes fueron motivo de disputa. Más tarde lo fueron el petróleo y el gas, y hoy lo son el litio, los minerales raros y, de manera inevitable próximamente, el agua.

Con el advenimiento del capitalismo, la acumulación se trasladó hacia quienes controlaban los medios de producción y, en consecuencia, las materias primas necesarias para sostenerlos. La distribución geográfica de los recursos naturales es profundamente desigual. Algunos países fueron privilegiados con yacimientos indispensables para la transformación productiva en otros lugares. Para los primeros, decretar la propiedad nacional de esos recursos se convierte en una estrategia de supervivencia y soberanía. Para los segundos, la falta de acceso se percibe como una amenaza a su desarrollo económico. 

El optimismo globalizador se sustentaba en una visión parcial, ya que la globalización era concebida principalmente como un proyecto económico. Su propósito consistía en facilitar la expansión de las grandes corporaciones más allá de sus fronteras mediante la estandarización de regulaciones y la reducción de aranceles. La creación de bloques económicos, acuerdos comerciales y reglas internacionales buscaba condiciones más equitativas para el intercambio y, con ello, el desarrollo de las naciones. Lo que se denominaba “libre comercio” se presentaba como un bien universal, mientras que los regímenes que se oponían eran descalificados como “malos” o “arcaicos”. 

Lo económico dejó de ser un fin en sí mismo y se subordinó a objetivos mayores, como la preservación del poder y la hegemonía. De este modo, las arenas económicas se transformaron en herramientas políticas y geopolíticas para reforzar el poder nacional y asegurar el dominio regional e internacional. De ahí que las tensiones se traduzcan en presiones geopolíticas, bajo el argumento de que dichos recursos son estratégicos para el comercio global.

El derecho internacional establece que el uso de la fuerza armada por un Estado sólo puede justificarse en dos supuestos; la legítima defensa frente a un ataque armado, individual o colectivo, conforme al artículo 51 de la Carta de la ONU; y las acciones autorizadas por el Consejo de Seguridad bajo el Capítulo VII para mantener o restablecer la paz y la seguridad internacionales. En ambos casos, la respuesta debe ser necesaria, proporcional y notificada, lo que excluye como legítima cualquier escalada bélica motivada por intereses económicos o por el control de recursos naturales.

Sin embargo, en los tiempos actuales, la diplomacia ha sido sustituida por el cinismo y las verdaderas razones detrás de muchos conflictos son el deseo de las potencias de recuperar su hegemonía económica y política. Estas guerras, justificadas en nombre de la democracia, el orden global o el libre mercado, arrastran a las sociedades hacia escenarios de violencia y sufrimiento. No resulta sorprendente que esta confrontación se intensifique y que el ámbito internacional se presente cada vez más marcado por la fragmentación, la rivalidad y la inseguridad. 

La historia ha demostrado que, si no aprendemos a contener esos impulsos de control, todos salimos perdiendo. En un momento en que el multilateralismo se encuentra debilitado y sus instituciones cuestionadas, es imprescindible alzar la voz contra estos intentos y construir nuevos polos de poder que permitan equilibrar el sistema internacional y evitar que la lucha por los recursos naturales se convierta en el detonante de nuevas guerras.

Cristopher Ballinas

@crisballinas