El año comenzó con una avalancha de noticias que rápidamente ocuparon a internacionalistas y analistas ocasionales, quienes inundaron los medios electrónicos y escritos con interpretaciones diversas. Para muchos, resulta difícil catalogar estos acontecimientos que parecen ante el ojo aficionado una inversión completa de los reflejos geopolíticos del siglo XX. Europa, por primera vez en décadas, contempla escenarios de ofensiva territorial en suelo europeo –no frente al enemigo tradicional que durante años se construyó como villano– sino frente a quien siempre se presentó como aliado y protector. Lo que observamos contradice buena parte de lo escrito en los manuales de relaciones internacionales de los últimos 75 años.
Para algunos, la explicación se encuentra en desempolvar antiguos conceptos –tan citados y supuestamente renacidos– que buscan dar sentido a un supuesto “nuevo” expansionismo de Estados Unidos de América, como el Destino Manifiesto –doctrina que sostenía que Estados Unidos de América estaba predestinado por Dios a expandirse desde el Atlántico hasta el Pacífico– y la Doctrina Monroe –con la cual se advertía a las potencias europeas que no colonizaran ni intervinieran en los asuntos del continente americano bajo el lema “América para los americanos”, consolidando con el tiempo al Hemisferio Occidental como zona de influencia–, las cuales convirtieron a Estados Unidos de América en una suerte de “policía regional”, papel que se extendió a otras regiones del mundo bajo el argumento de defender sus intereses y preservar el orden internacional, especialmente en momentos de efervescencia global o tensiones regionales.
Las alianzas estratégicas, como la Organización del Tratado del Atlántico Norte —otrora eje de las relaciones hemisféricas durante la segunda mitad del siglo XX y símbolo del poderío militar occidental— parecen resquebrajarse y, en lugar de consolidarse, muestran a sus integrantes enfrentados entre sí. Este giro confirma lo que, para muchos de nosotros, pero no para otros, era ya era evidente, un Occidente fragmentado, desorientado y enfrentado consigo mismo, sin que sus supuestos adversarios hayan tenido que mover un solo tanque o lanzar un solo misil. La paradoja es clara, el debilitamiento del orden atlántico no proviene de la presión externa, sino de la constatación de que sus pilares eran más narrativos que reales, y que lo que verdaderamente ha importado —y sigue importando— es el dominio hemisférico y global a través del poder económico.
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Por décadas se intentó mostrar que la diplomacia occidental buscaba impulsar el desarrollo sostenido de los países y, al mismo tiempo, consolidar los derechos individuales mediante sistemas democráticos y jurídicos que garantizaran tanto el progreso de las naciones como la libertad de las personas. Defender los valores occidentales equivalía a defender los valores democráticos. Sin embargo, los hechos recientes —Venezuela, los roces con Canadá (como “estado 51”), Panamá por el canal o Groenlandia como posición estratégica, entre otros— revelan que en realidad lo que se persigue es una consolidación geoestratégica para controlar la economía global. Nunca como ahora la diplomacia económica ha estado en el centro de la política de Estados Unidos de América; se ha convertido en su eje central, dejando de lado todo lo que distraiga (cooperación, medio ambiente, derechos humanos). Ya ni siquiera es necesario patrocinar gobiernos títeres, como ocurrió en casi 70 países durante la segunda mitad del siglo XX. Hoy el cinismo económico es el nuevo destino manifiesto.
Sin embargo, analistas y, peor aún, políticos y tomadores de decisión no alcanzan a ver el eje del cambio actual. Se hunden en narrativas que ellos mismos crearon como si fueran reales, cuando en verdad son meras justificaciones de una pretendida hegemonía capitalista. Lo que observamos es una auténtica cacofonía de potencias decadentes y emergentes que buscan desesperadamente reacomodos para sobrevivir en un mundo convulso y cambiante. Cada una intenta mantener su poder económico, político y cultural frente a la incertidumbre global, recurriendo a estrategias que van desde la militarización hasta la manipulación de mercados y narrativas culturales.
El “nuevo orden mundial” no debería entenderse como una pugna interminable por hegemonías, sino como una oportunidad para redefinir las reglas de convivencia internacional. El aislamiento y las carreras económicas desenfrenadas, lejos de fortalecer a las naciones, las debilitan al fragmentar las cadenas de valor y generar tensiones innecesarias. Por el contrario, lo que se requiere es disminuir las tensiones mediante acuerdos de beneficio mutuo que permitan economías conjuntas, crecientes y sostenibles. Solo así podrá construirse una narrativa global que muestre que la fragmentación y el nacionalismo individualista son, a largo plazo, más dañinos que la creación de economías cooperativas capaces de enfrentar los retos del siglo XXI.
