TRÁFICO DE DROGAS

Rutas silenciosas de la cocaína hacia Estados Unidos

Informes recientes de la DEA y organismos internacionales coinciden en un dato constante: el corredor del Pacífico oriental se ha convertido en la columna vertebral del tráfico de drogas. | José Luis Castillejos

Escrito en OPINIÓN el

En el Pacífico oriental las noches son tranquilas solo en apariencia. Faros lejanos, luces de barcos pesqueros, líneas de boyas que se balancean. Entre ellas se deslizan lanchas rápidas y embarcaciones que apagan sus sistemas de rastreo para volverse sombras en una de las autopistas marítimas más vigiladas del planeta.

Desde las laderas cocaleras de Colombia, Perú y Bolivia hasta las calles de Houston, Chicago o Nueva York, la cocaína cruza un tablero que combina selvas, costas remotas, pistas clandestinas y puertos llenos de contenedores. Informes recientes de la DEA y organismos internacionales coinciden en un dato constante. La mayor parte de la droga que llega a Estados Unidos se canaliza a través de México después de un trayecto que tiene al Pacífico como eje principal.

El corredor del Pacífico oriental se ha convertido en la columna vertebral de ese comercio ilícito. Los puntos de partida se concentran en las costas de Colombia y Ecuador y en menor medida en Perú. Desde allí zarpan lanchas rápidas, barcos pesqueros adaptados, semisumergibles artesanales y buques mercantes que ocultan cargamentos en dobles fondos. El viaje puede tomar días entre corrientes cambiantes y vigilancia aérea. A mitad de camino asoman las costas de Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras y El Salvador, que funcionan como escalas para trasbordos discretos o desembarcos en playas aisladas.

Centroamérica ocupa un lugar incómodo en este mapa. En zonas rurales y litorales los estados se vuelven frágiles y el territorio se llena de pistas improvisadas, bodegas de paso y comunidades que alternan agricultura, migración y servicios al tráfico. En esos puntos la cocaína cambia de manos, se fracciona, se almacena y espera el momento de continuar hacia el norte. Las organizaciones locales cobran peajes, ofrecen protección y abren espacio a una economía ilícita que altera la vida de pueblos costeros y de montaña.

México aparece después como articulador del negocio. Los grandes grupos criminales dejaron atrás la figura clásica del contrabandista y operan redes que combinan cocaína sudamericana, metanfetamina producida en laboratorios propios y opioides sintéticos elaborados con precursores químicos que llegan sobre todo desde Asia. El país se vuelve zona de acopio, transformación y distribución. Desde los litorales de Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Michoacán, Colima y Nayarit los cargamentos que vienen del sur se internan por carretera hacia bodegas en el interior y después avanzan a los estados fronterizos.

En la etapa final la geografía se estrecha. Puertos fronterizos con intenso intercambio legal, pasos irregulares, túneles, dobles fondos en vehículos y personas que cruzan con pequeñas cantidades forman un mosaico que la vigilancia no alcanza a cubrir por completo. La frontera entre México y Estados Unidos concentra la gran mayoría de los ingresos de cocaína al mercado estadounidense y se ha transformado en un filtro imperfecto donde chocan tecnología, corrupción y presión política.

Mientras el Pacífico domina por volumen, el Caribe y el golfo de México mantienen un papel persistente. La cocaína que sale por las costas caribeñas de Colombia o atraviesa Venezuela toma veleros, yates, pesqueros o cargueros que se dirigen a República Dominicana, Jamaica, Haití y otras islas. Parte queda allí para consumo local o para saltar hacia Europa. Otra parte apunta a Florida y a los puertos del golfo a través de rutas menos visibles, apoyadas en islas remotas y archipiélagos que dificultan la vigilancia sostenida.

El negocio se adapta con rapidez. Cuando una ruta recibe más atención de fuerzas armadas y guardias costeras, las organizaciones prueban nuevos recorridos, cambian patrones de navegación, recurren a embarcaciones más pequeñas o a semisumergibles no tripulados guiados por sistemas satelitales. La introducción de plataformas autónomas busca reducir el riesgo para las tripulaciones y elevar la capacidad de evasión. En paralelo, tecnologías de encriptación y redes financieras opacas facilitan la comunicación y el lavado de dinero con solo unos cuantos teléfonos.

Detrás del mapa estratégico hay vidas concretas. Pescadores reclutados para guiar embarcaciones en la oscuridad con la promesa de un pago que nunca vieron en la pesca tradicional. Campesinos que encuentran en la hoja de coca la única cosecha rentable en regiones olvidadas por los estados. Comunidades enteras sometidas a amenazas, asesinatos selectivos y compra de voluntades. Cada incautación exitosa suele ir acompañada de una represalia en el territorio donde se perdió la carga.

La respuesta oficial mezcla cooperación internacional, despliegue militar, reformas legales y programas de desarrollo regional. Estados Unidos financia radares, patrulleras, equipos de interdicción y programas de formación para policías y militares en varios países de la región. Gobiernos sudamericanos anuncian campañas de erradicación, mientras Centroamérica intenta reforzar instituciones penetradas por el dinero del narcotráfico. México, bajo presión constante, combina operativos contra cúpulas criminales con decomisos récord de metanfetamina y fentanilo. A pesar de todo ello el flujo no se detiene, solo cambia de forma y de trayecto.

Los precios relativamente estables en las calles estadounidenses, después de incautaciones históricas, sugieren que los traficantes logran compensar pérdidas con nuevos cargamentos. La guerra declarada hace décadas derivó en un escenario distinto al imaginado por sus impulsores. Hoy se parece más a una disputa prolongada por el control de corredores marítimos y terrestres donde participan estados, empresas criminales transnacionales y comunidades atrapadas en medio.

El mapa de la droga que va de Sudamérica a Estados Unidos resume tensiones más amplias. Fragilidad institucional, desigualdad, corrupción y demanda sostenida en los mercados de consumo. Mientras esas condiciones persistan, las lanchas seguirán apagando sus luces en el Pacífico y en el Caribe. Sobre las aguas en calma de la noche seguirán desplazándose rutas invisibles que atraviesan fronteras, acuerdos diplomáticos y programas de cooperación, alimentadas por una economía ilícita que ha aprendido a moverse en la sombra.

 

José Luis Castillejos

@JLCastillejos