EXCMA. SR. MTRA. DOÑA RAQUEL BUENROSTRO, PALADÍN DE LA ANTICORRUPCIÓN (jeje) Y ADALID DEL BUEN GOBIERNO (jiji).
Muy Inane e Insustancial Señora Secretaria:
Me ha sido harto penoso escribir esta carta. No se trata, Vuestra Gracia puede estar segura, que me faltara tema. Ahí tiene, por ejemplo, el asunto de Groenlandia, donde podría hacer de abogado del diablo y defender la muy patriótica e imperialista iniciativa de Míster Trump, pues sólo los distraídos ignoran que de las cincuenta estrellas que luce la bandera gringa, tan sólo trece figuraban en la enseña original: las otras 37 han sido adquiridas a la fuerza, mediante compra o conquista, y en muchas ocasiones, mediante conquista disfrazada de compra.
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No la cansaré con una relación pormenorizada de tales atropellos. Tan sólo apuntaré que en fecha tan temprana como 1787, los bravos del norte le arrebataron a los aborígenes los territorios situados al oeste del río Ohio (de ahí salieron Ohio, Indiana, Illinois, Michigan y Wisconsin); que en 1803 el presidente Jefferson le pagó a Napoleón quince millones de dólares por la Louisiana (un territorio enorme, mayor que el México actual, que llegaba desde el golfo de México –hoy Golfo de América—, hasta Canadá); que en 1819 obligaron a España a cederles la Florida (precio de venta: cinco millones de dólares, pero España no vio ni una peseta, pues el dinero sirvió para cubrir reclamaciones de guerra de los colonos americanos); que en 1845 se agenciaron Texas, que era nuestra; que en 1846 le quitaron a Inglaterra lo que hoy son Oregon y Washington; que en 1848, tras masacrar a los Niños Héroes en Chapultepec, nos obligaron a aceptar quince millones de dólares por otro territorio enorme (donde caben California, Arizona, Nuevo México, Nevada. Utah, Colorado, y partes de Wyoming, Kansas, Oklahoma y Montana); que en 1854 le compraron a Santa Anna, el ‘guerrero inmortal de Cempoala’, según rezaba nuestro Himno Nacional, el territorio de La Mesilla por diez millones de dólares; que en 1867 le compraron a Rusia, a menos de un centavo la hectárea, la península de Alaska; y seguramente, cansados de tanto pagar, que en 1898 derrocaron a la reina Lili?uokalani y se quedaron con las islas de Hawaii.
Estoy omitiendo de esta lista otros despojos de territorio que no alcanzaron la categoría de estado, como Puerto Rico y el archipiélago de Guam (1898, a España), como el Canal de Panamá (separándola de Colombia, en 1903), como la base de Guantánamo, en Cuba (con una renta de dos mil dólares anuales, de 1903 a 1999), como las islas Filipinas (en 1903, por 20 millones de dólares, vendidas por España), como las islas Samoa (territorio independiente, anexado sin pago en 1900), y las Islas Marianas (España las subastó en 1898, las compró Alemania, y Estado Unidos se las quedó después de la II Guerra). Dejé fuera del recuento una compra significativa: las Islas Vírgenes, propiedad ¡de Dinamarca!, que las remató por 25 millones en 1917, la misma Dinamarca que hoy está tan ofendida porque el Güero del Copete Anaranjado le está haciendo una oferta por Groenlandia.
No es la primera vez que eso sucede. Después de la II Guerra, el presidente Truman les ofreció cien millones de dólares por ese ‘pedazo de hielo’, siendo rechazado por los daneses con la dignidad que requería tal ofensa anexionista, aunque es posible que en el fondo no les hayan llegado al precio, considerando que se trata de la isla más grande del mundo (mayor que México en superficie), y bajo su gélida cubierta guarda insospechadas reservas de petróleo y diversos minerales.
No quería cansar a Vuestra Paciencia con tanto parloteo, y ya lo hice. La cuestión es que no puedo decir cosas nuevas de Groenlandia, como tampoco se me ocurre algo que pueda avivar el debate sobre lo más canijo que sucede por el momento en los Estados Unidos, que no es otra cosa que el asesinato de ciudadanos estadunidenses por los guerrilleros del Immigration and Custom Enforcement, el siniestro ICE, un grupo paramilitar de encapuchados que sin ninguna orden judicial se meten a tu casa rompiendo puertas, te bajan del coche a culatazos y, si te pones al brinco, te matan a balazos, según quedó documentado con los casos del ama de casa Renée Good y el enfermero Alex Pretti.
‘Terroristas domésticos’ los llamó Kristi Noem, secretaria de Seguridad Nacional, el funesto DHS, refiriéndose a las víctimas, no a los matones. No tuvo ningún empacho en repetir su dicho el vicepresidente J. D. Vance, y toda una corte de halcones por vocación, que se oponen sin pudor a que los homicidios sean investigados. Es inevitable tener la impresión, no sé si Vuestra Dureza coincidirá conmigo, de que lo que estamos viendo es la gestación de un dictador hecho y derecho, para colmo vecino, para colmo líder de la potencia más poderosa del universo conocido.
A este respecto, tengo una teoría personal alucinada y peregrina, que me gustaría compartir: los dictadores no nacen, se hacen. No creo que Trump, cuando era showman en su programa de televisión “El Aprendiz”, cuando se iba de parranda con el pedófilo Jeffrey Epstein, cuando se revolcaba con las porno-star en sus casinos, estuviera soñando que algún día sería dictador de Estados Unidos. Pero las circunstancias lo llevaron a la presidencia y ahí comprobó, porque lo sabía de antiguo, que la inmensa mayoría de la gente adora a los fanfarrones, que toleran sin chistar los abusos, que aceptan con docilidad las violaciones a la ley, que ven con simpatía los atropellos de los machos alfa, y entonces, como tantos tiranos en el pasado, tal vez nació en su pequeño cerebro la idea de que quiere, de que debe y de que puede perpetuarse en el poder, para ejercerlo sin oposición y sin límite.
Para muestra, ahí están los asesinatos a sangre fría de los sicarios de ICE, palabra que casualmente se traduce como hielo, y que coincide con la tormenta de nieve más intensa de los últimos cien años, misma que afecta a la mitad de los estados de la Unión Americana y que, sin duda, dejará una estela de dolor y de muerte. Pero tampoco de eso quiero escribir, porque cuando estas líneas se publiquen, el temporal habrá dejado de ser noticia, y probablemente Trump ya haya atacado algún país amigo o enemigo.
¿De nuestro país, entonces? ¿De la reforma electoral? Tampoco tengo materia (gris) porque aún se desconoce el documento. He oído docenas de filtraciones, unas que sí, otras que no, pero todas coinciden en que modificar la ley no puede tener otro objetivo que concentrar aún más poder en el mando único de Morena, vaya Vuestra Merced a saber de quién están hablando. Además, para ese efecto, tendría que escribirle al presidente de la Corte quien, hasta donde sé, anda muy ocupado en medios, diciéndolo a quien lo quiera oír que la compra de nueve camionetas de lujo para los ministros de la austeridad no es culpa suya, sino del gobierno de… ¡Felipe Calderón!
Llegado a este punto, mejor me confieso: no tenía ganas de escribir esta carta. De hecho, ya no tengo ganas de seguir escribiendo Cartas desde Cancún, porque ya me cansé y supongo, de manera lógica, que los escasos lectores que aún se animan a seguir estas parrafadas kilométricas estarán al borde del colapso. Mas deber llama: no me puedo ir como las chachas. Como decía ese inmortal filósofo llamado Juan Gabriel, hay que bajarse del escenario antes de que la gente deje de aplaudir.
***
Vuestra Impaciencia coincidirá conmigo en que, al mal paso, hay que darle prisa. Con esa urgencia en mente, me agarré de la primera cosa que se me vino a la cabeza, que ha sido, además, el único tema de conversación en mi pueblo adoptivo durante las últimas semanas: Fitur. Ese es el acrónimo de la Feria Internacional de Turismo, que se celebra cada año en Madrid los últimos días de enero.
Como en todas las ferias turísticas, aquí la idea es juntar vendedores y compradores para que hagan negocio. ¿Qué se vende? Destinos de playa, de montaña, de aventura, de romance, de cultura, de gastronomía, de parranda, y hasta de pecado. O sea, vacaciones, por no decir ilusiones. ¿Qué se compra? Boletos de avión, noches de hotel, rutas de crucero, excursiones en autobús, tiempos compartidos, todo incluidos, viajes de pesca, rondas de golf, conciertos de música, en fin, la lista es más larga que la imaginación.
Como Quintana Roo vive del turismo y de nada más, es lógico que asista a las ferias para ofrecer sus amplísimo inventario: 135 mil habitaciones hoteleras, vuelos directos a 123 ciudades diferentes, los puertos de cruceros más grandes del Caribe (Cozumel y Majahual, con siete millones de pasajeros), una docena de parques temáticos (Xcaret y anexas), otra docena de campos de golf (calidad PGA), muchos sitios arqueológicos a tiro de piedra (Chichén, Tulum, Cobá, Uxmal, Kohunlich, Calakmul), y, para no volverla a cansar, unas 150 excursiones turísticas diferentes, según reza la propaganda del consejo de promoción local.
Así que ahí le va medio Cancún, en oficio de vendedor, a (casi) todas las ferias turísticas (incluida Fitur), porque para colocar tanta oferta hay que crear mucha demanda: flujos masivos y constantes de vacacionistas en busca del paraíso encontrado. Este 2026, según reportes de prensa que tengo a la mano, nuestra delegación hizo bastante ruido. Con la audacia que la caracteriza, la gobernadora Mara Lezama y su numeroso séquito bautizaron al Caribe mexicano como la “capital mundial de las vacaciones”, un eslogan que se multiplicó en los titulares de la prensa especializada. Tal vez no lo sea, tal vez ese título le corresponda a Las Vegas (que tiene más cuartos) o a París (que tiene más visitantes), pero el turismo es un negocio de imagen, el lema es una ocurrencia atrevida y feliz y, como dice el refrán, palo dado ni Dios lo quita.
Como sea, el Caribe mexicano va a necesitar más que un eslogan para salir del bache en que se encuentra. Una serie de circunstancias —algunas previsibles, otras fortuitas; algunas externas, otras locales—, han formado una suerte de tormenta perfecta sobre nuestras playas de color turquesa y están afectando, de manera significativa, los flujos hacia el destino. Ahí le va, de manera atrabancada, una breve lista de infortunios. Uno, no llegan al aeropuerto de Cancún suficientes aviones, la vía favorita de acceso. Dos, los que llegan vienen retacados, así que los precios del boleto andan por las nubes. Tres, Cancún y anexas (la Riviera y Tulum) están carísimos, con tarifas de hotel y restaurantes parecidas a las de Europa. Cuatro, ya nos están pegando siete años sin promoción de la marca México, de parte del gobierno federal. Cinco, más duro nos está pegando la percepción de inseguridad, que además es real: hay mucho crimen, organizado y desorganizado. Seis, se nota la debilidad de la economía de Estados Unidos: vienen menos, y los que vienen, gastan menos. Siete: las redes sociales están repletas de historias truculentas sobre los abusos de los taxistas. Ocho y sumando…
Todas esas calamidades se reflejan en los flujos: en 2023 se registraron 32 millones 750 mil pasajeros (récord histórico); en 2024, ya en marcha la tormenta perfecta, 30 millones 400 mil; en 2025, contra los pronósticos, otro apretón: 29 millones 345 mil. En total, tres y medio millones menos, una pérdida neta del diez por ciento, que a la hora que se traduce en menos empleos y menos consumo es una catástrofe. No tengo idea de cómo vamos a salir del embrollo, pero la declaratoria unilateral de que somos la capital mundial de las vacaciones no parece un mal comienzo.
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No me diga, Vuestra Flojedad, que ya la volví a cansar, porque apenas comienzo con lo que quería decirle. Pero seré breve y, además, se lo voy a pasar a nivel chisme. No lo vaya a tomar como denuncia, y menos como delación, pues lo único que pretendo es ponerla al tanto de lo que sucede en el esforzado gobierno de la austeridad.
Pues bien: fíjese que a Fitur fueron mil 500 mexicanos, la mayor delegación de los ciento y pico de países con representación oficial. Esa parece una buena noticia, pero ahí viene la mala: a ojo de buen cronista, la mitad eran funcionarios públicos. México montó el stand más grande de la feria (con excepción de España), y el sitio no sólo estaba concurrido, sino que estaba congestionado, pero en su inmensa mayoría la muchedumbre estaba integrada por el achichincle del achichincle del achichincle. Diputados, presidentes municipales, regidores, síndicos, jueces (¡!), rectores (¡¡!!), una auténtica romería de burócratas mayores y menores, eso sí, cada uno con su secretario particular, su jefe de prensa oficial y su fotógrafo personal.
¿Qué hacía esa multitud en Madrid? Pues pasear, de lo lindo. Hospedarse en un hotel de la Castellana, comer en lo de Esteban o en lo de José Luis, irse de marcha al barrio de Salamanca, darse una vuelta a los asadores de Segovia o de Toledo, dejarse ver por el Corte Inglés y, si las finanzas públicas lo permiten, darse taco viendo al Real Madrid en el Santiago Bernabéu. Y como no quiere la cosa, ir un rato al pabellón de México, para tomarse la foto de rigor (la que sirve para comprobar gastos).
Aunque eso no siempre es necesario. Un colega que sabe del tema me dice que ese derroche ‘no es rastreable’. La maniobra es la siguiente: las dependencias contratan agencias de relaciones públicas o de publicidad, y en los contratos se incluye, pero no se especifica, la cobertura de gastos incidentales o imprevistos. Por ejemplo, la pachanga de Madrid.
Claro, hay que cuidarse del balconeo en Facebook. A la secretaria de Turismo de Chiapas se le pasó la mano: agarró la fiesta con mariachis y el gobernador la cesó a larga distancia. Y también es gacho que a uno lo saquen viajando en primera clase o en business, algo seguro si uno agarra vuelo en Iberia o Aeroméxico. Para evitar ese bochorno, algunos optaron por llegar haciendo escala en Estados Unidos, pero la mega-tormenta de hielo les impidió el regreso. ¡Qué mala pata! Con la pena, pero se tuvieron que quedar otra semana en Madrid.
Como le dije hace rato, Vuestra Indolencia debe hacer caso omiso de estos cotilleos. Lo que sí quiero sugerirle, para evitar burlas crueles y ataques arteros, es que promueva una reforma legal, cosa fácil con la descalificada mayoría que tiene Morena en el Congreso, para modificar el nombre de la dependencia que encabeza, pues todo mundo sabe que la 4T tiene cero de calificación en Anticorrupción y no pasa ni de panzazo en Buen Gobierno.
Desde hace muchas décadas, aunque con diferentes nombres (Contraloría, Función Pública), la oficina en comento solo ha tenido dos funciones: la de tapadera (de los cuates) y la de coladera (de las pruebas de delitos). ¿A qué viene que exista una Unidad de Transparencia para el Pueblo, cuando se sabe a nivel galáctico que la 4T es uno de los gobiernos más opacos del universo conocido, presto a esconder por décadas, con el pretexto de la seguridad nacional, lo que no quiere que se sepa? ¿Qué pasa con la política pública de Control del Gasto, tan ineficaz que cientos de funcionarios públicos pueden irse a la Fitur de Madrid a dilapidar nuestros dineros?
Tiene que ser un humorista consumado quien sugirió la denominación actual de su oficina, la secretaría Anticorrupción y Buen Gobierno, pues sería noticia de ocho columnas que un solo pillo, de los miles que infectan el Supremo Gobierno, fuera obligado a pagar por sus fechorías. Y queda muy claro que el antídoto contra la corrupción y el mal gobierno no puede ser, simple y sencillamente, un buen rostro. Tras ese pésimo chiste, acepte Vuestra Pasividad el toque de retirada cansino y desencantado de
