¡Qué ironía del destino! Hace 25 años, en el 2000, las cámaras digitales eran el futuro con unos 32 millones de unidades profesionales vendidas en todo el mundo; para pasar en 2010 a 121 millones vendidas, pero en 2024 apenas arañaron los 8 millones. Un desplome del 93% desde el pico, cortesía de los smartphones que nos vendieron la ilusión de ser todos Ansel Adams con celular en mano.
Imagínense: pasamos en una década, de cámaras compactas por doquier (109 millones en 2013) a solo 1.7 millones en 2023, mientras las mirrorless y DSLR se aferran a los 6 o 7 millones anuales como náufragos en un bote salvavidas. CIPA -Camera & Imaging Products Association, una organización japonesa que agrupa a los principales fabricantes de cámaras y equipos fotográficos como Canon, Nikon y Sony- revela que en 2025 sólo se vendieron 8.6 millones de cámaras, un "crecimiento" que suena a consuelo de tontos en un mercado donde el iPhone ya es la cámara por defecto, vendiendo solo el año pasado 247 millones de unidades, además de todas las marcas que le compiten.
Producción y ventas van de la mano con estos datos de CIPA: el mundo ya no compra cámaras porque, seamos sinceros, ¿quién necesita una cuando tu bolsillo graba en 4K?
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¡Ay, la industria audiovisual, ese circo que pasó de ser un club exclusivo para genios con película de 35mm a un parque de diversiones donde tu primo con un iPhone se cree Scorsese!
Antes, en los 2000, producir un video decente requería un equipo de 20 personas: camarógrafos, iluminadores, sonidistas y un productor que gritara "¡luz!" como en Hollywood.
Hoy, en 2026, cualquiera graba un reel en 4K desde el baño con apps gratuitas como CapCut, y pum, contenido viral para TikTok. El mercado global de smartphones con cámaras avanzadas superó los 1,200 millones de unidades vendidas en 2025, eclipsando los 8 millones de cámaras profesionales que les mencioné en la entrada de esta columna.
Pero el golpe bajo viene con los empleos: según informes de la industria, los puestos para profesionales audiovisuales tradicionales cayeron un 40% desde 2010, mientras el freelance barato explotó con plataformas como Fiverr, donde un edit de 30 segundos sale en 10 dólares.
Antes, un proyecto corporativo costaba miles por día de rodaje; ahora, una PYME lo resuelve con un influencer por la mitad, abaratando el trabajo hasta el absurdo. Datos de Statista muestran que el gasto en producción profesional se estancó en 200 mil millones anuales, pero el contenido generado por usuarios desconocidos ya acapara el 60% del marketing digital, dejando a los pros comiendo migajas.
Y el remate irónico: mientras las grandes ligas como Netflix invierten en IA para postproducción, el promedio mortal inunda YouTube con 500 horas de video por minuto, diluyendo la calidad pero democratizando el show. El valor del mercado de video creció a 15 mil millones en 2025, devorando presupuestos que antes iban a estudios con grúas y steadycams. Así que brindemos por la era del "todo el mundo es un director estrella", donde el talento se mide en likes y los empleos reales se evaporan como VHS en microondas. ¿Progreso o caos glorioso?
¡Y aquí viene la paradoja deliciosa: tanta gente ha llegado tan lejos con tan poco en la formación audiovisual porque el listón de la "calidad" se desplomó más rápido que un dron sin batería! Antes, llegar a prime time requería un máster en cine, contactos en Cannes y un presupuesto de seis cifras; hoy, con un celular de gama media y tres tutoriales de YouTube, te plantas en Netflix como creador de documentales virales o en TikTok facturando miles por challenges tontos. Plataformas como Instagram o YouTube democratizaron el acceso con algoritmos que premian el gancho emocional sobre la técnica impecable, catapultando a “creadores” con cero experiencia a audiencias de millones, mientras los egresados del CCC mendigan en bodas.
El secreto sucio es que "llegar lejos" ya no mide profundidad artística, sino métricas de engagement: likes, shares y views que convierten al aficionado en influencer millonario. Casos como el de MrBeast, que pasó de grabar con papás webcams a un imperio de 500 millones de suscriptores usando trucos de edición básica y thumbnails clickbait, o influencers latinos que monetizan reels locales con drones de 200 dólares.
La barrera de entrada es tan baja que el 80% del contenido top en redes es amateur, probando que en esta jungla digital, el hustle y un buen filtro valen más que un steadycam y un Oscar postergado.
¡Bienvenidos al nuevo Hollywood de bolsillo!
