La semana pasada hemos sido testigos, paradójicamente, del renacer del Foro Económico Mundial de Davos, Suiza, y al mismo tiempo del sepelio anunciado del orden económico y político internacional tal como lo conocíamos. El Foro, celebrado desde 1971, nació como un encuentro de empresarios para debatir perspectivas económicas, pero con el tiempo se transformó en un escenario donde se daban discusiones políticas, geopolíticas, ambientales, tecnológicas e incluso militares.
Durante años su brillo se apagó y terminó convertido en un escaparate vacío, un desfile de líderes y ejecutivos ansiosos de protagonismo, más interesados en la foto que en las ideas. Sin embargo, la edición de 2026 del Foro, marcada por el morbo, lo transformó en espectáculo y dejó de ser un club de selfies para convertirse en una redacción de noticias, como si ahí se decidiera el futuro del planeta. Las notas periodísticas se difundieron como si observáramos en cámara lenta el colapso del orden económico mundial surgido tras la Segunda Posguerra.
El sistema internacional creado y publicitado en la segunda mitad del siglo XX había dejado de existir décadas atrás, aunque internacionalistas trasnochados y comentaristas de ocasión insistían en mantenerlo vivo en sus “análisis”. Estos exaltaban la creación de bloques económicos y políticos como la gran innovación en la historia de la humanidad, capaces de marcar la geopolítica y el quehacer internacional. Se presentaban como uniones transnacionales que modificaban las viejas nociones de soberanía y Estado nación, generando expectativas de una nueva era de cooperación regional que, para los internacionalistas de la época, parecía irreversible.
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Hoy, sin embargo, aquellos bloques geopolíticos que alguna vez se presentaron como la fórmula definitiva para asegurar estabilidad y prosperidad atraviesan una crisis de legitimidad y cohesión. En la etapa tardía de aquel orden mundial, no lograron adaptarse plenamente a los cambios del siglo XXI. Aquellos emblemas de integración y cooperación exhiben hoy fracturas internas y dificultades para ajustarse a un escenario multipolar, donde los intereses nacionales y las tensiones regionales vuelven a imponerse sobre los proyectos colectivos. El expansionismo actual de diversas potencias no originó esta crisis, sino que puso en evidencia debilidades presentes desde su nacimiento. En lugar de consolidar polos político-económicos capaces de contrarrestar los deseos expansionistas de cualquier potencia —especialmente de las occidentales—, se intensificó su presencia global bajo el argumento de defender intereses estratégicos, debilitando otros polos económico-políticos que permitirían una balance global –en el afán de obtener la mayor rebanada, desmoronaron el pastel–.
Por ello, actualmente vivimos una cacofonía de potencias decadentes y emergentes que buscan reacomodos en un mundo convulso, intentando sostener su poder económico, político y cultural. Esta situación obliga a reconsiderar el papel de las alianzas y a entender que la cooperación no puede sostenerse en estructuras pasadas, sino en la capacidad de adaptarse con flexibilidad a los retos globales.
Si estos agonizantes bloques logran superar la fragmentación y el nacionalismo, podrán recuperar su relevancia como espacios de integración. De lo contrario, quedarán como vestigios de un pasado que prometió más de lo que pudo cumplir. El porvenir mundial entonces dependerá de su capacidad de reinventarse, de ofrecer respuestas tangibles a desafíos compartidos como la seguridad, la migración, el cambio climático, la desigualdad y la transformación tecnológica, pero sobre todo de reconocer una multipolaridad que lejos de ser dañina resulta necesaria para un balance internacional de poder. La clave estará en construir narrativas de cooperación que muestren que la multipolaridad, lejos de ser una amenaza, constituye la única vía para enfrentar un mundo cada vez más complejo y convulso.
