Venezuela no merecía una dictadura; Maduro rebasó con creces los límites de lo que un pueblo puede soportar. La comunidad internacional, salvo señaladas excepciones, señaló en reiteradas ocasiones las flagrantes violaciones a los derechos humanos en Venezuela y condenó sin rodeos la descarada destrucción de las instituciones democráticas de ese país hermano. La democracia en Venezuela dejó de existir; además, una corrupción rampante y una violencia desmedida medraron aún más la economía de un país riquísimo en recursos y sumieron a la población en condiciones de una precariedad vergonzante. Millones de venezolanos optaron por dejar su bello país y enfrentar las penurias de una migración forzada. No, Maduro no tiene defensa.
Venezuela tampoco merecía una transición que llegó a caballo de la intervención armada de la potencia que ha reivindicado para sí misma la prerrogativa de extender un protectorado no solicitado a todo un continente.
La declaración del Gobierno de México acierta al condenar dicha intervención militar; apunta atinadamente a los preceptos que establece la Carta de las Naciones Unidas sobre el “uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado”. El Gobierno de España, de manera correcta, no reconoció al gobierno de Maduro, pero afirmó que “no reconocerá una intervención que viole el derecho internacional”.
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Sí, es cierto, hoy una buena parte de la población venezolana en el exilio se regocija ante la salida de Maduro del país; no me atrevo a criticarlos. Maduro personificó el mal que les obligó al autoexilio; el régimen venezolano les privó de mantener una vida normal y les arrebató el sentido de seguridad. Pero lo que sucedió no es producto de una decisión del pueblo y la estabilidad de Venezuela —y de la región, por cierto— está lejos de estar garantizada. Algunos que hoy festejan argumentarán que no había otro camino, que esa era la única alternativa; respeto su pensar. Pero lo que hoy supimos es que los Estados Unidos van a administrar (uso esta palabra con cautela) Venezuela hasta que una transición pacífica pueda llevarse a cabo (“US will run Venezuela until safe transition takes place”); sí, habrá que ver condiciones y calendario, pero el pueblo venezolano no gobernará, no en un futuro que podamos hoy fijar en el calendario. Se nos dijo, además, que las compañías norteamericanas dedicadas a explotar el petróleo venezolano contribuirán con sus ingresos a reconstruir la infraestructura venezolana. Hoy por hoy está fuera de cualquier calendario el cómo y el cuándo el pueblo venezolano podrá decidir sobre el destino de su riqueza en materia petrolera y minera.
Todos somos América y sí, América debe ser de los americanos. Nuestro continente tiene 35 países y cada uno de ellos, si creemos en el derecho internacional, tiene un dominio preeminente sobre su territorio y sus recursos, es dueño de su destino. Y hoy recibimos la gélida confirmación de lo que ya veíamos venir: hay en nuestro continente un hegemón que se deslinda a paso acelerado de vincularse con una agenda global, pero que aprieta el paso para consolidar su presencia desde Alaska hasta la Antártida.
Entre diciembre de 1989 y enero de 1990, los Estados Unidos invadieron Panamá y, mediante la operación Nifty Package, capturaron a Manuel Noriega; ahí para la comparación. Lo sucedido hoy pondrá a los Estados Unidos frente a una mayoría de Estados que condenarán la intervención armada y, sin embargo, hay un mensaje claro: la presencia norteamericana en Venezuela durará el tiempo que sea necesario para asegurar la presencia de empresas norteamericanas en un clima que favorezca el crecimiento de sus negocios. En la hoja de ruta que hoy conocimos no aparecen las palabras que insinúan una rápida transición democrática, sino una transición segura; no es lo mismo. Hoy, me imagino, la viabilidad de que la aspirante María Corina Machado llegue al poder fue desestimada por Trump; hoy nadie habló de quién ganó las últimas elecciones. Hoy, seguramente, los residuos del régimen de Maduro se atrincherarán no para resistir, sino para negociar. Sin embargo, nadie puede asegurar que Venezuela no se sumerja en una peligrosa inestabilidad; sí, el mismo tipo de espiral descendente que el mundo ha presenciado cuando las potencias intervienen para provocar cambios de régimen. Un cuadro de inestabilidad en Venezuela también afectaría a toda la región.
Hoy, Trump aprovechó para notificar a los líderes de la región que sus amenazas no están huecas y tundió por nombre al presidente de Colombia. La región entera caminará por linderos desconocidos y peligrosos.
Hoy, Trump, a pregunta expresa sobre los intereses petroleros y de otra naturaleza, aseguró que no tendrá problemas para ponerse de acuerdo con Putin. Un comentario similar hizo cuando le preguntaron por la probable reacción china, dadas las cuantiosas inversiones que mantiene en Venezuela. Por lo pronto, las cancillerías de ambos países condenaron la intervención militar y la captura de Maduro. Lo que se dispute o acuerde con Beijing y Moscú tendrá importantes repercusiones en otros rincones del planeta, en otros puntos de la muy complicada agenda global.
Hoy hay un claro perdedor: Nicolás Maduro. Muchos más celebran. ¿Quién realmente ganó?
