La historia del periodismo en México y otras latitudes, siempre ha navegado entre la obsesión por la verdad y la tentación de la mentira. Pero ahora, en plena era de la inteligencia artificial, parece que el barco ha perdido el timón. Los algoritmos no solo redactan notas más rápido que cualquier becario, sino que también fabrican mundos posibles donde todo parece coherente, incluso lo falso. El futuro nos alcanzó como una avalancha de titulares perfectos, imágenes realistas y voces sintéticas que confunden a cualquiera con una mínima conexión a internet. Y lo peor: a las audiencias les da igual.
Durante décadas los medios mexicanos tradicionales presumieron su credibilidad, su marca, su linaje. Así lo hacían saber desde el Excélsior de Scherer, o la revista Proceso, el viejo Unomásuno y La Jornada entre otros. Pero en esta nueva selva digital donde un adolescente con acceso a ChatGPT puede producir una nota “mejor escrita” que la de un reportero con veinte años de experiencia, las viejas jerarquías se diluyen. Ya no importa quién escribe, sino cómo se ve el texto en pantalla. Los filtros, los reels y los títulos clickbait se convirtieron en los nuevos manuales de estilo.
Si antes la noticia era “lo que alguien no quiere que se publique”, hoy parece más bien “lo que el algoritmo decide mostrar”.
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En este contexto, la crisis de credibilidad de los medios no es solo consecuencia de la desinformación: es también un reflejo de nuestra pereza colectiva. El público, saturado de estímulos, dejó de valorar el esfuerzo detrás de la verificación o la autoría detrás de una nota bien construida. Un “influencer” cualquiera puede opinar sobre geopolítica con la misma autoridad que un corresponsal internacional, porque ambos caben en la misma pantalla. La democracia informativa terminó siendo una ilusión óptica: todos publican, nadie contrasta, y el ruido vence al rigor.
La inteligencia artificial promete “democratizar” la creatividad, pero también ha despersonalizado la palabra. Cuando cualquier texto, foto o video puede generarse en segundos, ¿de quién es la historia? ¿Del programador, del modelo, del usuario que la pidió? O, más incómodo aún: ¿importa realmente? La autoría —esa pequeña vanidad que nos daba sentido a los escritores, periodistas o fotógrafos— se está desdibujando en la nube de datos. La audiencia ya no busca nombres, sino experiencias rápidas; no busca periodistas, sino validaciones instantáneas. En esta nueva economía de la atención, la firma importa menos que el algoritmo que la impulsa.
Irónicamente, los medios que juraban defender la verdad han comenzado a imitar las estrategias que antes criticaban: titulares exagerados, inteligencia artificial para optimizar tendencias, y redacciones que producen más contenido que sentido. Si la IA no mata al periodismo, nosotros lo estamos ayudando a suicidarse con entusiasmo.
Tal vez el desafío ya no sea competir con las máquinas, sino recuperar la confianza en lo humano. Reaprender el valor de contrastar, de dudar, de preguntar. En una época en que todo puede pasar por verdadero, el acto más radical sigue siendo el mismo: buscar la verdad con terquedad artesana, aun sabiendo que nadie premiará el esfuerzo. Quizá ahí resida la resistencia del nuevo periodismo: en seguir escribiendo y documentando, aunque la audiencia ya no lea nombres o los algoritmos nos digan que es inútil.
Después de todo, si el caos informativo es inevitable, al menos hagámoslo con estilo.
