HISTORIA

Corazones ajenos, hogueras propias

Leer la historia sin la superioridad moral del vencedor obliga a cuestionar cómo se usó la palabra “sacrificio” para juzgar unas violencias y absolver otras. | Rubén Islas

Escrito en OPINIÓN el

“No hay hechos, solo interpretaciones”: Nietzsche 

Si tomamos en serio esta sentencia —y no como simple provocación retórica— estamos obligados a leer la historia sin la superioridad moral del vencedor. Porque si no hay verdades absolutas, sino interpretaciones, entonces también lo es la noción de sacrificio humano aplicada con severidad a las culturas prehispánicas y con indulgencia piadosa al cristianismo europeo.

Conviene, antes de seguir condenando, detenerse en la palabra misma. Sacrificio proviene del latín sacrificium, compuesto de sacer (lo sagrado) y facere (hacer). Sacrificar no significó originalmente matar, sino hacer sagrado, separar algo del uso común y consagrarlo a una esfera superior. El sacrificio no nace como violencia, sino como acto de tránsito simbólico: algo deja de pertenecer al mundo ordinario para ingresar al dominio de lo intocable. La muerte, cuando aparece, es un medio, no la esencia del concepto.

El uso práctico del sacrificio, en casi todas las culturas antiguas, fue ritual, económico, simbólico o propiciatorio. Se sacrificaban animales, frutos, objetos, tiempo, incluso palabras y silencios. La vida humana, por definición, quedaba fuera de este marco conceptual, precisamente porque el sacrificio implicaba sustitución, no aniquilación del semejante. Llamar sacrificio a la eliminación sistemática de personas es ya una torsión semántica, una apropiación interesada del lenguaje para justificar la violencia.

Durante siglos se ha afirmado, con tono escandalizado, que los pueblos de América practicaban sacrificios humanos. Se dijo como si Europa hablara desde una civilización moralmente aséptica, incapaz de ofrecer cuerpos en nombre de lo sagrado. Pero la coherencia histórica —no la fe— obliga a una conclusión incómoda: si aquello fue sacrificio humano, entonces la Inquisición también lo fue, y con mayor rigor conceptual.

Se sostiene, desde evidencias no refutadas —en el sentido popperiano—, que las culturas prehispánicas ofrecían vidas dentro de una cosmovisión en la que el cosmos mismo exigía equilibrio, reciprocidad y deuda. No se trataba de sadismo, sino de una ontología trágica. El cristianismo europeo, por su parte, ofreció cuerpos para preservar la verdad revelada, salvar almas y sostener el orden de la fe. Cambian los nombres de los dioses; permanece intacta la lógica sacrificial.

El terror que debieron experimentar los pueblos de América al ver a Cristo crucificado no fue menor. Un dios muerto, torturado, humillado y exhibido como símbolo sagrado no podía sino provocar horror. La cruz no es solo redención; es pedagogía del dolor, glorificación del sufrimiento como vía de salvación. Europa no llevó únicamente fe: llevó una estética de la herida.

Y si la cruz ya es inquietante, la misa eleva la ironía sacrificial a su extremo: comer el cuerpo y beber la sangre del dios sacrificado. Europa llamó a esto misterio; otros habrían podido llamarlo antropofagia simbólica. La diferencia no es teológica, sino retórica.

Los pueblos de América fueron acusados de barbarie por ofrecer corazones; Europa ofrecía hostias. La diferencia no es moral, es semántica. Una operación lingüística permitió convertir la violencia propia en liturgia y la ajena en salvajismo.

La Inquisición fue la extensión lógica de esta teología: víctima, altar, sacerdotes y un bien supremo que exigía la ofrenda. La plaza sustituyó al templo; la hoguera al cuchillo. Allí donde el sacrificio había perdido toda dimensión simbólica y se convirtió en administración de la muerte, el cristianismo dejó de consagrar y comenzó a exterminar.

Si sacrificio es hacer sagrado, entonces ningún asesinato humano puede llamarse así sin pervertir el lenguaje. Pero si se insiste en usar el término, no hay escapatoria conceptual: la Inquisición fue una maquinaria sacrificial cristiana, perfectamente organizada, doctrinalmente justificada y moralmente exculpada por quienes escribieron la historia.

Nietzsche tenía razón. No hay verdades puras; hay interpretaciones armadas de poder. Y pocas palabras han sido tan eficazmente armadas como sacrificio.

Rubén Islas

@RubenIslas3