En las últimas décadas se ha vuelto cada vez más frecuente observar un fenómeno que, a primera vista, parece contradictorio: amplios sectores populares, trabajadores precarizados y ciudadanos empobrecidos votan por partidos o líderes de derecha, conservadores y defensores del modelo neoliberal. Desde la perspectiva del filósofo italiano Diego Fusaro, esta aparente paradoja no es un error del electorado ni una simple manipulación coyuntural, sino el resultado de una profunda transformación cultural impulsada por el capitalismo global.
Para Fusaro, el neoliberalismo ya no gobierna únicamente mediante la economía o la coerción, sino a través de una hegemonía ideológica que moldea conciencias, deseos y percepciones de la realidad. El sistema ha logrado que los sectores dominados piensen con las categorías de los dominadores. De este modo, la pobreza deja de entenderse como una consecuencia estructural del modelo económico y se convierte en una responsabilidad individual.
Este cambio de mentalidad se sostiene en el mito de la meritocracia, uno de los pilares del discurso neoliberal. Según esta lógica, cualquiera puede triunfar si trabaja duro, y quien no prospera es porque no lo merece. Fusaro denuncia que esta narrativa oculta las desigualdades reales de partida y legitima la concentración de riqueza.
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Otro elemento central es la transformación de la izquierda contemporánea, que abandonó la defensa de la clase trabajadora para centrarse en agendas culturales, dejando intacta la estructura económica del capitalismo.
La derecha ocupa ese vacío con discursos de orden, nación y tradición, ofreciendo seguridad simbólica en tiempos de crisis. Los medios de comunicación refuerzan esta hegemonía al glorificar el éxito individual y demonizar las políticas sociales. En síntesis, el capitalismo ha logrado no solo empobrecer, sino también colonizar la conciencia de quienes más sufren sus efectos. Como señala Fusaro, el verdadero triunfo del sistema es lograr que los pobres amén el orden que los empobrece.
